Jacob Coxon el genio matemático anónimo que dejó Anthropic y se convirtió en el rostro de la seguridad de la IA

SAN FRANCISCO, Estados Unidos (17 Septiembre 2026).- Durante la última semana, un debate global sobre los riesgos de la inteligencia artificial se ha extendido desde los laboratorios de vanguardia de Silicon Valley hasta los hogares de todo Estados Unidos y los pasillos del poder en Washington y Pekín.

Y todo comenzó con un tipo del que nadie había oído hablar.

Hasta que dimitió públicamente de Anthropic y advirtió de los peligros de unos sistemas de IA que podrían acabar con la humanidad, Jacob Coxon era un completo desconocido.

El investigador británico de 27 años había sido un brillante estudiante de matemáticas que pasó por Cambridge, vivió parte de su juventud en una comunidad intelectual londinense conocida como los «racionalistas» y probó brevemente suerte en el comercio de materias primas antes de encontrar su camino hacia Silicon Valley.

Pero apenas tenía presencia en internet. Sus amigos tampoco lo veían como alguien especialmente propenso a abandonar su trabajo en IA por motivos éticos. Ni siquiera era una figura destacada dentro de la reducida comunidad de defensores de la seguridad de la IA que debate escenarios sombríos en encuentros informales por todo San Francisco.

Entonces dimitió y dijo al mundo que sus antiguos compañeros de OpenAI y Anthropic «creen sinceramente que podría matarnos a todos antes de que termine la década» y que los laboratorios que compiten por desarrollar esta tecnología están «jugando con nuestras vidas».


Durante años, investigadores de IA han lanzado advertencias alarmantes. Pero nunca antes habían conseguido inquietar a tanta gente con tanta rapidez. En la práctica, Coxon encendió una cerilla sobre una pila cada vez mayor de acontecimientos preocupantes que, por separado, no habían conseguido captar la atención mundial.

Apenas unos días después de que Coxon diera la voz de alarma, los responsables de laboratorios rivales se unieron en un inusual gesto de unidad y acordaron que había llegado el momento de frenar el desarrollo tecnológico, que avanzaba a una velocidad vertiginosa. Mientras tanto, el presidente Trump afirmó que un presidente «fuerte e inteligente» era la única salvaguarda necesaria en Estados Unidos, mientras China desestimó las preocupaciones de los ejecutivos estadounidenses calificándolas de «alarmismo».

La explosiva reacción sorprendió al propio Coxon, según explicó en una entrevista. De la noche a la mañana, aquel genio de las matemáticas con gafas de montura carey —uno entre cientos de perfiles similares en las empresas de IA de Silicon Valley— se convirtió en uno de los rostros de la seguridad de la inteligencia artificial.

Coxon asegura que tomó por sí mismo la decisión de abandonar el sector y que después buscó consejo entre amigos y miembros de la comunidad dedicada a la seguridad de la IA.

Estas personas amplificaron rápidamente sus declaraciones, entre ellas una red de investigadores de IA vinculados a organizaciones sin ánimo de lucro que llevan mucho tiempo alertando sobre la posibilidad de una catástrofe. Algunos de los financiadores de estos grupos están relacionados con el altruismo eficaz, una corriente filosófica centrada en hacer el bien en el mundo —entre otras vías mediante las donaciones— y en evitar que la IA provoque daños.

Sus comentarios también lo han convertido en blanco de los defensores de acelerar el desarrollo de la IA, que interpretan su dramática salida como parte de una estrategia coordinada para impulsar una regulación global más estricta que favorecería a las mayores compañías. A su juicio, los temores son exagerados y la dimisión de Coxon se ha utilizado como herramienta para alcanzar ese objetivo, promovida por determinados sectores del movimiento del altruismo eficaz.

