La resurrección del tanga sólo acaba de empezar. ¿Tienen las tetas la culpa?

El visible (hipervisible) regreso del tanga a playas, piscinas y cruceros este verano ha pillado a muchos por sorpresa, entre la alegría, el asombro y el disgusto. Porque aquí, la única verdad universal es que el tanga no deja indiferente a nadie.

Al lío: resulta que llevábamos años hablando del regreso del conservadurismo a la escena playera en forma de bañadores y decadencia del topless y esta tendencia a volver a dejar al aire los cachetes del culo con absoluta naturalidad y desparpajo nos ha roto el esquema.

No es que el tanga sea una gran novedad. Aunque en las playas de Río de Janeiro ya se usara antes, fue Rudi Gernreich, en Los Ángeles en 1974, quien lo introdujo en la moda occidental. Ese año, este diseñador y activista gay presentó The Thong, una prenda que dejaba las nalgas al descubierto y que concibió tanto para mujeres como para hombres. Su diseño suele interpretarse como una respuesta a la prohibición de tomar el sol desnudo en California: si la ley obligaba a cubrir los genitales, él reducía esa cobertura al mínimo posible. Sorpresa, sorpresa: el tanga nació como herramienta política. Lo que pasó después fue que la industria y la cultura pop lo convirtieron en uno de sus objetos más sexualizados.

Auge y caída del tanga

Tras popularizarse en las playas en los 80 (aunque nunca llegaría a ser una prenda de uso masivo), el tanga alcanzó una singular edad de oro en el contexto de la moda entre 1999 y 2003. La secuencia fue así: en 1994 Alexander McQueen preparó el terreno con sus pantalones bumster, de tiro premeditadamente bajo para que resultara inevitable la visión de la ropa interior (si es que la llevabas); Tom Ford para Gucci y Jean Paul Gaultier llevaron el tanga visible a la pasarela en 1997; y los pantalones ultrabajos hicieron después inevitable la célebre whale tail (cola de ballena). Britney Spears, Christina Aguilera, Jennifer Lopez o Paris Hilton terminaron de convertirlo en emblema de los primeros 2000. Hay incluso una cifra que permite fechar el techo del fenómeno: en 2003 el tanga representaba ya el 31% del mercado británico de ropa interior femenina; pero en 2005 ya había descendido al 23%. Para 2015, El tanga era casi anecdótico. Mark&Spencer decía entonces que menos de una de cada 10 bragas vendidas en sus tiendas era un tanga.

Tiene sentido si lo miras desde un punto de vista práctico. Porque una de las gracias del tanga interior es ahorrarte las -horribles- marcas de las bragas cuando llevas pantalones ajustados. Pagas una buena estética con tu incomodidad. Pero de repente apareció una nueva generación de bragas que cumplía el mismo propósito sin invadir la intimidad de tu culo. Por otro lado, en la playa el topless se había hecho ubicuo a lo largo de los 90. De alguna forma, tanga y topless se contradecían. Mientras este hablaba de liberar el cuerpo, aquél subrayaba su sumisión a la mirada masculina. O esa era la lectura.

Pero a finales de los 90 se produjo un fenómeno curioso en nuestras playas. Empezó a popularizarse la braga brasileña, a medio camino entre el bikini tradicional y el tanga. Más atrevida que aquél y más recatada que éste, en poco tiempo se hizo omnipresente en las colecciones de baño de las grandes cadenas. En un artículo de 2021 en este mismo medio, la socióloga y exmodelo Patrícia Soley-Beltrán comentaba: "No cabe duda de que la brasileña ha logrado 'liberar' el culo de las españolas". Y una de sus usuarias, Ruth G. Núñez, compartía: "Para mí, una braga brasileña dice de una mujer que es alguien independiente, que ama su cuerpo, que le gusta lucirlo y que está orgullosa de poder hacerlo sin ser juzgada por ello. Habla de liberación femenina y de amarnos a nosotras mismas". Así las cosas, la difusión y normalización de la brasileña ha sido el prefacio perfecto para el regreso del tanga. Se lo ha puesto más fácil. Aunque no haya sido el único factor.

Tapar los pechos, enseñar el culo

Aunque la teoría del desplazamiento de las zonas erógenas, de James Laver -según la cual la moda traslada periódicamente su atención de una parte del cuerpo a otra según se cansa de una o de otra la mirada masculina heterosexual-, se considera hoy superada, si la despojamos de su carga sexista puede ayudarnos a explicar, al menos parcialmente, el regreso del tanga. Tras décadas de exposición del pecho, el nuevo conservadurismo de la moda de baño vuelve a cubrirlo mientras concentra la mirada en las nalgas, convertidas en el nuevo centro del canon corporal: el tanga no sólo las descubre, sino que las enmarca y señala.

Valerie Steele, directora y conservadora jefe del Museo del Fashion Institute of Technology de Nueva York, explica a YO DONA que "en la medida en que el topless se normaliza, los pechos al descubierto -en la playa- pierden parte de su carga erótica circunstancial". Y las partes de abajo del bikini muy escotadas, añade "han sido durante mucho tiempo más tabú en Europa que los pechos descubiertos. En Brasil, sin embargo, sucede justo lo contrario: los tangas de hilo dental son aceptables, mientras que mostrar los pechos puede llevarte a ser detenida". Al final, lo que ocurre, explica esta gran experta, es que "cualquier parte del cuerpo puede ser una zona erógena. Pero lo que resulta realmente erótico o fetichista es el juego de ocultar y revelar la piel desnuda -el striptease-, porque asociamos la desnudez con el sexo y el placer y, por eso, nos gusta mostrarla; aunque la desnudez y el sexo también nos producen miedo o nos hacen sentir vulnerables, de modo que seguimos ocultándola".

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Cabe preguntarse aquí también qué problema tenemos con el culo, cuál es su tabú. El culo reúne varias cosas que las sociedades tienden a mantener fuera de la vista: está junto a los genitales, encubre el ano y remite a la excreción, el olor y la contaminación. O sea, es una frontera especialmente cargada entre el cuerpo presentable y el cuerpo fisiológico. Concentra una gran ambivalencia: puede ser bello y sexual, pero también sucio, cómico, animal, humillante o desafiante. Y aquí el tanga resulta especialmente interesante desde el punto de vista simbólico: tapa el orificio en el que se concentra el tabú, pero descubre y enmarca todo lo que lo rodea. Cumple formalmente la norma del pudor al mismo tiempo que dirige la mirada exactamente hacia aquello que debería disimular.

Y aviso a navegantes: si este año se nos cayó el labio con tanto tanga, preparémonos para 2027. Porque lo que viene va a tener las proporciones de epidemia. Sólo falta que los varones también se apunten a la moda y podamos cantar lo que en 2018 ya hacían Kany García y Residente: "A mi me gusta que no haya un líder en la ganga / Si tú te lo pones / Yo también me pongo el tanga / Nadie tiene la batuta / La banana y la papaya / Son lo mismo; son frutas".



Por SILVIA MATEO/El Mundo

 

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