Porque
toda Cuba ansía saberle y porque también deseo enormemente poder contarlo, esta
es la historia de cuando un joven universitario del 2015, presidente de la FEU
de la Universidad de La Habana, conversó personalmente con el líder histórico
de la Revolución Cubana.
LA HABANA (3 Febrero 2015).- Todo comenzó con su
llamada a la Oficina de la FEU de la Universidad de La Habana el día 22 de
enero, a las 9 y 20 de la noche. Aunque la precedió un anuncio del momento que
me esperaba, la voz, tantas veces escuchada de lejos, fue impactante al
sentirla cercana.
«—Randy, ¿cómo estás?
«—Comandante, bien. No puedo creer que voy a
conversar con usted».
Él se ríe y agradece «el mensaje que me hiciste
llegar. Lo he leído varias veces». Se refiere a nuestro proyecto de celebrar
los 70 años de su ingreso a la Universidad con una jornada de amor y
compromiso. Se le nota entusiasmado cuando anuncia sorpresa y me invita a una
conversación personal al día siguiente.
Pero esa misma noche hablaremos más: alrededor de 50
minutos. Suena tan inmediato, como si los dos estuviésemos sentados en el Salón
de los Mártires que recordó varias veces como sitio de reuniones de su época en
la FEU.
«—¡Ya son 70 años de mi ingreso a la Universidad,
que se cumplen el 4 de septiembre!», me dice.
Conversamos con alegría, como dos compañeros de
clase: él, con su sencillez impresionante, tratando de que me sintiera en
igualdad de condiciones. Yo, por mi parte, sin poder explicarme totalmente la
suerte extraordinaria que me hacía vivir ese instante único. También inquieto y
preocupado al pensar en responder al «bombardeo» de interrogantes al que
siempre tiene acostumbrados a sus interlocutores este conversador audaz.
Quiso saber de las facultades de la Universidad y de
la Casa Estudiantil, qué había sido antes de convertirse en Casa de la FEU, a
quién perteneció, en qué año ocurrió el cambio. Yo trataba de responderlo todo,
consciente de que nunca estamos completamente preparados como para tener todas
las respuestas que exige un diálogo de esta índole. No era una prueba y a la
vez lo era. Necesitaba transmitir mucho en nombre de la juventud universitaria,
y esa presión estaba ahí, aunque el espíritu de la conversación casi me hacía
olvidarlo todo.
Se interesa por la ubicación actual de todas las
carreras en la Universidad y al hablar sobre la Facultad de Física, antigua de
Arquitectura, habla emocionado de José Antonio Echeverría. Le explico que
Física se encuentra ahora en el Edificio Varona, y me interrumpe: —«¡El
edificio de Pedagogía!», dice y ahí mismo comienza a indagar sobre las aulas.
Justo cuando ya me ponía nuevamente a sudar, por el
temor a no tener todas las respuestas, lanza la interrogante que menos me
esperaba: —«Ven acá Randy, ¿qué cantidad de sillas tiene un aula en esta
Facultad de Física?». Y yo sin palabras, por supuesto. Impresionado por esa
curiosidad infinita y su necesidad y ansias por saber al dedillo cómo funciona
el mundo.
Le explico que comparten el edificio estudiantes de
distintas nacionalidades que aprenden español en Cuba: chinos, norteamericanos,
vietnamitas. Entonces apunta: «¡No me digas!, ¿también chinos?». Y me recuerda
con detalles los programas de ese convenio con la República Popular China.
«¿Y cómo se organiza el Consejo Universitario del
Edificio Varona al tener la carrera de Física y los estudios para aprender
español?», insiste. Le comento que es provisional, hasta la terminación del
edificio de Física. Entonces el Varona será centro de convenciones de la Colina
universitaria.
Por fin logro comentarle de las actividades de la
jornada que preparamos los universitarios para conmemorar el aniversario 70 de
su ingreso a la casa de altos estudios. Le adelanto también nuestra idea de
ascender el Turquino.