 

Desde su dimisión, los máximos ejecutivos de algunas de las empresas y laboratorios de IA más valiosos del mundo se han situado en lados opuestos del debate que desencadenó. El consejero delegado de Anthropic, Dario Amodei, afirmó que estaba más de acuerdo que en desacuerdo con Coxon. El CEO de Nvidia, Jensen Huang, aseguró que admiraba su valentía, pero cuestionó sus afirmaciones sobre el futuro y calificó de irresponsables las predicciones apocalípticas.

 

Cuando renunció, Coxon dijo que sus colegas creen que la IA "podría matarnos a todos para finales de la década".

Cuando renunció, Coxon dijo que sus colegas creen que la IA "podría matarnos a todos para finales de la década".Jonah Reenders para WSJ

Tanto sus partidarios como sus críticos lo han denominado whistleblower —denunciante—, una etiqueta que él rechaza. Desde su punto de vista, no estaba revelando secretos de la empresa. Simplemente estaba diciendo en público lo que los investigadores de IA comentan en privado.

Ahora se encuentra en el centro de la batalla entre los aceleracionistas, convencidos de que los beneficios de la IA superan sus riesgos y de que estos pueden mitigarse dando acceso a más personas a modelos potentes, y los investigadores que quieren ralentizar el desarrollo de la tecnología antes de que las compañías de IA pierdan el control.

En el mundo de la IA, a quienes más alarmados están por esos riesgos se les conoce como doomers, algo así como «catastrofistas».

«Si un doomer es alguien que piensa que vamos a morir si no cambiamos lo que estamos haciendo», dijo Coxon, «entonces definitivamente soy un doomer».

El momento «wow»

Antes de convertirse en un doomer, Coxon encontró durante sus años en un elitista colegio de Oxford un libro que contribuiría a moldear su visión del mundo. Superintelligence: Paths, Dangers, Strategies, del filósofo Nick Bostrom, una figura influyente en el entonces emergente movimiento del altruismo eficaz, ayudó a cristalizar el temor de que una IA fuera de control pudiera plantear riesgos existenciales.

En 2016, siendo adolescente, vio cómo AlphaGo, el programa informático de Google DeepMind, derrotaba a uno de los mejores jugadores de go del mundo. Fue un momento decisivo para la IA, que demostró que las máquinas podían dominar ámbitos que parecían requerir intuición y creatividad humanas.

Coxon, hijo de una profesora de literatura alemana medieval, destacó pronto en matemáticas y fue seleccionado para formar parte del equipo británico en la Olimpiada Internacional de Matemáticas, la prestigiosa competición para estudiantes de secundaria. Regresó con una medalla de plata en 2016 y una de bronce al año siguiente.

Una noche, algunos de los equipos de matemáticas hicieron una excursión a un McDonald's de Hong Kong. Inspirados por Coxon y por una fórmula de teoría de números conocida como el teorema Chicken McNugget, reunieron los vales de comida que les quedaban y compraron cientos de nuggets. Junto a participantes de la Olimpiada de todo el mundo, dieron buena cuenta de ellos mientras se agolpaban alrededor de una pizarra intentando resolver un complicado problema matemático.

Con el tiempo, algunos de los chicos que estaban en aquella sala acabarían convirtiéndose en compañeros de trabajo de Coxon.

De los seis integrantes de su equipo, tres terminaron trabajando para laboratorios de IA, entre ellos uno que también ha abandonado recientemente Anthropic. Joe Benton dejó el equipo de seguridad de Anthropic a finales de agosto para incorporarse a la organización de investigación de IA METR. Después escribió en X: «Las empresas de IA compiten por construir máquinas mucho más inteligentes que cualquier ser humano y puede que no sobrevivamos a ello».

Coxon estudió en Cambridge, jugó al squash y siguió dedicándose a las matemáticas. Cuando estaba terminando la carrera en 2020, OpenAI lanzó GPT-3, un modelo revolucionario que demostró uno de los principios fundamentales que posteriormente impulsarían el auge de la IA: las capacidades aumentaban cuando los modelos eran entrenados con cantidades cada vez mayores de datos.

«GPT-3 fue realmente el momento "wow"», recuerda Coxon.

Tras la universidad, Coxon entró en contacto con una pequeña pero influyente comunidad de racionalistas que aspiraba a transformar el Gobierno británico. Esta comunidad, surgida fundamentalmente en internet y que valoraba el razonamiento riguroso por encima del instinto político, había logrado introducirse en la política a través de Dominic Cummings, uno de los arquitectos del Brexit y asesor de Downing Street. Coxon afirmó esta semana en X que se siente próximo a los racionalistas, aunque rechaza algunas prácticas asociadas al movimiento, como el poliamor y el veganismo.

Coxon vivió en Londres en Newspeak House, una institución que se define como una universidad residencial independiente y que funcionaba al mismo tiempo como espacio de convivencia y sede de eventos donde jóvenes se reunían para hablar de tecnología y política.

Coxon acudía a fiestas en la azotea del edificio, al igual que otras personas que posteriormente ocuparían puestos importantes en el mundo de la IA. Entre ellas, Logan Graham, entonces asesor especial del primer ministro Boris Johnson y ahora responsable en Anthropic de someter los modelos a pruebas de estrés ante futuras amenazas para la seguridad nacional.

Otra visitante ocasional de Newspeak House fue Avital Balwit, actualmente jefa de gabinete de Amodei y esposa del operador de fondos de cobertura Leopold Aschenbrenner.

Coxon probó suerte en el comercio de materias primas, utilizando análisis estadístico y aprendizaje automático para predecir los precios de la energía. Un conocido recuerda que barajaba distintas trayectorias profesionales mientras buscaba la forma de optimizar el rumbo de su vida.

En su tiempo libre profundizaba cada vez más en la IA, convencido de que era la oportunidad más apasionante del planeta. Se tomó lo que describió como un año sabático y vivió en una residencia de estudiantes con amigos de la universidad.

Después consiguió un trabajo en OpenAI.

El desembarco en Silicon Valley

Coxon se trasladó a San Francisco para incorporarse a OpenAI en 2023, después de que el espectacular lanzamiento de ChatGPT consolidara a la compañía como líder del sector.

Con su título en Matemáticas, entró en el laboratorio a través de un programa de residencia de seis meses dirigido a investigadores sin experiencia previa trabajando en inteligencia artificial. Quienes trabajan en seguridad suelen centrarse en el llamado «alineamiento», la tarea de garantizar que el comportamiento de un sistema de IA coincida con las intenciones humanas. Él se especializó en el preentrenamiento, la fase inicial en la que se alimenta a los modelos con cantidades masivas de texto, imágenes y código antes de afinarlos para tareas concretas.

«Jacob construye el cerebro», explica Will DePue, antiguo compañero suyo. «Después viene otra persona y enseña a ese cerebro cómo comportarse en el mundo real».

No tenía fama de ser especialmente vocal ni apasionado respecto a la seguridad de la IA. DePue lo describe como un «investigador normal», alguien con las preocupaciones habituales entre empleados que conocen mejor que nadie las fortalezas y los riesgos de esta tecnología.

A finales de 2023 obtuvo acceso anticipado al primer modelo de razonamiento de OpenAI, Q*, capaz de dividir problemas grandes en partes y razonar paso a paso sobre ellas. Coxon cuenta que le planteó un complicado crucigrama y quedó maravillado al observar cómo razonaba para resolverlo.

Con el tiempo, empezó a prestar atención a las salidas de miembros del equipo de seguridad de OpenAI, entre ellos Daniel Kokotajlo, que creó posteriormente un equipo de investigación dedicado a elaborar previsiones sobre distintos escenarios de desarrollo de la IA.

Coxon estaba preocupado por la posibilidad de una superinteligencia que superara las capacidades humanas. Pero daba por sentado que, llegado el momento, los gobiernos se coordinarían para ralentizar el frenético ritmo de desarrollo si fuera necesario.

«Parecía el calentamiento antes de que llegara el momento realmente crítico», explica.

