PARÍS (09 Junio 2014).- Con 28 años y cinco días,
Rafael Nadal se ha convertido en el segundo jugador más joven en hacerse con 14
títulos del Grand Slam. Pete Sampras, el hombre al que iguala en la ilustre
lista, lo hizo a los 31 años y 27 días, ganando su quinto Abierto de Estados
Unidos en el último partido de su vida. Roger Federer suscribió el 14º de sus
17 majors precisamente aquí, en París, al ganar su único título de Roland
Garros, con 27 años y 303 días.
El español
nunca ha querido entrar en el debate sobre cuál será su lugar en la historia
una vez que deje la raqueta. Su extraordinario respeto a Federer le lleva a
valorarle reiteradamente como el mejor de todos los tiempos, sin entrar a
considerar la posibilidad de superar su colosal cifra de grandes. Lo cierto es
que el suizo cumplirá el 8 de agosto 33 años y su última gran conquista data de
Wimbledon 2012. Desde entonces, ni siquiera ha aparecido en una final de esa
entidad. Hizo cuartos en el Abierto de Estados Unidos de ese mismo año,
semifinales en los dos últimos Abiertos de Australia, octavos en el Us Open de
2013, eliminado por Tommy Robredo, idéntica ronda en este Roland Garros y, lo
que es más preocupante para él, cayó en el segundo turno en su paraíso de la
hierba londinense, ante el modestísimo Sergei Stakhovsky.
Le
resultará harto difícil incrementar su nómina de galardones. Su asociación con
Stefen Edberg ha propiciado una mejora con respecto al decepcionante 2013, pero
parece claro que el físico ya no le alcanza para las competiciones de máximo
recorrido, las únicas que le mantienen aún en activo. Ya padre de cuatro hijos
y lejos de la órbita de poder que ostentan Nadal y Djokovic, sus mejores días
pueden haber quedado definitivamente atrás.
Las
principales dudas sobre la capacidad de Nadal para derribar una barrera
estratosférica residen en su estado físico. Profesional desde 2003, cuando
disputó ya 47 partidos del circuito, su estilo implica un enorme desgaste, que
le ha obligado a pasar distintos períodos en el arcén, el más largo y reciente
entre julio de 2012 y febrero de 2013, debido a la tendinitis rotuliana en su
rodilla izquierda. Inteligente, capaz y magníficamente rodeado, ha sabido
reacondicionar su juego para pasar menos tiempo en la cancha, pero lo exigente
del calendario y sus propios fundamentos tampoco le permiten administrar
energías como desearía.
Así como
Federer, siete veces campeón de Wimbledon, cinco del Abierto de Estados Unidos,
cuatro en Australia y una en París, y Sampras, con idénticos registros en
Londres y Nueva York, además de dos títulos en Melbourne, construyeron su
leyenda sobre pista rápida, Nadal lo viene haciendo con la arcilla como
principal suelo. Ahora bien, el actual número uno del mundo, que ayer se
garantizó mantener ese rango al menos hasta después de Wimbledon, ha demostrado
que sabe manejarse en cualquier superficie. Además de los dos títulos de
Wimbledon, ha disputado otras tres finales en el All England Club, dos en
Australia, donde ganó en 2009, y otras tantas en Nueva York, que le vio levantar
dos veces la copa.
No sería
demasiado extraño que ganase nuevamente
Roland Garros e incluso que pudiera superar los 10 títulos. Con la hierba como
el terreno más delicado, por su proximidad con el torneo parisino y la demanda
que implica para sus rodillas jugar con el punto de gravedad muy bajo, el US
Open y el Abierto de Australia no representan ni mucho menos terreno vedado.
Por JAVIER MARTÍNEZ/ El Mundo


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