Al Pacino cumple este sábado 75 años.
Cuentan las crónicas que cuando Coppola se acercó a
Robert Evans, entonces jefe producción de Paramount, con la idea quizá
peregrina de convertir a Al Pacino en Michael Corleone más de uno miró para
otro lado. El problema no era no tener ni la más mínima idea de quién era ese
sujeto de curioso apellido italiano. Los verdaderos problemas surgieron cuando
se disipó el enigma. Allí, delante de todos, se encontraba un actor tímido, de
anatomía extraña (unos brazos larguísimos en comparación con el cuerpo) y, lo
más notable, con la estatura de un botón en un hoyo.
Peter Biskind mantiene que cinco minutos después de
hechas las presentaciones el equipo entero de 'El Padrino' pasó a llamar
"el enano" a ese hombre. Era la contraimagen de lo que se suponía
tenía que ser una estrella de Hollywood. Eso sí, le habían salido los dientes
en el Actors Studio, sabía quién era Shakespeare y justo antes de iniciar una
escena pasaba un buen rato sin hablar con nadie. Todo un carácter metódico.
Desde entonces a ahora han pasado algo más de cuatro
décadas, medio centenar de películas y, por supuesto, la muerte de Fredo. Que
en paz descanse. Y ahí está. "Me siento feliz. No me arrepiento de nada de
lo que hecho. Imagino que puedo decir que amo hacer lo que hago y lo puedo
seguir haciendo", dice Al Pacino con una elocuencia que, probablemente,
nada tenga que ver con la de sus inicios. Ni eso ni nada. Ya ni es retraído ni
es siquiera bajo. Es más, no admite medidas. ¿Cómo medir a un gigante?
Quizá una forma de hacerlo sea con su exhibición en
'La sombra del actor', de Barry Levinson. De principio a fin todo en ella
resulta de una extraña y desequilibrida perfección. De hecho, su argumento, por
resumir mucho, no es otro que el de la imperfección. Es decir, de la evidente
mediocridad del ser humano en el trance extraño y nunca aclarado de la vejez,
el arrepentimiento, la depresión y, finalmente, el olvido.
Sobre una novela de Philip Roth ('La humillación'),
el responsable de películas como 'La cortina de humo' o 'Rain man' acierta a
desnudar el drama hasta la más evidente de las carcajadas. En efecto, la virtud
de toda la cinta reside precisamente en eso: la gracia de la desgracia. Nada
tan divertido como fracasar. Aunque cueste darse cuenta al principio. Tanto del
director como su protagonista consiguen convertir la historia de un hombre
perdido en el tráfago de sus últimos días en una amarga tragicomedia que,
sencillamente, ahoga. Nadie dijo que la risa tuviera que ser inocente. Ni
siquiera sana.
Al Pacino da vida a un actor que, de repente, se
descubre vacío. Nada de lo que tuvo sentido en el pasado es capaz de poner en
pie el presente. Por el camino se tropieza con una joven lesbiana (caprichos de
novelista) interpretada por Greta Gerwig. Ella es la hija de una vieja
compañera de profesión, además de admiradora fiel del vetusto intérprete.
Lo que sigue podría ser el recuento crepuscular de
las bajas en una existencia que se acaba. Es decir, podría ser la gran tragedia
cargante; algo que siempre alimenta el ego de todo actor con modales de mito.
Podría ser, para aclararnos, una tortura existencialista. Pues no, una vez más,
Levinson, al que se le suponía un carácter muy formal, sorprende. Y lo hace de
forma tan sana como hace apenas un año lo consiguiera merced al heterodoxo y
violento relato de terror 'The bay'.
La actitud de Al Pacino, obvio es reconocerlo,
ayuda. Lejos de él la tentación estomagante de hombre mayor intocable con la
que hace apenas un año nos castigaba. No estamos delante de la enésima lectura
sabia de un clásico por un hombre necesariamente sabio. Esta película nada
tiene que ver con la fallida 'Salomé' ni con el documental autista 'Wilde
Salomé' (sus trabajos como director más recientes).
Al revés, conocedor del reflejo que su figura en la
pantalla puede provocar (¿Estará hablando de sí mismo?), el actor se entretiene
en divertirse, en ridiculizarse, en entregarse desnudo. Desnudo hasta la
emoción. Y, eso, aunque sólo sea por el resplandor, gusta. Emociona ver a un
gigante emocionado. Para el recuerdo la descacharrante escena compartida con
Dianne Wiest.
Cuenta Al Pacino que no es capaz de decir que sea
eso todo eso que le ha convertido en mito. "Las cosas han cambiado mucho
desde que yo empecé, pero nunca he tenido claro que es eso de Hollywood. Yo
entiendo de películas, no de Hollywood". También dice que se siente
afortunado de haber participado y haberse formado en el Actors Studio. "Tuve
suerte de que me cogieran y compartiera escenario con gente como Brando,
Strasberg o James Dean. Por aquel entonces no tenía un duro". Y mientras
habla, va creciendo al mismo ritmo que lo hace en 'La sombra del actor'.
"El enano", que diría Evans, no cabe. Es, en su vejez, perfectamente
(o imperfectamente) eterno.
Por
LUIS MARTÍNEZ/El Mundo

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