SALVADOR DE BAHÍA (16 de Junio 2014).- Cuando salió
al campo a calentar, Pepe localizó en la grada a un grupo cercano a él. Saludó
haciendo unas contorsiones, enseñando esa enorme dentadura que Pepe tiene de
dibujo japonés, y se concentró en hacer sus ejercicios sin saber por cuánto
tiempo tenía que seguir con las complicidades, como cuando te despides en el
aeropuerto de una madre y se queda ahí mirando como una pasmada a través del
cristal.
En el partido todo empezó a ir mal. Su primer balón
fue un rechace fácil que tiró a corner. En la jugada en que Özil se descolgó en
el área y remató Müller, Bruno Alves le echó una bronca. Tras el saque de
esquina provocado por el disparo de Müller, Hummels se comió de un bocado a
Pepe y marcó el segundo gol de Alemania. Fue todo muy rápido, una sucesión de
acontecimientos que la cabeza de Pepe no pudo procesar bien. Los ricitos que le
acompañan en su nueva etapa de 'boy scout' empezaron a tener un aire criminal.
Iba dando zancadas con los cables por fuera, en plena recaída, como William
Munny cuando pega un trago antes de bajar al pueblo.
Müller revoloteaba alrededor de él verdaderamente
interesado en la evolución, y hubo un momento en que quiso robarle la pelota.
Los dos se pusieron a correr y Pepe le echó a Müller una manita a la cara que
el alemán exageró teatralmente. Fue demasiado; se habían juntado demasiadas
cosas. Seguro que hasta Müller lo sabía. Pepe apoyó su cabeza en la del alemán
conteniéndose para no matarlo. El árbitro le sacó la roja. Injusta, desde
luego: pesó más el perturbamiento mental de Pepe que la acción en sí. Fue una
expulsión preventiva, otra innovación tecnológica de la FIFA. De camino al
vestuario Pepe no miró a ninguna esquina, sólo al suelo. Sobre el túnel, desde
la grada, se descolgaron varios alemanes para insutarle.
La expulsión no provocó la derrota, que Alemania
tenía amasada, y es probable que hasta mitigase la goleada. Los de Low bajaron
la velocidad y se dedicaron a brincar con la pelota de un lado a otro. Rompen
el partido cuando quieren, moviéndose sin ganas hasta que alguien,
frecuentemente Özil o Götze, ejecuta un escorzo, una seña secreta, y todos
abren la funda del violín y sacan la ametralladora. Puede verse volando a
Boateng y chispeando arriba a Müller, un jugadorazo que entre sus muescas de
calidad dejó una particularmente sobrecogedora: las medias bajas remitiendo a
un fútbol de otro tiempo. Alemania es un tiroteo volátil, inconsciente, que
destroza al rival no por apuntarle sino porque pasaba por allí.
Ese éxtasis deja minutos de tembleque. Es un placer
verlos activarse, limpiando zonas del campo hasta dejarlas listas para una
asistencia o un disparo. Todo eso, más el despliegue físico, siembra el terror
en el contrario. Portugal nunca tuvo controlada a Alemania porque Alemania no
se puede controlar a sí misma. Parece sometida a una ouija exterior. Hasta el
mejor aliado portugués, el sol, terminó marchándose en la segunda parte.
El partido empezó con Cristiano volcado en la banda
izquierda mirándose las zarpas bajo el calor. Cada balón recuperado por Portugal
era una mariposa revoloteando en Japón; se producía al otro lado del campo una
tamborrada que anunciaba el desmarque de Cristiano Ronaldo. Suya fue la primera
ocasión en un balón que cedió a Hugo Almeida; Almeida remató con un globo como
si estuviese en Roland Garros: Neuer no sabía si pararla o hacer un mate. Luego
vino la desesperación. CR7 empezó a mirar el partido con un pie dentro y otro
fuera. Enfurruñado, solitario, la tomó con la Mannschaft como si él solo
pudiese tumbarla de un soplido.
Todos los balones de Portugal pasaban por él al
extremo de que algunos compañeros, de tan solícitos, se los entregaban a su
marca con tal de que quedase claro que el destino del pase era él. En sus
peores minutos protestó con aspavientos un presunto penalti a Eder, falló un
control fácil junto a la banda en la que abroncaba al cuarto árbitro y, para
redondear una tarde negra, tiró una falta con una barrera de uno, y le dio a
ése como si fuera un bolo.
Curiosamente el pitido final atemperó su ánimo, al
menos en el césped. Ya en el vestuario los portugueses tenían cosas que hablar,
como el encontronazo (una especie de penalti en propia puerta) entre Nani y
Coentrao en medio de un contraataque que terminó con una discusión de ambos.
Los alemanes no daban crédito. Portugal fue un poco de Moutinho, un poco de
Nani, un poco de CR, un poco de Meirelhes. Insuficiente para no encajar cuatro
goles, suficiente para pensar que pudo ser peor.
Alemania abrochó el partido con un gol de Müller que
ni celebró, obligando al árbitro a exteriorizar su carrera al centro del campo
para que la afición saltase. Eran los minutos en los que Özil iba acercándose a
la zona de sombra del campo, alejado de posiciones soleadas, ansioso de un
refresco, moviéndole la táctica a Löw por un poco de aire. Mereció la pena. Una
de las mejores virtudes de Özil no es saber cuándo entrar en juego, sino cuándo
salir, discreto. La pausa del ajedrecista.
Por
MANUEL JABOIS/El Mundo


No hay comentarios.: