PARIS.- Hace tiempo que a Steven Soderbergh le
ocurre algo parecido a lo del personaje que Borges imaginara en el cuento 'El
otro'. El argentino proponía el fugaz e improbable encuentro de dos individuos
tan perfectamente ajenos entre sí que bien podrían ser la misma persona.
En un banco de un parque (no está claro si en
Cambridge, en Ginebra o en los dos sitios a la vez), un anciano y un joven
comparten una larga conversación. A medida que pasa el tiempo y la charla entre
ellos se consume, cada uno reconoce en el otro o las cenizas de un pasado ya
inalterable o el vaho de un futuro quizá improbable. Pero se reconocen. Sueño o
realidad, esquizofrenia o metáfora, son la misma persona.
Como si se hubiera bifurcado en dos, uno reconoce en
la narración fría de 'Side effects' (Efectos colaterales), la película
presentada en Berlín, la caligrafía cerebral, gélida y brillante del director
que sorprendiera al mundo allá por 1989 con su 'Sexo, mentiras y cintas de
vídeo', y, sin embargo, nada puede estar más lejos de su cine que la
exuberancia de una historia que se enreda sobre sí misma una y otra vez en una
suerte de 'thriller' disparatado entre el 'noir' carnal de De Palma y el
trampantojo milimetrado de Hitchcock. Y, llegados a este punto, respiramos.
Nosotros y el propio Soderbergh. Las frases largas, como el cine reflexivo,
ahogan.
Cuenta el director que está cansado de hacer cine.
Que lo deja. Y que, para despedirse, sólo quiere "hacer cosas que le
diviertan". Como el viejo Borges que sueña con ser un niño. O al revés. En
realidad, lo contó ayer y hace exactamente un año cuando, aquí mismo, presentó
'Haywire'. Entonces se trataba de someter las reglas de una película de acción
y artes marciales a las exigencias quirúrgicas, digámoslo así, de su cine. Dos
personas en una. Dos cines dentro uno del otro.
Aquella vez, el contraste funcionaba, sorprendía y,
por momentos, hasta entusiasmaba. Ahora no tanto.
Los extremos en los que se mueve 'Side effects' son
tan ajenos entre sí que uno acaba convencido de que la esquizofrenia es una
opción perfectamente razonable. Eso o Borges. La película parece que cuenta la
historia de una mujer (Rooney Mara) que un buen día cae víctima de la avaricia
(o algo peor) de la industria famacéutica. Y todo por culpa de un antidepresivo
recetado a lo loco por un psiquiatra (Jude Law); un fármaco quizá no
suficientemente probado o analizado. La buena mujer acabará en el manicomio
acusada de la muerte de su marido.
Hasta aquí las apariencias. Hasta aquí es el
veterano cineasta el que habla. Lo que sigue es la improbable historia de una
pasión tan descontrolada como mono armado (que cada vez hay más). Cada
centímetro de metraje está ahí para refutar todo lo anterior. Impredecible,
improbable. Quizá infantil.
Y todo ello con la apariencia, ritmo y cadencia de
una historia tan perfectamente planificada que se diría completamente
refractaria a la más mínima improvisación. Imagínense un sueco, de los de
Suecia, cantando flamenco, no de Flandes. Es sólo un ejemplo. Pues algo
parecido. Eso si se quieren metáforas pedestres. Si se aspira a más, ahí está
Borges. En aquel banco de Cambridge, Ginebra o los dos sitios a la vez, se dan
cita, como en esta película, la posibilidad de una vida por cumplirse y el
relato ya cumplido de una vida que agotó sus posibilidades. El joven y el
anciano; el cineasta que quiere divertirse y el que, agotado y sin anda más que
decir, lo deja. Los dos quiere ser Soderbergh. Pues en ésas estamos. De
retirada.
Cine
que no puede ser y es
A su lado, la sección oficial vivió dos momentos
igual de intensos que el de Soderbergh, pero sin duda menos contradictorios. De
un lado, el iraní Jafar Panahi presentó 'Closed curtain'. Y lo hizo desde la
distancia, desde imposibilidad de su situación en Irán, su país y su prisión.
Ahora ya no está en arresto, pero se mantiene vigente la prohibición de filmar.
De nuevo, como ya hiciera en su trabajo anterior,
'Esto no es una película', es la propia posibilidad de hacer cine la que se
convoca en la pantalla. Un hombre vive encerrado en una casa tapiada de
cortinas negras. Y así el mundo enclaustrado y limitado del protagonista se
esconde detrás de la cámara en un juego de espejos donde la realidad y la
ficción juegan a mezclarse, cuestionarse y hacerse daño. Que es de lo que se
trata. Suena complejo y, en efecto, lo es.
Pese a la intensidad dolorosa de la mirada de
Panahi, la película se sumerge en una complicada red de metáforas, alegorías y
mundos paralelos que acaban por ahogar la limpieza de un relato que, antes que
nada, busca la emoción; el dolor del cine que no puede ser.
Y para cine que no puede ser el de Bruno Dumont. El
director francés vuelve con 'Camille Claudel 1915' al fondo hirviente de sus
obsesiones: convertir el cine en la imagen viva e hiriente de la exaltación;
exaltación religiosa cabría añadir. De la mano de la actriz Juliette Binoche,
la idea es dibujar el instante preciso en el que el genio se convierte en
locura.
Para ello, Dumont se traslada a un manicomio real,
con sus locos reales, y deja simplemente que el fotograma se empape de la
sensación detenida del éxtasis. Exagerada, encendida, extrema, incompresible y
brutal. Imprescindible incluso. Todo a la vez. Además de, todo sea dicho,
profundamente aburrida. No hay descanso ni concesión en un cine que está ahí
para resistir y para dejar las retinas en carne viva.
Cuentan, y esto es cotilleo, que los exhibidores
españoles que acudieron a la proyección huyeron a los primeros minutos. Prueba
evidente de que no está el horno para misticismos. Así nos va, que diría el
poeta.
Y de este modo transcurrió el día, entre la
perpejlidad, Borges, los suecos que cantan flamenco, el cine que no puede ser
y... dos huevos duros. ¿Alguien tiene ibuproceno?
Por
LUIS MARTINEZ/El Mundo

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