LA INTERVENCIÓN MILITAR ESTADOUNIDENSE EN REPÚBLICA DOMINICANA: 50 AÑOS DESPUÉS
WASHINGTON (27 Abril 2015).- La intervención militar de Estados Unidos en la
República Dominicana que comenzó el 28 de abril de 1965 fue objeto de numerosas
condenas en su momento, tanto en América Latina como en Estados Unidos. Su
propósito fue evitar “una segunda Cuba”, pero las autoridades norteamericanas,
en especial el presidente Lyndon B. Johnson, fueron mucho más allá de los hechos
objetivos al especular sobre la posibilidad de que los comunistas se hicieran
del poder. El imperativo de evitar esa segunda Cuba distorsionaba su capacidad
de reunir información veraz y analizarla.
Con el paso del tiempo, sin embargo, muchos en Washington
empezaron a considerar la intervención en la República Dominicana como un
éxito. Su argumento era que se habían logrado los cuatro objetivos propuestos:
proteger a los ciudadanos estadounidenses y de otros países, detener la
violencia, impedir una posible toma comunista del poder y restaurar los
procesos constitucionales para bien del pueblo dominicano. Para dichos
analistas, el episodio fue una demostración de poder de Estados Unidos que
proporcionó enseñanzas prácticas sobre el uso eficaz de la fuerza. Esta opinión
acerca de la operación dominicana pasó a ser una conclusión a la que Washington
arribo sin el suficiente análisis.
Exactamente 50 años después de la invasión, ha
llegado el momento de refutar esa idea tan prevaleciente.
Los
costes de la intervención de 1965
Los costes de la intervención de 1965 no se han
calculado debidamente. Los costes humanos y materiales fueron importantes, pero
fueron los costes intangibles los que fueron especialmente elevados. La
intervención en la República Dominicana redujo las probabilidades de éxito de
las reformas pacíficas que muchos funcionarios estadounidenses deseaban ver en
América Latina. Algunos conservadores latinoamericanos --sobre todo en
Centroamérica-- llegaron a la conclusión de que Estados Unidos no iba a
permitir que triunfaran los movimientos reformistas. Muchos de los
latinoamericanos comprometidos con el cambio democrático se convencieron de que
Estados Unidos iba a oponerse incluso a esas reformas, y que por consiguiente
valdría la pena unir fuerzas con la extrema izquierda.
La intervención dominicana tuvo también graves
consecuencias dentro de Estados Unidos. La escandalosa falta de transparencia
del gobierno de Johnson agravó la desconfianza entre la administración y muchos
líderes de opinión, contribuyendo a la crisis de credibilidad que acabó
inspirando la reacción estadounidense ante Vietnam.
Donde más serios fueron los costes intangibles fue
en la República Dominicana. La intervención intensificó la fragmentación
política y la dependencia de Estados Unidos, e hizo más difícil el desarrollo
de instituciones políticas efectivas. Irónicamente, una de las principales
contribuciones resultó de la reforma inmigratoria de ese año en EEUU, cuya
consecuencia fue un aumento de la inmigración dominicana, con el consiguiente
flujo de remesas, experiencias e ideas.
La
relativa facilidad para terminar la intervención
En el caso de la República Dominicana, varios
aspectos singulares ayudan a explicar la facilidad con la que Estados Unidos
pudo terminar la ocupación. Dos reconocidos líderes políticos --Juan Bosch y
Joaquín Balaguer—contribuyeron a resolver la crisis mediante la convocatoria de
nuevas elecciones. La excepcional prudencia mostrada por el presidente
provisional, Héctor García-Godoy, y el embajador estadounidense, Ellsworth
Bunker, permitieron la rápida partida de las fuerzas norteamericanas. Si
después Estados Unidos hubiera enviado sus tropas a Haití --que no tenía
instituciones ni grupos políticos sólidos, ni figuras políticas de peso--,
habría sido más difícil partir, como sucedería posteriormente en Irak y
Afganistán.
La experiencia dominicana indica con claridad que
Estados Unidos necesita diseñar métodos alternativos para perseguir sus
objetivos, sobre todo ayudando a fomentar el desarrollo político, social y
económico de los países y territorios más cercanos geográficamente, con los
cuales el país está tan estrechamente relacionado.
La enorme diferencia entre las relaciones de Estados
Unidos con sus vecinos más próximos y el resto de sus relaciones
internacionales ha sido evidente desde hace mucho tiempo, pero ha adquirido
especial importancia durante los últimos 50 años. Las nociones históricas de
soberanía significan cada vez menos, aunque se sigan proclamando a voces.
Los problemas derivados de la creciente interacción
de Estados Unidos y sus vecinos --tráfico de personas, drogas y armas,
inmigración, medio ambiente, salud pública, turismo médico y prestaciones
sociales y de sanidad transferibles, catástrofes naturales, política policial y
vigilancia de fronteras-- son retos especialmente complejos para las dos
partes. Estas difíciles cuestiones, internacionales e internas al mismo tiempo,
se complican aún más en los países con muy escasa capacidad estatal
--Guatemala, Honduras y Haití en particular--, con quienes se hace aún más
necesario mantener una estrecha cooperación por el bien de los pueblos de ambos
lados, una necesidad que crece año tras año.
Cincuenta años después de la intervención de 1965 en
la República Dominicana, producto de la obsesión de Washington con Fidel
Castro, no solo ha llegado el momento de tener una relación de mutuo respeto
con Cuba sino también de desafiar otras mentalidades enquistadas y encontrar
respuestas más creativas a la persistente interdependencia entre los países de
la Cuenca del Caribe y Estados Unidos.
Por
ABRAHAM F. LOWENTHAL/El País


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