«—Especial Randy, prepárense. Te contaré anécdotas,
cuando nos veamos, de la experiencia nuestra en la Sierra».
No quiero guardarme ningún detalle y le comento
también que visitaremos su casa natal. Responde con un silencio largo, que
rompe para indagar cómo van mis estudios de Filosofía, en qué año estoy de la
carrera, qué piensa mi familia de lo que hago.
Después quiere conocer cómo se organiza la FEU en la
Universidad. Le describo el apoyo del Rector y de la Universidad en el
mejoramiento de las condiciones de vida y de la infraestructura, de las
residencias estudiantiles, de las facultades y del perfeccionamiento del
Estadio Universitario, conocido por los de la UH como el SEDER.
Con una precisión que asombra, detalla cada lugar en
ese estadio universitario, cuando le digo de todos los preparativos para los
Juegos Caribe. Se nota que conoce la Colina como la palma de su mano. Podría
decirse que sabe ubicar cada adoquín de la casa de altos estudios.
También se interesa por el Aula Magna, por la
organización de la actividad por el 162 natalicio de José Martí, el concierto
del maestro Frank Fernández y el lanzamiento de la convocatoria por los 70 de
su ingreso a la Universidad.
En la despedida «¡un abrazo! y mañana nos vemos». Y
me quedo casi hipnotizado. Aún no ha acabado mi sueño de hacerse realidad.
Fidel
no está al teléfono
Viernes 23 de enero. Casi es hora de empezar el
encuentro mensual del Consejo de la FEU de la Universidad de La Habana, en el
Salón de los Mártires de la Colina universitaria. Me excuso por no poder estar
presente. Aseguro que en próximos días la Universidad de La Habana será escenario
de una noticia de alegría para todo nuestro pueblo y de trascendencia mundial.
Me despido de Henry, el secretario de la UJC en la
Universidad, que años antes tuvo también el honor de conversar con el
Comandante.
Son muy puntuales en la recogida quienes me pondrán
frente a Fidel. Choferes muy amables que saben reconocer mis nervios y los
calman, evidentemente solidarizados con mi tensión ante la perspectiva de mi
primer encuentro personal con Fidel. Conversan sobre nuestras respectivas
provincias: ellos son de Santiago de Cuba y yo de Matanzas.
Al poco rato, se detiene el carro y me sueltan las
palabras que he esperado con desespero y contención. «Ya estás en la casa del
Comandante». Y salgo dispuesto a vivir el que seguramente se convertirá en uno
de mis instantes más trascendentales. Y resulta que no será un instante. Porque
hablaré con Fidel durante más de tres horas.
En la puerta del jardín espera Dalia, su esposa. Le
entrego una flor que recibe con agradecimiento especial y me acompaña hasta una
puerta de cristales, unos pocos metros más adelante. Detrás, espera el
Comandante.
—«¡Randy —saluda jovial— a ver qué tanto te pareces
a Echeverría…!»
Comienza la
conversación de esta tarde con Fidel. Y ya no está al teléfono, sino a unos
pocos metros, como si fuera mi habitual compañero de charlas. Combato con mi
emoción para poder guardar cada hecho con precisión.
Me enseña la compilación de sus Reflexiones, y hace
referencia a algunas de ellas, leyendo ideas o páginas enteras. Me cuenta que
es una colección de la que se editaron 500 ejemplares, que se acompaña de un
catálogo con dibujos de Rancaño.
Transcurre el tiempo mientras repasamos muchos
temas. Trato de llevarme todos los detalles de su grandeza, no le quito los
ojos de encima. Él, como convocándome siempre al conocimiento, lleva las
riendas de la conversación. No dejo de pensar en cómo las circunstancias de la
Sierra —de la guerra— y los actuales desafíos pueden moldear tan especialmente
a un hombre.