Todavía no estaba dispuesto a dejarlo todo para trabajar en seguridad. Un amigo recuerda haber intentado convencerlo de que abandonara el preentrenamiento, argumentando que podía resultar peligroso para el mundo. Coxon no dio ese paso.

Mientras tanto, seguía con atención los extraordinarios progresos de la IA en matemáticas, a medida que los modelos avanzaban mucho más deprisa de lo que había previsto. De repente, habían dejado de tener dificultades con la aritmética. En 2024, un modelo de Google DeepMind obtuvo resultados equivalentes a una medalla de plata en la Olimpiada Internacional de Matemáticas. En 2025, DeepMind y OpenAI afirmaron haber alcanzado ambos el nivel de medalla de oro.

Pero fue en 2026 cuando Coxon y buena parte de la comunidad dedicada a la seguridad de la IA comenzaron realmente a entrar en pánico.

La IA se descontrola

A principios de este año, un modelo de Anthropic llamado Mythos y otras herramientas de capacidad similar demostraron que podían llevar a cabo sofisticados ciberataques, algo que algunos investigadores interpretaron como una señal inquietante de que el producto que estaban construyendo se estaba volviendo demasiado poderoso.

El responsable del equipo de investigación de salvaguardas de Anthropic advirtió de que «el mundo está en peligro» y abandonó la compañía para estudiar poesía.

Para entonces, Coxon tenía numerosos amigos en Anthropic y consideraba que el rival de OpenAI era más transparente respecto a los riesgos asociados a la tecnología. Anthropic también había adelantado a OpenAI, hasta entonces líder indiscutible, después del enorme éxito de su herramienta de programación Claude. La compañía preparaba además lo que podría convertirse en la mayor salida a Bolsa de la historia.

En mayo, Coxon dejó OpenAI y se incorporó a Anthropic.

Desde entonces, varios incidentes graves de seguridad han inquietado a todo el sector.

En julio, OpenAI reveló que uno de sus modelos todavía no lanzados había escapado de su entorno aislado de pruebas y había hackeado a la empresa de IA Hugging Face. Poco después, Anthropic afirmó haber detectado incidentes similares. A finales de agosto llegó un preocupante informe de METR que reveló que el incidente de Hugging Face había sido más grave de lo que se sabía.

Coxon describe el informe de METR como una especie de momento de «joder, esto va en serio» tanto para él como para sus compañeros.

Las preocupaciones sobre el rápido avance de la IA llevaban meses creciendo dentro de las compañías que desarrollan estos modelos. A principios de año, numerosos investigadores expresaron públicamente su inquietud por el posible uso de la IA para labores de vigilancia durante una disputa entre Anthropic y el Pentágono.

Los recientes avances de los modelos han alimentado una avalancha de conversaciones privadas dentro de las empresas, tanto en canales de Slack como en reuniones generales. Los debates abarcan desde detalles técnicos sobre medidas de seguridad hasta los peores escenarios posibles si los modelos continúan mejorando rápidamente. También discuten cómo evitar que la competencia entre laboratorios termine descontrolándose.

Quienes llevan tiempo preocupados por la seguridad temen especialmente el momento en que los propios sistemas de IA sean capaces de construir la siguiente generación de sistemas, mucho más inteligentes. Los laboratorios aseguran estar observando los primeros indicios de esta dinámica —conocida como «automejora recursiva»—, que podría acelerar el camino hacia la superinteligencia que Coxon temía.

En las últimas semanas, Coxon habló con sus superiores en Anthropic sobre sus preocupaciones y estudió la posibilidad de trasladarse a un puesto centrado en seguridad antes de decidir finalmente marcharse.

«Incluso trabajar en seguridad dentro de Anthropic me parecía ser cómplice de la carrera», afirma.

En su opinión, sería necesario un acuerdo coordinado a escala mundial, respaldado por garantías gubernamentales, que permitiera frenar el desarrollo de modelos cuando fuera necesario para garantizar la seguridad de la IA. También considera que Estados Unidos, China y otros gobiernos deberían acordar un plan similar a los tratados de control de armas nucleares diseñados para evitar una catástrofe.

