A mediados de la década de los setenta, la salsa ya
tenía todo lo que necesitaba para ser el fenómeno musical más importante de
América Latina: una herencia cultural antillana de siglos, un empresario sin
escrúpulos que podía convertirla en una industria millonaria y varias docenas
de talentosos músicos que le dieron el toque urbano e intenso que hacía falta
para atraer a las nuevas generaciones criadas con el rock y la sociedad de
consumo. Sin embargo, a todo esto se sumaría un escritor que llevaría el género
un escalón más arriba y lo convertiría en un canal masivo con alcances
intelectuales y políticos: Rubén Blades.
Formado en una culta familia que insistió en que
estudiara derecho (la carrera que por muchos años fue el refugio de los
escritores que no encontraban otra opción en las universidades), Rubén Blades
tuvo desde muy joven la convicción de que la música era lo suyo.
Con este sueño
llegó a Nueva York a trabajar como simple mensajero para la poderosa Fania All
Stars, hasta que su oportunidad de brillar como cantante y compositor se dio,
primero con Ray Barretto y después, ya definitivamente, con Willie Colón. Con
los discos grabados con este último, Blades tuvo un éxito sin precedentes en el
mercado de la música latina, con canciones salidas de su lápiz que no eran
simples variaciones de “vamo a bailá, vamo a gozá”, sino verdaderas
construcciones narrativas que mantenían atento el oído del bailador al mismo
tiempo que sus pies seguían el ritmo de las congas.
Desde sus primeros éxitos, Blades se destacó como un
cronista sin par de la realidad de los latinoamericanos en las grandes
ciudades, con sus desventuras cotidianas en la lucha por sobrevivir en un
ambiente hostil, pero sin perder la sonrisa y las ganas de bailar, y siempre
esperanzados en que las cosas cambiaran algún día de un momento a otro.
Así
nacieron narraciones apasionantes como Pedro Navaja o retratos desoladores como
Juan Pachanga, entre muchas otras canciones que tenían en común un prodigioso
ejercicio verbal que delinea con brochazos magistrales personajes completos en
unos cuantos versos y que nos hablan de un mundo en el que nada es como parece
y en el que las cosas pueden cambiar súbitamente por los inesperados golpes del
azar.
Los salseros de América Latina se acostumbraron a
hacer de las letras de Blades una parte inseparable del atractivo de su música
y, lo que es más importante, las convirtieron en faros morales de su propia
vida. Si bien sus canciones más decididamente políticas no alcanzaron para
conseguir el anhelado sueño de unidad e igualdad en América Latina, las otras,
las que hablan de la alegría y la dignidad siempre presentes a pesar de las
dificultades, han servido por décadas para consolar a un continente que sigue
enfrentando muchos de sus males de siempre. Los personajes de Blades son
desalojados del futuro, por eso su único refugio es el honor de sus raíces y su
inquebrantable sistema de valores: estamos jodidos, pero somos orgullosamente
latinoamericanos y jamás nos vendimos.
Como narrador de la realidad caribeña, al tiempo que
soñador de la utopía latinoamericana, Rubén Blades siempre tuvo mucho en común,
política y artísticamente, con Gabriel García Márquez. No es extraño entonces
que entre los dos alguna vez se discutiera el proyecto de un disco conjunto con
letras del colombiano y música del panameño. Finalmente, el proyecto no se llevó
a cabo, pero Blades no dejó escapar la oportunidad y se decidió a sacar por su
cuenta un álbum de canciones basadas en las obras del premio nobel. El
resultado fue Agua de luna, de 1987, en el que Blades tomó como referente el
mundo de García Márquez, pero no el de sus novelas más famosas, sino el de los
cuentos un poco olvidados que habían sido recogidos en libros como Ojos de
perro azul y Los funerales de la Mamá Grande.
En lugar de hacer una musicalización de las
historias allí contadas, Blades usó los paisajes y nombres de los cuentos como
inspiración para componer canciones nuevas, con la sensibilidad y los temas
propios de su escritura. Tal vez por eso en su momento el disco no fue muy bien
recibido por el público, que no se entusiasmó con su sonido experimental,
alejado de la salsa dura que los había hecho bailar por años, y esperaba algo
así como la narración de las guerras de Aureliano Buendía con el ritmo de
Plástico. Sin embargo, hoy el álbum suena más interesante que nunca,
precisamente porque Blades consiguió usar la obra garciamarquiana para desatar
su propia imaginación y construir mundos que emularon, no imitaron, a los del
mago de Aracataca.
Además, en las interpretaciones de Blades, los cuentos de
García Márquez volvieron a ganar algo que habían perdido en la interpretación
general: su carácter de denuncia. En el disco Agua de luna el universo de
García Márquez traducido por Blades no es uno de mariposas amarillas y
prodigios maravillosos, sino el de la realidad miserable de pueblos que tienen
que vivir bajo la ilusión de una vida mejor al tiempo que sufren el rigor de la
miseria.
Blades no le construyó con música una estatua al
gigante García Márquez, sino que se paró en sus hombros para vislumbrar sus
propios mundos y alimentar sus propias fabulaciones. Hizo lo mejor que un
artista puede hacer con otro: encontrar en él la inspiración necesaria para
estimular la creación propia.


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