En «otra vida», mi madre debió haber sido entrenada
por el mismísimo Toshirô Mifune o el no menos mítico Shintaro Katsu. Es la
única manera de explicarme —porque jamás viajó hasta Japón— cómo ella consiguió
desarrollar esas habilidades exclusivas de poderosos samuráis como Musashi
Miyamoto o Zatoichi, para con una guámpora o un machete lograr un efecto
idéntico al de estos supersónicos del movimiento con sus filosas katanas.
Me encantaba observar a mi Juana, en aquellos años
de infancia, cómo levantaba con agilidad tremenda la vieja mocha que había sido
testigo de su probada destreza en la zafra azucarera, y luego la dejaba caer
cual diestro ninja para dividir, en un santiamén y en mil pedazos, la posta de
pollo que llegaba a la carnicería (todavía, para tristeza del plato, mi madre
tiene ese poder).
Creo que fue así como me entrené para entrampar con
el primer o el segundo molar un trocito de carne, y no dejarlo escapar mientras
soltara, obligado por la presión de las muelas, esa peculiar «sustancia»
ricamente sazonada que Juana le ponía, gracias a lo cual era capaz de «engañar»
al paladar y hacerme engullir unas cuantas cucharadas de arroz.
Bueno, eran tiempos difíciles en que a esa mujer
dulce pero inderrotable que me tocó por progenitora, no le quedó más remedio
que enseñarnos a compartir lo mucho o poco que tuviéramos; y lo más importante:
a sentirnos, como cantaba el añejo bolerón, henchidos de placer, a pesar de las
carencias.
Todo se repartía por igual en la mínima casita
tunera de la calle Menocal, que se sostenía por estática milagrosa; la casita
de madera vencida pintada de cal, y cuyos listones jamás acoplaron como las
fichas de un rompecabezas, sino que permitían la libre entrada de una luz
abundante que hería las retinas desde temprano en las mañanas.
Todavía no sé de qué modo se las arreglaba para
estirar más allá de lo que daban sus fibras aquella tela elastizada, con la que
nos confeccionaba, a mi hermano y a mí, pantalones de campanas «sórdidas», como
las clasificara Silvio Rodríguez en su Epistolario del subdesarrollo, y hasta
le daba para una que otra trusita o calzoncillos de «fuego», por lo calurosos
que eran.
Por suerte en ese entonces no existía ese síndrome
que enferma a no pocos padres de hoy, que se diagnostica cuando sus vástagos
están convencidos de que se lo merecen todo, solo por el «simple» hecho de ser
sangre de su sangre.
Con Juana era distinto: nos entregaba la vida, mas
uno tenía que ser el mejor hijo posible, lo que equivalía a alcanzar resultados
académicos que la hicieran sentirse orgullosa, a no olvidar el respeto y la
amabilidad, a tocar con los ojos y mirar con las manos cuando se iba de visita;
a decir a cada paso: «por favor», «permiso», «¿se puede?», «¿la ayudo?»,
«gracias»...
Fue así, y a base de amores mutuos, que nos la
ganamos para siempre. Y cuando digo para siempre, es para siempre, incluso
ahora, a esta edad en que se supone que a los hijos nos toca retribuir —si eso
alguna vez fuera posible, y hablo también, fundamentalmente, en el sentido
económico— todo lo que ha provocado el principal desgaste de nuestros padres:
sostenernos hasta que dejan de respirar.
Porque cuando se era un adolescente o un joven, uno
pensaba que todavía les tocaba. Quizá por esa razón no me sorprendía tanto que
mientras yo estudiaba en la fría Bulgaria, ella viajara en lo que fuera (¡que
no se le pusiera un carretón por delante!), lo mismo a Bayamo que a Camagüey,
con tal de que recibiera su calor y el de Cuba en forma de latas de leche
condensada, barras de guayaba o de maní, plátanos, frijoles negros..., justo
allá donde reconocí por vez primera el significado de la palabra «abundancia».
Y a mí me tranquilizaba la esperanza de que cuando
me graduara, y me hiciera «persona», la convertiría en mi reina: no le faltaría
nada, estaría atento al más pequeño de sus caprichos, la llevaría a pasear
adonde quisiera... Sueños que no acaban
de cuajar con este tiempo que marcha tan deprisa.
Miro ahora a mi alrededor y todo pasó por sus manos:
la mesa, las sillas, la cama, el radio, el televisor..., y entonces me
pregunto: ¿de qué está hecha esa madre mía que, pasado el período de dejarnos
andar solos, vigila y recompone cada tambaleante paso que aún doy? ¿Hasta dónde
y hasta cuándo, madre querida? Ay, si al menos estas líneas bastaran para
expresarle mi eterna gratitud.
Por
JOSE LUIS ESTRADA BETANCOURT
Tomado JUVENTUD REBELDE


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