RÍO DE JANEIRO (13 Julio 2014).- Si antes temíamos a
una Alemania que arrollaba con futbolistas con cara de hombres, esta
Mannschaft, en cambio, levanta su cuarto Mundial gracias a un diablo imberbe
con rostro de niño. Mario Götze personifica el cambio llevado a cabo por el
fútbol alemán, el camino que escogió para llegar a este lugar. Es su Iniesta.
Alemania lo ha hecho sin estridencias, ni soflamas del pasado. Basta la palabra
justa de Joachim Löw, un seleccionador que responde también a la altura
institucional que exige el cargo, y basta el juego. Merece, pues, este título.
También lo habría hecho Argentina después de una gran final, enfrentada siempre
al combate emocional que dejó el idilio con Maradona. Ya está bien de
compararles. Su derrota deja a Messi incompleto. La edad de la inocencia pasó
hace tiempo. Tiene cara de hombre.
El cuarto título de Alemania carga un mensaje, con
independencia del desarrollo de una final cargada de alternativas: vence el
centro del campo. Eliminada España, era la gran reserva de ese espacio donde no
sólo se decide ganar, sino cómo ganar. Con su victoria, Alemania desafía,
además, a la propia historia, al tratarse del primer equipo europeo que gana un
Mundial en este continente, en esta ocasión bajo la mirada del Cristo
Rendentor. Leo Messi no tuvo su condescendencia, intermitente, con algún episodio
de vómitos y la mirada perdida en el desenlace, pero altivo, sin descomponerse.
Aunque hoy no lo crea, es ya uno de los grandes. Tampoco Alfredo Di Stéfano o
Johan Cruyff ganaron el Mundial y tienen un sitio en el altar. Lo dirá la
historia, el futuro, aunque el presente sea la arrebatadora fuerza que empuja a
Götze. Es lo que tiene la juventud: un solo gesto enamora.
Todo lo que ese presente dice de Alemania es
excelente, por su perseverancia y su paciencia, por su fe en un tipo de juego
que la última temporada parecía fumigar, como si el fútbol se sometiera a la
implacable ley del péndulo que marca los ciclos de la historia. A la baja el
Barcelona, eliminada España y hasta masacrado en Europa el proyecto de Pep
Guardiola en Múnich, parecía que los tiempos de la posesión habían pasado. El
título mundial, en cambio, acaba en manos de quien más la protege, aunque a
veces sea también de forma estéril, como en el inicio de la final en Maracaná.
Nos falta memoria. También España necesitó de la prórroga para levantar su
título. Esta Alemania que tanto la ha temido y admirado, cayó entonces a sus
pies, a los del Puyol homenajeado en Brasil, en el templo de su fútbol. Que
ejemplo, que justo.
La grandeza de Argentina
Argentina, por el contrario, está triste, mucho,
pero debe sentirse orgullosa de su final. Después de un torneo irregular, jugó
en Maracaná con grandeza. Fue fuerte, fue sólida y fue ambiciosa, como
demostraron los cambios de su entrenador, Alejandro Sabella. Lo mismo sucedió
con los ordenados por Löw, determinados ambos en la búsqueda de la victoria
después de un inicio muy táctico. Schürrle y Götze, los dos que hizo el técnico
alemán, fabricaron la acción del gol, en la segunda parte de la prórroga.
Higuaín dispara fuera en una ocasión inmegorable. Higuaín
dispara fuera en una ocasión inmegorable
Dos lesiones, sin embargo, trastocaron sus planes,
aunque en un caso, Di María, era predecible. La de Khedira fue un contratiempo.
Löw escogió a Kramer, pero un mareo le obligó a tomar una rápida decisión. Fue
Schürrle. Providencial. Más profundo, el delantero hizo más agresiva a
Alemania, expuesta hasta entonces en los balones perdidos. El más peligroso, de
Kroos, dejó a Higuaín en un mano a mano con el que va a tener pesadillas toda
su vida. Cuando tenía tiempo para envolver el gol, para gestionar el remate,
lanzó de primera y mal. Lo hizo sin mirar, porque muchas veces no lo necesita,
pero en esta ocasión parece que lo hizo por querer evitar la visión de Neuer.
Con los brazos abiertos, el portero es como un cóndor. Higuaín se tocó el
tobillo en busca de una explicación o una coartada al fallo, porque en realidad
no hay forma de tocarse el alma. Ahí le duele y le duele.
La ocasión no había sido el único aviso para
Alemania, con una peor interpretación del partido inicialmente. Por
combinación, le costaba un mundo limpiar el espacio a sus delanteros. La
alternativa era la velocidad, pero para ello debía fallar el rival. Cuando lo
hizo, Özil ganó el lugar, cedió atrás y Schürrle provocó que Romero
desenfundara la mano de Dios que para los argentinos es lo más parecido al
brazo incorrupto de Santa Teresa. Lo hizo más veces este portero cuya vida
tanto ha cambiado en Brasil, hasta que apareció el diablo. Esas acciones
anteriores demostraban que, en un partido tan táctico en su inicio, el mayor
tesoro no era el balón, sino el espacio.
Argentina lo había entendido antes que Alemania, y
eso es mucho decir para los futbolistas de un país educado en el juego al pie y
donde se quiere más a la pelota que al fútbol, como siempre dice Jorge Valdano.
Sabella ordenó un repliegue muy inteligente, con el jefecito Mascherano como
boya, y escaló a Messi e Higuaín. Lavezzi, en la derecha, era un centrocampista
más. A partir del descanso, cambió y puso en el campo a Agüero. O es parte de
un pacto o quiso hacer más efectiva la pegada, dado que la de Higuaín no era
redonda. Más adelante, el jugador del Nápoles dejó su sitio a Palacio. Sabella
añadió en el desenlace a Gago, en busca de más vuelo, pero el mediocentro no lo
tuvo. Realmente nunca fue así en los partidos grandes.
Messi en su sitio
Schweinsteiger, con un corte en la cara tras un
golpe de Agüero. Schweinsteiger, con un corte en la cara tras un golpe de
Agüero
Fuera como fuera, había riesgos, pero lo cierto es
que fue poco después de ese cambio del Kun cuando Messi estuvo en el lugar
esperado. Biglia lo habilitó en la carrera y disparó cruzado, pero el balón no
quiso ir a un encuentro con el destino. Tampoco lo había hecho poco antes del
descanso, en un remate tremendo al palo de Höwedes que hizo callar a la
hinchada albiceleste, una marea en Río. Una ocasión perdida para Alemania, pero
la certeza de que el partido le ofrecería alternativas.
La prórroga constató lo que los cambios decían. Nada
de especulación. Götze inventó una diablura y Schürrle lanzó a quemarropa pero
directo a Romero. En la contra, se equivocó Agüero y Palacio probó un globo
para salvar la envergadura de Neuer. Mientras la hinchada esperaba la aparición
de Messi, con la mirada perdida, Schürrle encontró a Götze, que definió la
final con un talento descomunal, por el control y el golpeo. Es el rasgo de la
nueva campeona. Es la fuerza que viene.




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