Hace unos días, el presidente colombiano Juan Manuel
Santos había sostenido que el tiempo y la paciencia de los colombianos se
estaban agotando en relación con el dilatado proceso de paz que mantiene el
gobierno con las FARC.
A su vez, el mandatario también pronunció en la 68ª
Asamblea General de la ONU un duro discurso contra el grupo guerrillero. En ese
sentido, Timoleón Jiménez, jefe de la organización, repudió los términos
utilizados por el presidente en las Naciones Unidas y anunció que autorizó a su
equipo negociador en La Habana a confeccionar un informe para contar lo que
"en verdad" está ocurriendo en las negociaciones.
"Ante tan grande ofensiva discursiva y
mediática contra nosotros y lo que sucede en la Mesa, con el exclusivo
propósito de que el país y el mundo conozcan en verdad lo que ocurre, he
decidido autorizar a nuestros voceros en La Habana la elaboración de un informe
al pueblo colombiano", expresó a través de una carta "Timochenko".
"Para poner fin definitivamente al conflicto,
es necesario remover todas esas causas reales de la confrontación", agregó
el actual líder de las FARC.
En tanto, "Timochenko" juzgó que en la
mesa de negociación solamente se debatan los temas de la agenda del gobierno de
Juan Manuel Santos, sin tener en cuenta las opiniones de la guerrilla.
"El gobierno nacional insiste en sus
imposiciones unilaterales. Ya cuenta con su marco legal para la paz, un modelo
de justicia transicional diseñado sin contar para nada con nuestra
opinión", apunta Timoleón Jiménez en su carta dirigida al gobierno
colombiano.
En ese sentido, el jefe de las FARC argumenta que
para que finalmente se llegue a un acuerdo de paz debe haber consenso de ambas
partes y, a su vez, llama al presidente Santos a cambiar "esa actitud
arrogante y mezquina".
"Tres años después de fracasar con su Espada de
Honor y su Prosperidad Democrática, y pese a sus manifestaciones de encontrar
una salida política, Santos, alucinado, confía en doblegarnos con gruñidos.
Estamos muy viejos para eso. La clave está en consensuar, en cambiar para bien
esa actitud arrogante y mezquina", concluyó Timochenko.
A continuación, la carta del jefe guerrillero:
Tanta retórica hace daño, Santos
El Presidente Santos respondió calculando cada
palabra al referirse en Nueva York a los ofrecimientos de colaboración que le
hiciera el Presidente Mujica. No obstante agradecer la propuesta del territorio
uruguayo como posible sede, el primer mandatario colombiano prefirió no adelantar
nada sobre diálogos con la guerrilla del ELN. En este tipo de situaciones hay
que ser muy prudente. Las decisiones se toman de común acuerdo, afirmó.
Vale creer que para el Presidente Santos esta última
frase debe inspirar también los diálogos con las FARC. Las decisiones, los
acuerdos, han de ser el producto del consenso. No puede pretenderse estar
sentado en una mesa de conversaciones y que sólo lo que una de las partes
sostenga merezca atención. Si como lo predica repetidamente Santos, se conversa
es con el enemigo, si la paz consiste en tender puentes entre contrarios, los
modelos económico y de democracia, verdaderas causas de la confrontación social
y armada, necesariamente deben ser modificados.
En las más recientes intervenciones del Presidente
Santos, su discurso apunta a señalar con un grave e irresponsable sesgo, que el
conflicto armado colombiano, la guerra, esa que ha dado en llamar mula o vaca
muerta atravesada en el camino, es atribuible de manera exclusiva a la
insurgencia. El terrorismo de Estado, las ejecuciones extrajudiciales, el
paramilitarismo, los desplazamientos y demás horrores, según él, sólo son
imputables a nosotros. Los intereses norteamericanos, la oligarquía colombiana,
sus fuerzas armadas, sus políticas antipopulares y violentas, su corrupción y
sus represiones son por completo ajenos e inocentes.
Si bien es cierto que varias generaciones de
colombianos no hemos conocido en la vida un solo día de paz, tampoco puede
desconocerse que lo peor de la existencia ha correspondido siempre a los
sectores más pobres, la inmensa mayoría, y no precisamente a las familias
engominadas que durante más de un siglo han manejado el país para beneficio de
sectores minoritarios. Que Santos padre o hijo hayan prestado su servicio
militar en la Armada o el Ejército, está muy lejos de equipararlos con los
humildes colombianos que se juegan la vida en el campo de batalla. Las odiosas
distinciones de clase y los privilegios perversos no desaparecen con frases
enternecedoras.
