LA COSTUMBRE.- Los dominicanos tendrán que dejar la
vieja costumbre de asociar el 16 de agosto, lo mismo que el 27 de febrero, con
cambios en el gobierno. Los últimos gobernantes, de manera inexplicable, fueron
renuentes a destituir y nombrar funcionarios en fechas determinadas, anulando
un ritual que en su tiempo fue el más importante acto del circo político.
Habría que averiguar quien impuso esa tradición, si Rafael Leonidas Trujillo o
Joaquín Balaguer, pero la verdad que ni Leonel Fernández, ni Hipólito Mejía, y
tampoco Danilo Medina, comparten ese morbo. Y digo morbo, pues la gente quiere
caras nuevas sólo por caras nuevas, sin importar mucho si las viejas lo hacían
bien o mal. De Medina se esperaban en enero, y en febrero, y ahora en agosto,
porque no satisfizo expectativas en su toma de posesión. Con Fernández la
inquietud era diferente. Demasiado tiempo en el mando sin renovar los
colaboradores más cercanos, y daba la impresión de que regalaba las posiciones
como en los antiguos reinos las comarcas. Cada designado era dueño absoluto de
su parte…
A
CONCIENCIA.- Hipólito Mejía no fue muy dado a
cambiar funcionarios, a pesar de ser un hombre repentista y de tomar decisiones
influido por el humor del momento. Sin embargo, había dos cosas que impedían
actuara a tontas y locas. La primera, que no se dejaba influenciar por chismes;
y la segunda, que sometía a sus subalternos a un permanente y riguroso
escrutinio. Entre las características de estilo de gobernar estaba la
confrontación. Cuando alguien le iba con alguna habladuría o queja, llamaba a
la otra parte y se aclaraba o resolvía el problema. Pedro Franco Badía y Guido
Gómez Mazara podrían hablar de eso. Una vez le pregunté al entonces presidente
Mejía porque se resistía a mover los altos cargos, buscó su infaltable maletín
de encuestas y todos sus dependientes superaban el 50%. Unos más altos que
otros, pero todos con porcentajes aceptables. No tenía sentido que gente que
con buen desempeño, o por lo menos ante los ojos de la población, fuera
sacrificada por complacer a curiosos, envidiosos, y por qué no decirlo, a
perversos…
PUERCO
ASADO.- Comentaba en televisión que no entendía
la renuencia a cambiar funcionarios en fechas determinadas si esa decisión del
Ejecutivo era parte de la costumbre dominicana. Por ejemplo, nadie concibe la
cena de Nochebuena sin puerco asado. Que quisieron imponer el pavo, como si
fuera el Thanksgiving norteamericano, o el pollo, por la abundante provisión, y
nada. El puerco asado siguió reinando. Igual los 27 de febrero con rendición de
cuenta y tedéum, o el 16 de agosto con desfile militar, incluyen cambios en el
tren administrativo del gobierno. Los medios de prensa barajan nombres, pero lo
hacen no sólo por crear expectativas, o complacer la consabida manipulación de
los interesados, sino porque los rumores son tan fuertes que ninguno quiere
verse sorprendido. Que ha pasado, y más de una vez. Aunque ahora habría que
agregar las redes, que no duermen, que no cesan en su afán, y que en ocasiones
pegan. Tienen tantos meses destituyendo a funcionarios de éste y del anterior gobierno,
que al final, de tanta lotería, uno o dos de los números saldrá premiado…
LAS
FIERAS.- La lógica oficial nadie la explica, y
lo apropiado sería suponerla. El gobierno no prescinde de ciertos funcionarios
porque es mejor tenerlos dentro que fuera. La gobernabilidad es conveniente,
pero tiene dos caras. La de afuera, con los sectores diversos de la sociedad, y
la de adentro, con dirigentes del partido que cuando se vean sin empleos,
aunque no los necesiten para vivir, se dedicarán a necear. El presidente Medina
los conoce bien, y sabe que como piloto no puede descuidarse. Son muchos los
decretos que se mantienen guardados en una gaveta esperando su oportunidad.
Incluso, puede decirse que esa oportunidad se pospone a cada momento. El
Congreso del partido es un problema de gobierno, y hay decisiones que no puede
tomarse porque afectaría a figuras que no deben caer en medio del evento. Es un
trance difícil, parecido -como escribiera alguien- a los icebergs salvando al
Titanic.
Por ORLANDO GIL
El autor es periodista


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