MADRID (26 Junio 2015).- Aunque los que tenemos un padre calvo nos resistamos
a asumirlo, es inútil luchar contra la genética. Así, el draft de la NBA
ofreció una lección gratis de biología cuando Miami escogió a Justise Winslow
(Houston, 1996) en el décimo lugar y se aliaron dos tipos de genes, nacidos
para mezclarse como la tónica y la ginebra. Por un lado, la privilegiada
herencia física del hijo de una leyenda del Estudiantes: Rickie Winslow (y nos
fuimos a Estambul, chimpún). Y por otro, el infalible gen ganador de Pat Riley,
que vio como le caía en el regazo un jugador al que todos los expertos (y la
lógica) colocaban en el Top-6. El presidente de los Heat le eligió mientras
acariciaba un gato y nos recordó que la NBA es una liga llena de tipos que
parecen muy listos, pero acaban quedando como tontos al lado de Riley y
Popovich.
El problema de Justise fue la manía estadounidense
de medir a los jugadores con las botas puestas. Desconozco si es un homenaje
nacional al general Custer o simple afición a hacerse trampas al solitario,
pero cada draft tenemos algún caso como este. Tras ganar el título con Duke en
su primer y único año universitario, siendo una de las estrellas del equipo
junto a Okafor (número 3 ayer), el alero texano entró en las quinielas para ser
uno de los tres primeros del draft. Pero llegaron las pruebas con los equipos,
le dijeron que se descalzase y fue como amanecer al lado de esa persona que
anoche con cuatro copas parecía tan guapa: bajón. El jugador que llevaba todo
el año midiendo 1,99 se quedó en 1,94. Bajito (levemente) para su puesto, el
chico de moda comenzó a perder fuelle; aunque nadie esperaba que tanto.
Porque Winslow (12,6 puntos y 6,5 rebotes en Duke)
tiene (como su padre) un físico tremendo, ya es un gran defensor y reboteador y
bordó cada entrevista con las franquicias: maduro, inteligente, trabajador y
carismático. Las dudas asoman en ataque, donde su tiro está aún bajo sospecha:
si lo pule, será un all-star; si no, un competente titular. Lo que está claro
es que su carrera NBA dejará muy pequeña a la de su padre, que sólo jugó siete
partidos con Milwaukee tras formar parte de uno de los equipos universitarios
más espectaculares de la historia: los Phi Slama Jama de Houston liderados por
Olajuwon y Drexler.
Después, Rickie encontró su sitio en Europa, sobre
todo durante sus cinco años en Estudiantes, donde ganó una Copa y llegó a la
famosa Final Four de la Euroliga 1992 en Estambul. En aquel quinteto
inolvidable (Azofra, Herreros, Winslow, Pinone y Orenga), el estadounidense
hizo olvidar a otro mito colegial, David Russell; un reto menor al lado del que
ahora afronta su hijo, que llega a Miami a ocupar el puesto que dejó vacante
LeBron James hace un año. Sin presión, Justise: él es el Rey, pero mataría por
tu pelazo. Como yo. La genética...
Por
IÑAKO DÍAZ-GUERRA/El Mundo


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