El cerrado régimen bipartidista, la violencia
salvaje en que echó sus raíces desde la primera parte del siglo pasado, azuzada
por familias como los Santos, según sus propias y espontáneas revelaciones
recientes, la brutal redistribución de la tierra que se prolonga hasta los
albores de esta centuria, las políticas económicas encaminadas a favorecer
siempre a banqueros, empresarios, terratenientes y compañías extranjeras al
precio del envilecimiento de la vida de los trabajadores y campesinos, la
militarización creciente, la criminalización de la lucha social, el vandalismo
policial, la conjunción de corrupción, narcotráfico y paramilitarismo, el
exterminio de la Unión Patriótica y lo más granado del movimiento sindical, campesino
y popular, la guerra sucia, los crímenes cometidos por las fuerzas armadas en
nombre de la contrainsurgencia, el capitalismo salvaje desatado en el país con
la implementación de las políticas neoliberales, para la oligarquía gobernante
ninguno de esos fenómenos de la vida colombiana guarda relación alguna con el
conflicto armado existente en el país. Así que basta nuestra voluntad para
poner fin a todo.
Lo que hemos afirmado las FARC desde el comienzo de
las aproximaciones con el actual gobierno, es que para poner fin
definitivamente al conflicto es necesario remover todas esas causas reales de
la confrontación. Tras un largo proceso denominado Encuentro Exploratorio,
firmamos con el gobierno nacional un Acuerdo General que todo el mundo conoce.
Cuando lo hicimos, las dos partes coincidimos en que el desarrollo de los
puntos de la agenda acordada se cumpliría en el espíritu de las distintas
consideraciones que integraron su preámbulo. Sin embargo, nuestros delegados
siempre se topan con la actitud gubernamental de considerar que el Acuerdo sólo
comprende los puntos de la Agenda, a los cuales además insisten en otorgar tal
restricción, que sólo lo que ellos llevan a la Mesa merece considerarse.
Cumplidas así las cosas, y ya lo han explicado
ampliamente nuestros voceros, el gobierno nacional insiste en sus imposiciones
unilaterales. Ya cuenta con su marco legal para la paz, un modelo de justicia
transicional diseñado sin contar para nada con nuestra opinión, el cual además
el Presidente Santos promociona hasta en las Naciones Unidas, única fórmula que
considera válida para los puntos sobre víctimas y participación política. Ya
tiene lista su ley de referendo para refrendar los acuerdos finales. Afirma que
una vez desmovilizada, la guerrilla deberá cambiar de bando y sumarse a la
política estatal de erradicación de cultivos ilícitos, porque así lo tiene él
decidido antes de tratar del tema en los foros respectivos y en la Mesa. Así
también la responsabilidad por el conflicto deberá ser asumida toda por nosotros.
Y aparte, presiona con el cuento de que el tiempo y
la paciencia de los colombianos se agotan. Las protestas, las marchas y los
paros recientes demuestran que eso puede ser cierto, pero no en el sentido que
indica el Presidente. Su tal Pacto Nacional por el Agro no pasa de ser otro de
sus falsos positivos. Los problemas, la inconformidad y la rebeldía siguen
vivas. Lo que se acorta en realidad es el tiempo para definir su candidatura a
la reelección, y es evidente su afán en exhibir al país un acuerdo de paz. Pero
ni siquiera por ello asume una posición que facilite la concertación. Somos
nosotros quienes debemos ceder a sus afanes y firmar cuanto antes lo que él
quiere. Vuelve a llamarnos terroristas, se ufana de haber derramado nuestra
sangre como nadie en los últimos cincuenta años y exhibe en cada mano la cabeza
de un miembro del Secretariado.
Así la cosas, cada gesto nuestro de reconciliación
significa debilidad. Haber pasado sobre el cadáver del camarada Alfonso Cano,
haber aceptado los dos enviados al primer encuentro cuando no eran los que
oficialmente nos habían dicho, hasta nuestra sincera voluntad de firmar una paz
digna y justa es interpretada como el producto de la derrota militar. Y qué
decir de la propuesta de cese bilateral de fuegos. Y de cada una de las
propuestas a la Mesa. Todavía a estas alturas, tres años después de fracasar
con su Espada de Honor y su Prosperidad Democrática, y pese a sus
manifestaciones de encontrar una salida política, Santos, alucinado, confía en
doblegarnos con gruñidos. Estamos muy viejos para eso. La clave está en
consensuar, en cambiar para bien esa actitud arrogante y mezquina.
Mientras eso pasa, ante tan grande ofensiva
discursiva y mediática contra nosotros y lo que sucede en la Mesa, con el
exclusivo propósito de que el país y el mundo conozcan en verdad lo que ocurre,
he decidido autorizar a nuestros voceros en La Habana la elaboración de un
informe al pueblo colombiano. Tenemos una gran responsabilidad ante él, y tanta
retórica hace daño, Santos.


No hay comentarios.: