Nadie es capaz de hacer la ilustración literaria del
“saltacocote” como Federico Henríquez Gratereaux, a decir de otro sabio de las
letras, el Roedor Aristófanes Urbáez.
Siempre he creído que ellos dos, Aristófanes y
Federico, se lavan en el difícil arte del “bufeo intelectual”. En ese
intercambio de figuras no les gana nadie cuando se proponen ser crueles y
sarcásticos con abundancia de talento.
Para ellos, el “saltacocote” es un espécimen muy
singular de nuestra fauna política: inteligente, sabio, malicioso, descreído,
hábil, audaz, escamoso, camaleónico...
En realidad, es el nombre que le han dado los
campesinos dominicanos a un lagarto inofensivo que mide entre 14 y 18
centímetros y que suele caer de los árboles sorpresivamente huyéndole a los
depredadores o derribado por el viento.
Su aspecto de dinosaurio en miniatura, el color
verde intenso, la lengüeta larga y roja y su constante jadeo, hacen tejer
cuentos tan tenebrosos como falsos sobre saltos espectaculares al cuello de los
humanos que no pasan de ser historias de camino.
Lo que no tiene explicación es el vínculo rural del
“saltacocote” con la sabichosería de la gente, una asociación graciosa e
inteligente de Federico cuando quiere lanzar sus dardos al político resbaloso a
punto de caer sobre la mesa de dominó para desbaratar la partida.
Un excelente cautivador
Federico hace casi un retrato de Hipólito Mejía llevado a la acepción más respetuosa y cariñosa del término “saltacocote”, en
el manejo sinuoso de un liderazgo que cautiva a los segmentos más carenciados
de la sociedad, entendiendo que la carencia no es sólo material.
Porque el ejercicio político dominicano ha sido
históricamente así: en la medida en que el liderazgo se identifica con la parte
más voluminosa de la sociedad, en esa misma medida crece la aceptación de la
gente común con sus dirigentes y así mismo se masifican los partidos.
Esa identificación de Hipólito “con el pueblo”, su
cercanía, su desenfado, la confianza que irradia, ha sido la clave de su éxito
profesional, familiar y social y, sobre todo, de su liderazgo político y la
razón de haber llegado al poder.
Hasta convertirse en la figura que es hoy,
imprescindible para que el PRD pueda eventualmente ganar las elecciones. No
necesariamente por la fuerza interna que le apoya, pero sí por la percepción de
triunfo que dejaría en la opinión pública un pacto unitario en ese partido.
Su agudo instinto político le hace interpretar esa
necesidad, y de ahí proyecta el interés de negociar con Miguel Vargas
posiciones que no está dispuesto a ceder, como la candidatura presidencial, por
ejemplo.
Hipólito sigue dando vueltas para no sentarse a
discutir sobre esa base y de paso va dejando en los demás la idea de que Vargas
está cerrado “a cal y canto” para evitar una fórmula unitaria que viabilice la
vuelta del PRD al poder.
El “cocote” de Miguel
La revelación a principios de semana de las opciones
o alternativa planteadas por Miguel a Hipólito en procura de un acuerdo
unitario, aceleró los planes del grupo de Mejía que entre lunes y martes ha
redactado una “contrapropuesta” que se
adelanta será rechazada por la institucionalidad perredeísta.
Lo que se anticipa es que Hipólito implícitamente rechaza
la propuesta de Vargas y vuelve al punto de partida: que cese en la presidencia
del partido el 21 de julio y que se convoque a la convención en el mes de
agosto, a la vuelta de dos meses.
En semejante escenario quedan definitivamente rotas
las negociaciones entre los dos grupos que se disputan el control del PRD.
Vargas y su gente continúan en sus planes de
estructurar un nuevo padrón de militantes para celebrar la convención en el
próximo febrero... Mientras, Hipólito, Andrés Bautista, Orlando Jorge y
Geanilda Vásquez siguen fuera de la organización.
Por lo menos para todos los fines legales.
Por
CÉSAR MEDINA
El
autor es periodista



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