MÓNACO (18 Abril 2014).- En el mismo plató, sobre la
misma arcilla, una derrota resolvía a Rafael Nadal las dudas una temporada
atrás. Renacido tras la peor lesión de su vida, que Novak Djokovic se llevara
el título en el Masters 1000 de Montecarlo, su título los ocho años previos,
era sólo un fútil percance ante una progresión que acabó con su indudable éxito
en la superficie las semanas posteriores.
Este curso, en cambio, la derrota insinúa otro
camino. Insinúa una regresión en tierra batida, que el número uno del ranking
ATP deberá voltear raudo, en el cercano Godó, antes de Madrid y Roma, antes
sobre todo de Roland Garros, si no quiere ver en aprietos su supremacía mundial
y, lo que es más importante, su propio tenis.
En cuartos de final del torneo monegasco, Nadal cayó
este viernes ante David Ferrer por 7-6(1) y 6-4 en dos horas y 13 minutos y lo
hizo, ante todo, por deméritos propios. Al contrario que en algunos
enfrentamientos del curso pasado (precisamente en Madrid y Roma), el
alicantino, actual sexto mundial, no requirió esta vez revelar el mejor tenis
de su carrera para poner en aprietos a su compatriota, tan sólo necesitó
cumplir con el más que sabido guión con sobriedad...
Aunque el mérito de ello sea histórico. Lo
demuestran los números: 10 años y 17 partidos llevaba Ferrer sin vencer al
líder del ranking en arcilla; sólo 21 derrotas acumulaba éste en la superficie
(93% de triunfos); desde su eliminación en tercera ronda en 2003, ante
Guillermo Coria, en plena adolescencia, Nadal nunca había caído tan pronto en
Montecarlo.
Nadal lamenta la derrota
Lo hizo, además, dicho está, con las peores
sensaciones. Ni servicio, ni piernas, ni golpeo. En primer lugar el balear
sufrió sobremanera cada vez que debía dar apertura, malgastando la mitad de sus
primeros saques y mostrándose plano en sus segundos, quedándose continuamente
expuestos a los siempre excelsos restos de su contrincante. En segundo, su
pesadez en los movimientos, su lentitud, fue más que notable, llegando en malas
posiciones a sus acciones y mostrándose fatigado, algo poco habitual en él.
Y en tercero, no pudo rescatar ninguna de las
carencias anteriores con alguno de sus golpes pues ni de derecha ni de revés se
mostró confiando. Llegando a sumar hasta 44 errores no forzados, a ratos sólo
empujaba el 'drive', sin poder usarlo para tomar el ratos, y luego se
desesperaba una y otro vez con su revés, el lugar donde siempre trata de
arrinconarlo Ferrer, sobre todo, con un paralelo que enviaba sin remedio al
pasillo.
Su rostro, afligido, lo decía todo, no así el marcador.
Con todos los males nombrados, todas las penurias, Nadal logró recuperar dos
'breaks' en el primer set y plantarse en un 'tie-break' que empezó venciendo
pero que posteriormente perdió con sencillez, sin ganar ni un solo saque. Fue,
de hecho, el resumen del encuentro, que de la misma manera vivió su segundo
periodo aunque quedó, como es habitual, el pundonor. Con 5-2 y dos roturas en
contra aún tuvo ánimo el balear para liberarse y, golpeando entonces sin
temores, insinuar la remontada. No fue, claro, pues era una consecución
imposible incluso para él.
Ahora en semifinales, Ferrer, que sólo había
alcanzado ese escalón en Montecarlo en dos ocasiones (en 2011 fue finalista),
deberá enfrentarse por un puesto en la final al suizo Stanislas Wawrinka, que
venció a Milos Raonic por 7-6(5) y 6-2 en hora y media. En tierra ambos se han
enfrentado en siete ocasiones con cinco resultados a favor para el español,
aunque la última, la final del ATP 250 de Estoril, cayó del lado de Wawrinka.



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