COLOQUIO SOBRE LA REELECCIÓN PRESIDENCIAL CON ZOVATTO, RAMÍREZ-IRÍAS Y MONTANER

11 de julio de 20190 comentarios


Voltaire nos advirtió que es difícil liberar a los necios de las cadenas que veneran. En Europa, los primeros ministros –excepto en Francia, que es un cargo no electivo– pueden ser reelegidos indefinidamente en la medida en que sus propios partidos confirmen sus liderazgos y en la medida en que la gente los vote. Y dentro de esta línea de pensamiento concluyen que en estos países nadie habla de que hay un peligro antidemocrático. Lo verdaderamente antidemocrático es la reelección indefinida, no su prohibición.

Definamos qué entendemos por reelección en un sistema presidencial, para evitar confusiones. La reelección es el derecho de un ciudadano (y no de un partido) que ha sido elegido y ha ejercido una función pública con renovación periódica de postular y de ser elegido una segunda vez o indefinidamente para el mismo cargo: titular del Ejecutivo.

La reelección puede estar permitida o prohibida en términos absolutos o relativos y, como tal, da lugar a cuatro fórmulas principales y a una variada combinación entre ellas: 1) reelección indefinida; 2) reelección inmediata y prohibición de la reelección para períodos siguientes; 3) prohibición de la reelección inmediata y autorización de la reelección alterna, y 4) prohibición absoluta de la reelección.

Mientras la reelección indefinida no es antidemocrática en un sistema parlamentario (por las características propias del sistema parlamentario), en un sistema presidencial sí lo es.

Los defensores de la reelección indefinida argumentan que esta permite aplicar un enfoque más democrático, ya que posibilita a la ciudadanía elegir con mayor libertad a su presidente y responsabilizarlo por su desempeño, premiándolo o castigándolo según sea el caso. En la medida en que sus propios partidos confirmen sus liderazgos y en la medida en que la gente los vote, ello no es antidemocrático.

La reelección indefinida refuerza la tendencia hacia el liderazgo personalista y hegemónico inherente al presidencialismo y expone al sistema político al riesgo de una “dictadura democrática” o bien, a una dictadura a secas. Además, suele atentar contra los principios de igualdad, equidad e integridad en la contienda electoral, al dar lugar a un ventajismo indebido a favor del presidente en funciones, en desmedro de los demás candidatos.

La reelección presidencial suele estar directamente relacionada con el grado de institucionalidad de cada país: en aquellos con institucionalidad fuerte, los riesgos de una desviación patológica son menores, y son mayores en aquellos países con institucionalidad débil.

La institucionalidad fuerte se caracteriza por la existencia tanto de poderes públicos independientes del Ejecutivo, sobre todo el Poder Judicial, así como por un sistema de partidos políticos competitivos e institucionalizado.

En países con institucionalidad débil la reelección indefinida, e incluso la inmediata, del presidente, ha servido para concentrar el poder político en el Ejecutivo, con grave afectación al principio de división de poderes y sobre todo a la independencia de los órganos del poder público, a los cuales les corresponden funciones de control tanto jurisdiccional como político.

La reelección indefinida en un sistema hiperpresidencialista además de antidemocrático podría llegar a ahondar la distancia abismal que ya existe entre el partido gobernante y el principal opositor, exponiendo a la democracia al abuso de poder y a la falta de alternativa. Abuso que suele derivar en “dictadura de la mayoría”, la cual quebranta los derechos del resto de la población y genera, al mismo tiempo, una hegemonía del partido gobernante que impide el control y el cambio.

La consolidación y profundización de la democracia no se obtendrá a través de líderes “indispensables” perpetuados en el poder vía reelección indefinida.

El camino a seguir es otro: mediante la participación madura y activa de los ciudadanos; con instituciones legítimas, transparentes y eficaces; con la existencia de un sistema de frenos y balances entre los poderes y con una sólida cultura cívica. Mas que liderazgos fuertes, lo que se necesita es instituciones fuertes y liderazgos democráticos.

Hay varias razones importantes para desaconsejar esa práctica en los sistemas presidencialistas:

1. Obstruye el reemplazo generacional, la competencia entre líderes y la circulación de las élites.

2. Refuerza el caudillismo en detrimento de las instituciones.

3. Cuando se prolonga el mandato, el caudillo se va rodeando de cortesanos que lo halagan y confunden en busca de privilegios.

4. Fomenta un tipo de nociva relación mercantilista entre el poder económico y el político. Se retroalimentan mutuamente, facilitando la corrupción.

5. Los errores tienden a reiterarse por el conocido Einstellung Effect. No solemos hacer las cosas porque estén bien o mal, sino porque primero la hicimos de determinada manera, y el cerebro es una máquina que aprende y repite los comportamientos.

6. Los viejos gobiernos se quedan sin ideas, se van fosilizando, se resisten a las reformas y segregan burocracias calcificadas, cada vez más incompetentes.

7. La no reelección refuerza la noción de que lo conveniente es seguir planes de gobierno a largo plazo, pensando en el país y no en periodos cortos. Se llega al poder a medio camino y se entrega a medio camino porque es un viaje que no puede o debe llegar a ninguna parte. Es una obra continua en la que el presidente es solo un factor transitorio limitado por la ley.

Si no hay reelección, ¿cuál es el periodo ideal? Seis años y adiós muy buenas. No tiene mucho sentido mandar pensando y actuando en función de las próximas elecciones.

Hay un vínculo muy estrecho entre los valores que existen en la sociedad y el resultado de la obra de gobierno. Los políticos no surgen en el vacío. Son parte de la misma tribu de donde salen los ingenieros, los curas, los soldados o los vendedores de corbatas. No son peores. Si los países escandinavos son los mejor gobernados del planeta, no es por las cuestiones formales, sino por las virtudes que prevalecen en esas sociedades.

Tal vez el complemento ideal para esos Gobiernos presidencialistas de un solo periodo es la recuperación de una institución jurídica excelente, proveniente de la tradición romana: el Juicio de Residencia. De manera automática, sin que mediara acusación formal, todo gobernante saliente debía someterse a una gran auditoría pública de la que podían derivarse consecuencias penales. Si había mandado bien, se le honraba. Si había violado la ley, se le castigaba. Tras pasar por el Juicio de Residencia, muy pocos querían volver al poder. Incluso los buenos.

Todos estos países comparten un fenómeno muy latinoamericano: el hiperpresidencialismo. Este término, no es más que un Ejecutivo (Presidente) con atribuciones extraordinarias que difícilmente es controlado por el Judicial y Legislativo

¿Por qué un presidente busca la reelección? Hay dos respuestas: la adulterada y la original. La primera, pues consideran que 4 años es muy poco tiempo para realmente tener un impacto en términos de desarrollo. La segunda, es el afán de continuar saboreando las mieles del poder.

No hay que ver esto en blanco y negro, muchas veces estas dos dimensiones confluyen y conviven juntas, pues nuestro político criollo además de ser paternalista es patrimonialista. Pero el resultado de este capricho político es lo realmente interesante.

Veamos tres consecuencias positivas como negativas de la reelección:

Pro: La reelección produce gobernabilidad en el corto y medio plazo.

Contra: La reelección produce corrupción y menos rendición de cuentas en el largo plazo. En el contexto latinoamericano hemos visto como presidentes reelegidos desmantelan congresos y reducen a la oposición, permitiendo llevar a cabo transformadoras reformas producto de la legitimidad popular.

Desafortunadamente, la concentración del poder implica mayores oportunidades de corrupción y menos oportunidades para el intercambio de ideas, al no haber rendición de cuentas y competencia política. Al final, el encanto se acaba y las cosas se vuelven ingobernables.

Pro: La reelección permite la implementación de políticas que favorecen a las masas excluidas.

Contra: La reelección se nutre del populismo para legitimarse.

Los países latinoamericanos son de los más desiguales del mundo, esto hace que las grandes masas populares no crean mucho en la democracia y más en caudillos que les pueda proteger de las élites que históricamente los han explotado y excluido. La manera predilecta de cuidar a los pobres es a través de políticas clientelares que implica grandes erogaciones de dinero. El problema surge cuando se acaba el dinero. Usualmente los países que han tomado la ruta de la reelección utilizan sus recursos naturales como fuente de ingresos. Se tratan de economías poco diversificadas que dependen de un commodity. Cuando bajan los precios internacionales o entran nuevos competidores globales, las políticas asistencialistas son golpeadas financieramente y en el proceso, la figura del benefactor pierde legitimidad.

Pro: La reelección permite que liderazgos carismáticos lleven a cabo reformas trascendentales.

Contra: La reelección produce vacíos de poder producto de la concentración de poder.

Una de las principales características que han tenido nuestros líderes latinoamericanos  contemporáneos es su habilidad de gobernar con gran soporte popular debido a su carisma y astucia política. En el proceso, se convierten en los padres de la nación y brota el culto a la personalidad. El problema de tener líderes de este calado es que se convierten en el principal custodio e intérprete de los intereses del país. Cuando el proyecto llega a un estrepitoso fin, no hay liderazgos que den continuidad o llenen el vacío. Sumado a esto, la institucionalidad del Estado queda huérfana y el período transición es mucho más largo y doloroso.

En conclusión, la reelección en estados débilmente institucionalizados que no permiten una distribución saludable del poder es una propuesta riesgosa. A pesar de esto, la reelección, queramos o no, será un puente que nuestras democracias latinoamericanas tendrán que cruzar para desengañarse. Por el momento, pensemos en contrapesos republicanos independientes y mayor igualdad entre partidos políticos para mitigar el hiperpresidencialismo.

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