Me comenta de la astronomía, de los observatorios en
el mundo. Insiste en la necesidad del desarrollo de las ciencias como la única
forma de que la inteligencia predomine, de la relación de esas materias con la
economía y la calidad de la formación de estos profesionales en las
universidades.
También habla muy entusiasmado de la donación al
Zoológico Nacional de Cuba, de las especies animales de Namibia, y su interés
en la novedosa práctica del traslado.
Persiste en su llamado de atención a la producción
de alimentos para los seres humanos y animales, y muestra fotografías del
sembrado de las plantas con las que experimenta. Me revela varias semillas,
hablando del costo y su importancia; de la situación del combustible.
Sobre la mesa de trabajo, decenas de cables de
prensa recopilados en una carpeta. Veo de cerca y compruebo su legendario
interés por estar informado de todo, lo mismo del acontecer nacional que
internacional.
Se detiene en particular en la lectura de cables
recientes con una infografía de la cadena Rusia Today sobre qué nación contribuyó
más a la derrota de Alemania en 1945. Durante años, la mayoría de los europeos
reconocían a la URSS. Más recientemente los datos se han invertido y se le da
la prominencia a Estados Unidos.
Pero también hablamos de él, de sus ejercicios
físicos diarios, de la alimentación correcta. Sigo sin creerme que estoy al
lado del hombre que más ha hecho por el logro de relaciones de justicia entre
los hombres, y descubría la maravilla de atisbar, desde la rememoración del
pasado, qué es el futuro.
Aún tiene bien grabado que soy de Matanzas. No iba a
dejarlo pasar tan fácil. Entonces me pide que le cuente cómo funciona la
práctica de deportes en mi ciudad. Sin darme demasiado tiempo a pensar me
inquiere sobre las perspectivas del equipo de pelota de Matanzas con la
conducción de Víctor Mesa, y de la alegría y emotividad que le impregna a la
Serie Nacional. Luego se refiere a otros equipos presentes en esta Serie, y al
desafío de ser matancero y estar en la capital, tan defensora de su equipo
Industriales. Reímos los dos. Y yo admiro ese amor por el deporte que siempre
ha dejado ver.
Después habla de las revoluciones que vienen contra
la filosofía dominante, y me comenta que no se puede dejar de creer en ellas,
pues cada revolución termina por renacer. En un momento especial, se refiere a
Venezuela y habla con gran emoción de Chávez y de Maduro.
También comenta sobre Nicaragua y el empeño de
Daniel Ortega y su esposa en el desarrollo de esa pequeña nación.
Volviendo al tema de nuestra Universidad, le muestro
un catálogo y recorremos en su mapa todos los sitios que recordaba: la
cafetería de la Facultad de Derecho —me cuenta algunos detalles de su
construcción y ubicación—, otros sitios significativos para él, y me pide que
le cuente de las Facultades de la Colina y las que actualmente están fuera de
ella. Recuerda los tiempos desafiantes de su formación y sus históricos
encuentros con los estudiantes universitarios luego del triunfo revolucionario.
Al mostrarle una serie de diseños dedicados a él, me
pregunta quién los hace. Le respondo que un estudiante que también se llama
Randy, de apellido Pereira y que estudia en cuarto año de Comunicación.
Entonces se interesa por saber dónde imprimimos los carteles y los pulóveres,
pues yo llevaba uno con el símbolo de los Juegos Caribe.
No me voy sin dejarle de recuerdo una foto de Henry,
actual secretario de la UJC de la Universidad, e Indira, quien trabaja en la
Dirección de Extensión Universitaria, los dos jóvenes que le entregaron en el
2010 la fotografía suya que dice: «Aquí me hice revolucionario…». Leo la
convocatoria a la Jornada por los 70 años de su ingreso a la Universidad, y le
comento sobre los invitados que habrá y el modo en el que hemos concebido la
actividad.
