MADRID.- Ser campeón exige jugar y ganar así, con
majestad, con poderío, con un gol de Pedro en París, donde España respondió
cuando más se le exigía. En un escenario intimidatorio, ante un rival feroz, lo
que multiplica el mérito de un equipo siempre fiel a sí mismo. Sujetada a
Alonso y Xavi, más las ayudas casi milagrosas de Valdés, La Roja retomó el
rumbo hacia Brasil. Sería un pecado que Maracaná se perdiera este fútbol de
seda.
Ser campeón es esto y no otras jactancias. Los
galones se lucen tocando con paciencia o persiguiendo por todas las esquinas a
Ribéry. Con esa distinción que derrama Alonso o con una mano portentosa ante el
cabezazo a bocajarro de Evra. Ser campeón también es encajar las críticas y
reaccionar con cuajo y categoría. Desde el debutante Monreal, que dio un gol y
evitó otro, hasta Xavi, portador del brazalete rojigualda.
Son propias de España estas muestras de grandeza,
especialmente cuando se agota el margen para el error. Fue un partido tremendo
en el Stade de France, con un fútbol suave como contraste de otro poderoso. Un
choque de estilos sobre un firme más que irregular, que perjudicaba sobre todo
a La Roja. A pesar de ello, supo hacerlo lo mejor que sabe durante muchos
minutos, para desgracia de los de casa, que resistían con los dientes
apretados. Si alguien desentonó fue el árbitro, mal en lo técnico, peor en lo
disciplinario.
El
manual de instrucciones
Mejor obviar dos patadas de Matuidi y Jallet,
liberadas del castigo de la amarilla. O el penalti de Lloris sobre Pedro,
arrollado sin contemplaciones cuando ya se inclinaba para la caída o el engaño.
Mejor quedarse con ese fútbol arrebatado, propio de las grandes noches, de las
finalísimas.
Nada sencillo para España, exigida en cada pulso,
metro a metro. No queda otra solución ante Xavi y Alonso, los mejores fogoneros
de la máquina roja. Quién diría que arrastraban molestias. Más bien, lo que
traían consigo era el manual de instrucciones. Para mover al equipo, para
buscar el pase interior y el desborde, bien hacia el desmarque de Pedro, bien
al apoyo de Villa.
O para alguna incorporación de su lateral zurdo, en
este caso Monreal. La primera del futbolista del Arsenal, habilitado por
Iniesta, la desperdició Xavi desde el área chica. Una buena forma de olvidar
los nervios iniciales, con algún error impropio de Busquets, otra imprecisión
de Arbeloa, la más peligrosa aún de Ramos... No era sencillo el tránsito, obstaculizado
por Matuidi y Pogba, más las ayudas de Cabaye y Valbuena. Aguardaba Francia,
sujeta a la fortaleza de su medular, a la espera de alguna carga a la contra.
En una sorprendió Jallet por el carril derecho y el
remate de Benzema no estuvo a la altura. Casi 20 minutos más tarde, tras otro
balón al espacio de Valbuena, la mala postura de Piqué y el mano a mano de
Ribéry ante Valdés. La intervención con el muslo casi recordó aquella de
Casillas ante Robben.
Ribéry
y Valbuena
Quería crecerse Francia también a la vuelta del
descanso, mantener las revoluciones, soltar la pierna ante la complacencia
arbitral. Vio Del Bosque el panorama y preparó a Navas, su bala de la recámara.
Cumplida la hora, justo cuando iba a hacer el cambio, marcó el pichichi Pedro a
trompicones. Todo sale así de caro en París.
Había fallado Jallet ante Monreal y seguía sin
convencer Benzema, impreciso en cada lance, pitado con saña. Amagaba con rendir
la tricolor Francia y tuvieron que salir al paso Ribéry y Valbuena. Incluso
pudo empatar Varane en un balón parado. Así, en el angustioso alambre, hasta
que se le cruzaron los cables a Pogba y Kassai no tuvo otra que la expulsión.
Ninguna noticia mejor para Busquets o Alonso, cuyo
expediente, a esas alturas, ya alcanzaba el 'cum laude'. Sólo unos minutos más
para enfriar la cosa con un par de rondos. O si no, las aceleraciones de Navas
desde la derecha y la aportación de Fábregas. Cuando no quedaba otra, la
providencial aparición de Valdés, tras testarazo de Evra. Añadieron tres
minutos y luego otro más. Porque sin aguante, sin agonía, ninguna empresa fue
en verdad grande.


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