MADRID.- Jesús Franco no es humano. No puede serlo. O, mejor,
no lo es en el sentido en el que estamos acostumbrados. Fíjense bien. De
entrada, no sabemos cómo se llama. Los rastros de su nombre se pierden en una
catarata de pseudónimos, heterónimos, descripciones más o menos científicas y,
ya puestos, insultos (que también los hay).
Jess Franc, Daniel White, Bruno
Nicolai... Todos ellos es ese señor de ojos saltones que fuma. Una vez contó
que llamarse Jesús y apellidarse Franco en un tiempo de comunión diaria era,
poco menos, que "una broma pesada". Y así, en la primera de sus
metamorfosis, desaparecieron dos simples letras, una del nombre y otra del
apellido.
Los más ingenuos pensarán que sólo la coquetería
asiste a esta voluntad de esconderse tras un jardín de nombres que se bifurcan.
Los más eruditos encontrarán en esta disolución nominal el auténtico destino
del hombre moderno. ¿Acaso tiene sentido reivindicar al autor, al creador, en
un tiempo en que todas las historias están ya escritas? ¿No somos acaso, y
necesariamente, como predijo el francés Camus, extranjeros de un tiempo, una
sociedad y unas reglas que ya no nos pertenecen? Los más conocedores de la
política cultural verán en la ocurrencia polisémica (llamémosla así) la mejor
manera de pedir cuantas subvenciones sean necesarias para trabajar lo menos
posible y, claro está, que no se note. Pero no, Jesús Franco , y esto es lo
único cierto, no es un hombre.
¿Cuánto ha dicho?
¿Quieren pruebas? Sigamos. Los 'cineadictos' no se
ponen de acuerdo sobre el número de las películas que llegó a firmar en su
vida. La cinemateca francesa se atrevió recientemente, el pasado verano, a
cifrar su filmografía en 200 trabajos.
Pero ¿cómo poner número a una obra que se dobla, se
triplica, se fractura y se recompone según una extraña exigencia, llámese,
biológica? Muchos de sus trabajos, de hecho, disponen de tantas versiones como
países en los que se estrenaron; hay versiones 'vestidas' y 'desnudas', con
insertos eróticos o pornográficos, de una misma obra; de un sitio a otro el
montaje se recombina hasta transformar un melodrama en una película carcelaria
('Los amantes de la Isla del Diablo' se convierte en 'Barrio de mujeres'); las
escenas de una película se cuelan en otra; los argumentos se repiten como los
'standards' de jazz caracolean en los dedos de un saxofonista. ¿No son acaso
'Gritos en la noche' (1961), 'El secreto del doctot Orloff' (1964), 'Jack el
destripador' (1976) y 'El hundimiento de la casa Usher' (1983) variaciones
abisales del mismo enigma? De otro modo, la historia entera del cine y cada
género que la habita ha pasado por él, por Jesús Franco. ¿ Es eso posible en un
solo hombre?
Hagamos un poco de historia. Jesús Franco nació en
Madrid en 1936. Dato cierto. Iba para músico. Su gusto para los 'montunos' (las
réplicas con la trompeta) está más que acreditado ("No es que fuera un
virtuoso, pero tenía gracejo", confiesa). Hasta que un día un amigo de su
padre le empujó hacia el cine de forma definitiva. "Ten cuidado con tu
hijo", le dijo después de verle con volantes en una orquesta tropical,
"que va por ahí haciendo el maricón". El padre, severo, le puso las
maletas en la puerta y él, desinhibido, emigró a París. Allí vio cine, más
cine, todo el cine. Volvió a Madrid, ayudó a Bardem en 'Cómicos' (1954),
estudió en la mítica Escuela de Cine, conoció a Orson Welles, trabajó con el
mayor genio que ha dado en cine en 'Campanadas a medianoche...' El resto es la
imposible historia de ¿un hombre?
Cuando Jesús quiso dedicarse al cine, sus
contemporáneos andaban dando vueltas a cómo acabar, y para siempre, con un arte
caduco. ¿Alguno no lo estaba ya entonces? Él nació para el cine a la vez que
Godard y sus gentes le apretaban las tuercas a eso que, de forma genérica, vino
a llamarse academicismo, clasicismo o algo peor. Hasta entonces, el cine, en su
ingenuidad, había sido un instrumento para entretener los tiempos de reposo.
Como los viejos cuentos de la tribu, el cinematógrafo de los Lumière modelaba
el imaginario colectivo con sus lecciones morales, sus relatos míticos, sus
mentiras necesarias. Deconstruir, reformular, abrir las tripas a la bestia era
la misión de 'la nueva ola'.
Franco no. Su trabajo parte del hecho cierto de que
contar nuevas historias es inútil. Todas han sido ya relatadas. Para él, los
géneros, esas estructuras ya formadas por las que discurre el cuento
cinematográfico, deben ser transparentes. Al fin y al cabo, es el cine de
género el que nos convierte en espectadores de cine y no otra cosa. Para Jesús,
el cine es el magma en el que nacen todas las emociones. No se trata, como
harán sus colegas de generación, de desmontar la máquina hasta destruirla. Al
contrario, se trata de enseñarla, de hacerla patente, de que desde el cine se
vea el propio cine. ¿Qué es el cine? Responde Jesús Franco : «El cine es una
expresión pseudoartística comercial cuyo principal, sino único, objetivo es entretener
al personal. El cine no es un panfleto ni un discurso, es , fundamentalmente,
un espectáculo. Olvidarse de eso es olvidarse de la necesidad de hacer cine».
Cinefagia
¿Cine de serie B acaso? No sólo. Sí es cierto que,
como el cine de serie B, el suyo nace del impulso cinéfago de las salas de
exhibición de barrio. Sesiones dobles destinadas a ser consumidas con hambre de
nuevas, puras y simples emociones. Se acude al cine no sólo para ver historias
sino para presenciar historias de cine; esas historias que sólo en el cine
pueden ser vistas. En las películas de Jesús Franco se ve el cine en su radical
y originaria pulsión. En consecuencia, él no es autor, todos los autores que en
el cine han existido pasan por él. Él es el cine.
Fritz Lang quedó cautivado tras ver 'Necronomicon'
(1967). "Se me acercó un viejecito, me saludó y me dio una tarjeta",
recuerda. Acababan de proyectar la película en el festival de Berlín.
"Cuando llegué al hotel, la leí. Fritz Lang quería hablar conmigo.
Estuvimos hablando horas". El director de 'Metrópolis', el director de
'M', el director de 'Perversidad', el director que aceptó rodar con Godard 'El
desprecio', el director de directores quiso examinar a Jesús Franco.
Probablemente dudaba de que fuera un hombre. Bien cierto.
En 2009, la Academia del cine español le brinda a
Jesús Franco su Goya de honor. Justo es. Se trata de una forma educada de
entregar al cine entero su particular Goya (con honor o deshonor, qué más da).
Imaginen un universo poblado de seres que no conozcan la tentación de la
individualidad, que nada sepan de cosas tales como el narcisismo, la fama, el
hambre de trascendencia... Cada individuo sería la comunidad entera. Y al revés:
todos, en su conjunto, serían de forma necesaria cada uno de los individuos por
separado. No son hombres. Son otra cosa. Ahora, imaginen el cine como universo.
Y ahora vean el trabajo de Jesús Franco . El cine entero es Jesús Franco . Y al
revés. 'Voilà'. No es, con permiso de Lina Romay, un ser humano. Es Jesús
Franco.
Por
LUIS MARTINEZ/El Mundo


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