SAN JOSÉ, Costa Rica (14 Julio 2014).- Es una larga
tradición populista que se vive desde hace décadas en toda la región. La férrea
estructura presidencialista permite esos homenajes egocéntricos que se repiten
en cada uno de los países de la región: monumento que se inaugura, escuela que
se construye, plaza que se levanta lleva una placa en agradecimiento al
"gesto patriótico" del presidente en funciones.
La figura del presidente como el hombre
todopoderoso, mesiánico, que resuelve los problemas de manera mágica, aparece,
así, en todos lados. Su retrato y la de su familia, también. Oficinas públicas,
escuelas, y hasta hospitales, cuentan con cuadros de sus "líderes".
La historia puede contarse en todas las naciones de
América Latina: Venezuela, la Argentina, Brasil, Colombia, Ecuador, Uruguay,
Paraguay, Chile... todos mantienen esta tradición, más cercana al culto
personalista que a una expresión genuina. Pero, en rigor de verdad, la
tradición no nació en la región, sino que se puede observar en figuras nefastas
del siglo XX como Joseph Stalin, Adolf Hitler o Benito Mussolini, por citar
sólo algunos.
Tampoco el culto se repite sólo a niveles
presidenciales. También se palpa en provincias y municipios, donde las
autoridades locales hacen lo posible para que sus nombres queden impresos para
la posteridad. De esta forma aseguran perpetuarse en la historia.
Sin embargo, en Costa Rica, un jefe de Estado
resolvió terminar con esta tradición. Luis Guillermo Solís no quiere ver su
nombre en placas inaugurales de las obras que desarrolla su gobierno ni su
retrato colgado en las oficinas públicas.
Un decreto que firmó este miércoles prohíbe que su
nombre esté en las placas de puentes, carreteras o edificios que inaugure.
"Eliminaremos las placas con nombre en toda
obra pública en mi gobierno, porque las obras son del país y no de un gobierno
o un funcionario en particular", expresó Solís en conferencia de prensa
tras una sesión del Consejo de Gobierno en que firmó el decreto.
Solís fue electo en abril con una votación
histórica, tras una campaña en la que prometió transparencia y la eliminación
de los gastos superfluos.
El decreto marca un cambio en la tradición de gobiernos
anteriores de Costa Rica, pero también de la región, en los que cualquier obra,
por menor que sea, llevaba una placa con los apellidos del presidente de turno.
La decisión también impide que su retrato esté
colgado en las dependencias públicas costarricenses, como suele ocurrir en
muchos otros países del mundo.
"El culto a la imagen del presidente se acabó,
por lo menos en mi Gobierno", expresó el mandatario.


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