SAN JUAN, Puerto Rico.- Las razones sobran: por un error involuntario, para complacer a un familiar, esconder la verdadera identidad, evitar el mal de ojo... y por ahí sigue la lista.
Lo cierto es que en la República Dominicana es lo más normal del mundo cambiarse el nombre... o usar varios.
Cuando el lunes el secretario de Justicia, Guillermo Somoza Colombani, enfatizó que Aida de los Santos Pineda, imputada de asesinar a su jefa Georgina Ortiz Ortiz, usaba distintos nombres, pasó por alto la realidad cultural del vecino país.
A De los Santos Pineda se le conocía aquí como Carmen Pichardo, Estrella Atiles, Carmen Maritza o Carmen Estrella Atiles.
En un recorrido por las zonas del área metro con gran concentración de población dominicana, no hubo una sola persona entrevistada que dijera que esa práctica fuese rara.
Jamaer Vanderhorst, quien se dedica a reparar muebles de rattan en Hato Rey, dijo que ha tenido discusiones con policías porque le preguntan cómo se llama y él responde que Juan.
“Si me preguntaran cuál es mi nombre, que es otra cosa, entonces yo le decía el que aparece en mi identificación”, dijo. “Se suponía que era Juan Ángel (como me iban a registrar), pero el que me registró no se acordaba y puso Jamaer... pero eso es muy difícil de aprender”.
En el caso de Omayra Beltré, quien tiene una pequeña peluquería en la calle Guayama, todo el mundo la conoce como Cesarina porque su papá se llama César.
“Es de lo más normal, yo respondo por los dos y me dicen de las dos formas”, aseguró.
Para José Lora, un abogado que trabaja con asuntos de inmigración en Santurce, ese es su pan de cada día. La mayoría usa nombres distintos porque a la hora de registrar a la persona alguien cometió un error, o la persona está certificada por el santo de su día y ese nombre no le gusta, o los padres no sabían que las madres ya habían hecho la gestión y duplicaban el esfuerzo.
El asunto es que oficialmente una misma persona puede aparecer ante las autoridades hasta con tres nombres distintos.
“En mi caso, mi abuela quería que yo me llamara Enrique y toda mi familia y en el barrio me dicen así, pero mi nombre es José”, relató.
Mientras, José Telemín, tapicero de oficio, comentó que lo más común al ingresar a Puerto Rico, en especial los que vienen de manera ilegal, es cambiarse el nombre, sobre todo si se compran papeles falsos o se quiere iniciar una nueva vida.
Otra joven –hija de padres dominicanos pero nacida aquí– que se dedica a tramitar los documentos de inmigración apuntó a que era una tradición para evitar el mal de ojo.
“La mayoría de mis clientes de las provincias son así. Los bautizan con un nombre y usan otro para evitar que te hagan algo con ese nombre”, declaró Wendy Martínez.
¿Descabellado? Pues no tanto.
La catedrática en etnolingüística Alma Simounet asegura que es una tendencia cultural en gran parte del Caribe por la influencia de los esclavos africanos que llegaron en la época de la colonización europea, quienes eran nombrados de una forma, pero ante la sociedad se hacían llamar de otra manera para preservar la pureza de su espíritu.
“Era una forma de resistencia. Los documentos que examinó el compañero Mervyn Alleyne en su libro Naming apuntan a que se quería tener un cierto tipo de control sobre la vida de los esclavos y ellos se cambiaban... como una forma de quitarles el control a los europeos sobre ellos”, indicó.
Esa tradición la ha visto en Santa Lucía y Santa Cruz también.
Luis Ortiz López, catedrático en lingüística, señaló que los migrantes utilizan “diferentes estrategias, entre ellas escamotearse mediante el lenguaje... hay referencias sobre eso en la literatura y el fin es de algún modo buscar protegerse”.
“Si a eso le añades elementos raciales, elementos étnicos como el caso de los dominicanos en Puerto Rico, donde se sabe que hay estereotipos y prejuicio, más todavía”.
Por ISTRA PACHECO/Primera Hora


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