Cuando se habla de cuidar el medioambiente, en una
primera aproximación pensamos en proteger los árboles, que nos suministran el
oxígeno que respiramos; a los animales, en particular a los que están en
peligro de extinción; a la capa de ozono que nos resguarda de la radiación
ultravioleta proveniente del sol…
También puede ser que venga a nuestras mentes el no
verter desechos en cualquier lugar, rechazar la emisión de esos humos negros
que emiten algunos vehículos e industrias y hasta los ruidos que, en exceso,
llegan al umbral doloroso de nuestros tímpanos.
La Enciclopedia Colaborativa Cubana (Ecured), al
tratar el término medioambiente —que, por cierto, es obviado en reconocidos
diccionarios—, precisa que: «abarca la naturaleza, la sociedad, el patrimonio
histórico-cultural, lo creado por la humanidad, la propia humanidad, y como
elemento de gran importancia las relaciones sociales y la cultura».
Si nos atenemos a este contenido que precisa la
Ecured, tan agresivo al medioambiente es aquel que emite indiscriminadamente
gases con su automóvil, como el que con ese automóvil no respeta los derechos
viales o conduce irresponsablemente convirtiendo la vía pública en peligro
potencial para transeúntes y otros vehículos.
Ofensivo contra el medioambiente resulta además
quien transgrede la tranquilidad ciudadana con ruidos excesivos e inoportunos,
con gritería y profusión de palabras obscenas; el que maltrata en cualquier
lugar a otro ser humano, ya sea en el entorno familiar o cuando en algún sitio
no nos atienden como es debido, se trate de una oficina donde se eternizan los
trámites, un hospital en que el médico no se presenta a la hora o hasta una
escuela en la que el maestro diferencia a sus estudiantes por sus
potencialidades económicas y no intelectuales.
Cuando usted no puede dejar una bicicleta en un
lugar sin el peligro de que sea robada, se está violando la tranquilidad
ciudadana, que es otra arista del medioambiente. Si en la pesa de cualquier
mercado o en una tienda, dependientes inescrupulosos laceran su economía al no
darle lo que le corresponde o con la debida calidad, están afectando su
medioambiente.
Los fumadores que por una extraña satisfacción
obligan a otros —incluyendo niños y hasta sus propios familiares— a fumar,
lesionan el medioambiente, al igual que lo hacen quienes, sin importarles que
permanecen en una funeraria, una discoteca, una sala de conciertos, un hospital
o un centro de estudios, no tienen en cuenta que la presencia personal debe
estar en articulación con el medioambiente.
Como la palabra medio, significa la mitad de algo,
creo que en este caso no es posible conformarse con la mitad de ese algo tan
importante para la supervivencia humana. Propongo entonces que del ambiente lo
preservemos todo: lo natural y lo social.
Por
DIEGO DE JESÚS ALAMINO
El autor es profesor de la Universidad de Ciencias
Pedagógicas Juan Marinello, de Matanzas

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