También repasamos con interés un ejemplar del
periódico Resumen Latinoamericano, dedicado a los Cinco. Emocionado, recorre
los rostros de René, Fernando, Tony, Gerardo y Ramón, y se detiene en las
características más significativas de cada uno de los Héroes.
Ya casi parece que me iré. Pero retoma la
conversación sobre las nuevas formas de contrarrestar algunas enfermedades,
entre ellas, la diabetes, con la producción de algunos alimentos naturales; de
la relación de Cuba con África, desde la contribución a la independencia con
sus países, el fin del apartheid y de la actual contribución de médicos cubanos
a la lucha contra el ébola. Y agradezco por dentro que este momento aún no se
me acabe.
Finalmente me muestra algunas páginas de temas que
estudia en este momento. Entre ellos, uno sobre el Banco Central de Cuba con
costos de los alimentos, metales básicos y preciosos, del azúcar, energía, tasa
de interés.
No me deja ir sin que le ponga en el televisor un
disco que le llevé como regalo, con las imágenes del recibimiento de los
estudiantes de la Universidad a los del Crucero Semestre en el Mar, que
visitaron el país en el mes de diciembre.
Se interesa por cómo nos fue con nuestros colegas
norteamericanos, indaga en el programa de actividades. Al visualizar las
imágenes… no sé por qué veo un Fidel diferente, mucho más cercano de lo que
pensaba. La imagen de unos estudiantes norteamericanos sin pulóveres que tenían
escrito CUBA en el pecho, lo traen a su momento más alegre y entusiasta.
Llega el instante de irme. Nos despedimos al estilo
tradicional primero. Pero luego quiere conocer un modo más actual. Le enseño
entonces aquel que ensayamos muchas veces con nuestros socios, más juvenil y
diferente. Es tanta su insistencia que termina aprendiéndolo. Y lo practica
varias veces antes de que finalmente nos digamos hasta luego.
Camino nuevamente por mis calles y pienso en lo que
he vivido. Me llevo con intensidad el Fidel lleno de vida que conversó conmigo
animada e inteligentemente. Con la sencillez que imaginaba, pero con esa
capacidad infinita de sorprender.
Pienso en un escritor y encuentro una frase para que
resuma lo que siento. Si la verdadera grandeza del hombre solo la puede
alcanzar en el Reino de este mundo, no puedo menos que verla en él, que ha
trascendido el escalón más alto de la especie humana para transformarse en
leyenda.
Varios días después, aún la emoción me humedece los
ojos. Sigo viéndolo frente a mí, tan vivo, con tanta energía y claridad,
burlándose con esa vitalidad de quienes han pretendido hacer creer que ya no
está. Aún puedo pensarlo, mesándose la barba, analizando quién sabe cuántas
cosas.
No ha dejado de ser estudiante universitario. En un
ambiente familiar y cordial, con su mirada más allá de las apariencias, me
acercó a su infinito caudal de inteligencia. Y yo casi me asusto de ver lo
mucho que me queda por estudiar y aprender. Le agradezco entonces el revelarme
esa verdad y proveerme de una guía para entender cómo conducirme por lo
inexplorado con curiosidad y tino.
Haber ocupado parte de su tiempo es el honor más
grande que he recibido. Por nuestra FEU y nuestra Universidad de La Habana viví
esta excepcional oportunidad. Fueron varias noches sin dormir de la alegría, de
los impacientes deseos de volver a conversar con él…
Implícito en todo, más allá de lo que pueda decir,
va la enseñanza de la humildad, de la confianza en nosotros, en el futuro de la
Patria. La certeza de que este encuentro es la continuidad de más deberes, de
más compromisos.
Fidel sigue en una marcha constante al compás de
nuestro tiempo, como símbolo imperecedero, como eterno joven universitario. No
puedo plasmar todo en palabras, pues aún llego a creer que es un sueño. La
esencia de los milagros es inapresable por más que lo intentemos. Fidel es un
fuera de serie.
Por
RANDY PERDOMO GARCÍA/Granma


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