En todo el sector, cerca de 1.400 investigadores, incluido Coxon, han firmado una declaración que pide a los gobiernos desarrollar una especie de «pedal de freno» que pudiera utilizarse en caso necesario.

Antes de tomar definitivamente la decisión de marcharse, Coxon pidió consejo a un antiguo compañero. Kokotajlo, antiguo miembro del equipo de seguridad de OpenAI y ahora investigador especializado en seguridad de la IA, quedó con él para dar un paseo por el campus de la Universidad de California en Berkeley y le aseguró que estaba tomando la decisión correcta.

Debido a su breve paso por Anthropic, Coxon no llegó a recibir acciones de una compañía que avanza hacia su salida a Bolsa en los próximos meses con una valoración aproximada de dos billones de dólares. Sí conserva acciones de OpenAI.

Cuando llegó el momento de anunciar su marcha, Coxon recurrió a su amigo Nathan Calvin. Como asesor jurídico de Encode AI, una organización sin ánimo de lucro dedicada a promover la seguridad de la IA, Calvin formaba parte de la red que llevaba tiempo alertando sobre posibles riesgos existenciales.

El día en que Coxon dimitió, los empleados de OpenAI y Anthropic estaban pendientes de otra noticia que, según él, le habría dejado atónito apenas unos meses antes: una IA había resuelto uno de los Problemas del Milenio, uno de esos problemas matemáticos extraordinariamente difíciles que habían resistido durante casi un siglo a los seres humanos. Era un hito que hasta poco antes parecía impensable.

 

Aquella tarde, Coxon comunicó a sus compañeros de Anthropic mediante un mensaje en Slack que abandonaba la compañía. Explicó que temía la posibilidad de una extinción humana si no existía una coordinación internacional adecuada. Aproximadamente media hora después, The Wall Street Journal publicó la noticia.

Coxon lanzó entonces desde un banco de un parque de San Francisco una serie de mensajes en redes sociales explicando su dimisión.

Tenía menos de cien seguidores en su cuenta de X. En cuestión de minutos, su mensaje fue compartido por Calvin, Kokotajlo y otros defensores de la seguridad de la IA, incluidos muchos de sus antiguos compañeros.

 

Aquella noche, sus comentarios fueron respaldados por el responsable del equipo de Anthropic encargado del alineamiento, el departamento clave cuya misión es garantizar que la IA haga lo que pretenden los seres humanos y no acabe matándonos a todos.

«¡Realmente creemos sinceramente que la IA podría matar a todos los seres humanos!», escribió Evan Hubinger, quien añadió que, en su opinión, la probabilidad de que todos muramos durante la próxima década supera el 10%.

Coxon afirma que no coordinó con nadie de Anthropic aquella ofensiva en redes sociales.

Durante la semana siguiente, el hasta entonces desconocido investigador apareció constantemente en las principales cadenas de televisión y recibió una avalancha de mensajes de editoriales y presentadores de pódcast. Para el fin de semana, su publicación había provocado tal conmoción que los principales laboratorios de IA reclamaban una ralentización del sector. El presidente y los legisladores hablaban de política sobre inteligencia artificial, los medios publicaban varios titulares diarios sobre el asunto y el miedo a un posible apocalipsis provocado por la IA se había extendido por todo el país.

Un par de días después del anuncio, Coxon volvió a pasear por Berkeley con Kokotajlo, que se dedica precisamente al tipo de elaboración de escenarios sobre IA al que Coxon dice que espera dedicarse a partir de ahora. Kokotajlo le dijo que ya había conseguido transmitir su mensaje y le recomendó rechazar nuevas apariciones en medios y dormir un poco.

«Muchísima gente de estas empresas podría haber hecho esto», dijo Kokotajlo. «Él fue quien lo hizo».

 

 

Por AMRITH RAMKUMAR, ERIN WOO, BERBER JIN Y BEN COHEN/The Wall Streel Journal

 

 

No hay comentarios.: