MADRID (5 Abril 2015).- La resurrección trae un
caníbal que no entiende de horas, ni de biorritmos. Cristiano empezó con un
'hat trick' frenético, en ocho minutos, para acabar con el primer repóker de su
carrera, cinco goles, cinco... La hazaña sacia su apetito y ayuda a los suyos a
creer en el 'sorpasso' al Barcelona. De hecho, nadie como el Madrid representa
el acto de fe que es el fútbol. Al revés, sería diferente. Llovieron más goles,
hasta nueve, una barbaridad, todos ya fáciles por la descomposición del
Granada, que pasó por el Bernabéu como el pobre que pierde las monedas con sus
bolsillos rotos.
Como en el paso del recogimiento a la fiesta, mejor
graduarse y no tomar el partido como unidad de medida. Después de celebrar los
goles, el Madrid haría bien en analizar lo sucedido en lo cualitativo y no
únicamente en lo cuantitativo, porque también sucedieron muchas cosas
positivas, como la buena inserción de James y el optimismo de quien más veces
decide y nadie duda de que está plenamente resucitado.
La vuelta de James no fue la de un futbolista
largamente ausente por una lesión. Al menos, no lo pareció. Participativo,
dinámico y mágico, como en el giro de tobillo que habilitó a Cristiano para el
primero de sus goles y segundo del Madrid. Eso es hacer claqué en el área. La
posición del colombiano, en combinación con Marcelo, profundo, hizo que la
mayor parte del juego del Madrid dependiera de la izquierda. La situaciones de
dos contra uno, los centros y muy especialmente los cambios de orientación
llevaron a beneficiarse inicialmente a Benzema, con un remate en la banda
opuesta, y Bale, que se repartió el mérito del primer gol blanco con Mainz, un
defensa blandito, blandito. El central, en ventaja, no cortó el balón de Kroos
y el galés eliminó a Oller con un golpe de cintura, apuró la banda y saltó lo
justo sobre Iturra, que llegó como un miura. Peligroso. Fue una definición de
clase.
Mainz no tuvo un buen día, la verdad. En el segundo
de los goles del Madrid, convirtió la segunda jugada en un regalo para Benzema.
Después, James y Cristiano hicieron el resto. El defensa lo acabó de la peor
forma posible, con un autogol, el quinto que el Granada encajaba. La
resurrección, en su caso, fue mortificación. Entre los cambios que escogió Abel
debería haber estado el de un futbolista que jugó minado mentalmente por sus
errores, por poco que signifique una ola en mitad la marea. Este resultado
afecta también a la credibilidad de su entrenador, con buen envoltorio en la
presentación de su equipo, pero sin contenido.
Entre el primer gol del portugués, en el minuto 29,
y el tercero, en el 37, transcurrieron ocho minutos. Fue como una descarga. En
el segundo, Cristiano inició la combinación con Marcelo. Lanzó al brasileño en
profundidad y se fue raudo a esperar su centro; en el tercero de su cuenta,
pegó durísimo a un Oller que ya tenía las manos blandas. Quedaba tanto tiempo
que, con un caníbal delante, iba a suceder lo inesperado. Dos goles más, a
remates de cabeza en la banda izquierda, hasta cerrar un número redondo, cinco,
que coloca de nuevo a Cristiano por delante de Messi en la lucha por el gol. El
argentino toma el guante en Vigo. El primer repóquer de Cristiano tiene un
antecedente en Champions del argentino. Falcao fue el último que lo logró en la
Liga, en la temporada 2012/13.
Ancelotti no sustituyó a Cristiano, porque sus ánimo
depende de sus objetivos personales, y el Madrid gana más si los consigue.
Chicharito tuvo sus minutos, pero a costa de otros. Eso forma parte del manual
emocional del entrenador. Hay vicios que conviene alentar. El gol lo es. Había
dicho que haría rotaciones y las hizo, con un Arbeloa que ya no tiene la
velocidad de su equipo. Mal en defensa cuando el Granada se asomó a su área,
antes del fuego, y mal en la contraria, en un remate en el que escogió la peor
definición.
Además de Cristiano y Mainz, las dos
representaciones del partido, el caníbal y la presa atemorizada, Benzema, con
otros dos tantos, y Bale, en el primero, fueron los beneficiarios de los
efectos colaterales que dejó el portugués sobre un equipo arrasado, cuyo latir
apenas se sintió en el larguero de El-Arabi y dejó un gol del interesante
Robert. Muy poco para desprenderse de sus nueve clavos. Su resurrección deberá
esperar a que lo haga el caníbal.


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