BARCELONA (30 Diciembre 2015).- "La sentencia
no se dicta de repente: el proceso se convierte poco a poco en sentencia".
Eso es lo que le decía un sacerdote al condenado Josef K. de Kafka. Eso es lo
que acostumbran a vivir, año tras año, muchos de aquellos equipos cuyo único
delito, más allá de ser pobres, es intentar sublevarse en territorio burgués.
La Real Sociedad, tal y como le ocurrió al Rayo unos días antes, sólo encontró
consuelo en el gemido después de ver cómo el juez de turno ajustaba el cinturón
de castidad en el Bernabéu. En el Camp Nou, el Betis vivió algo similar ante la
connivencia del árbitro Bikandi Garrido.
Al Real Madrid y al Barcelona les encanta
cíclicamente apuntarse a la coartada arbitral cuando el viento no sopla a su
favor. Todos les escuchan y vitorean. No así a esa clase media-baja que no
juega por un título o una botella de champán, sino por la supervivencia. Y
pobre del que se queje.Cierto. El Barcelona, del que nadie duda que ha sido el
mejor equipo del año, no hubiera necesitado ayuda alguna para acabar sometiendo
al Betis. Porque los verdiblancos, que vieron caer a sus dos centrales
titulares (Bruno y Westermann) en 35 minutos, estaban destinados a rebajar ese
ímpetu con el que amanecieron. Sin embargo, el gol inaugural retiró a los
andaluces de la noche mucho antes de lo previsto y de lo merecido.No había
ocurrido nada en el partido, más allá de los guantazos que se propinaban
Molinero y Neymar para entrar en calor. En ésas asomó Busquets para colgar un
balón que Messi no quería perder de vista en el área. A su espalda, y sin
reparar en su presencia, Adán abandonaba los palos para repeler con limpieza de
puños el balón. El cuerpo del meta, inmediatamente después, golpeaba con furia
contra el costado del argentino, que quedó lastimado mientras el árbitro se
apresuraba a señalar penalti. Una decisión de lo más discutible que no sería la
única de la que se quejarían los béticos.
Con Messi todavía aturdido, era Neymar el
responsable de lanzar el penalti. El brasileño, malacostumbrado a las dudas
desde los once metros, rechazó esta vez la idea del lanzamiento sin carrerilla.
Tan poco claro lo tenía que, cuando estaba a punto de tirar, resbaló y completó
un combo imposible. Porque la pelota, antes de salir disparada hacia el
larguero, pareció tocar su pie izquierdo además del derecho. Algo que prohíbe
el reglamento. En cualquier caso la jugada siguió, Rakitic peleó el rechazo con
Westermann y éste sería quien acabara marcándose en propia meta.Bikandi Garrido
puso su rúbrica. Expulsó a Pepe Mel y, en su última patada al reglamento, dejó
al técnico del Betis que saltara la valla y se sentara en la primera fila del
Camp Nou para seguir dando instrucciones.El circo ya podía tomar su lado lúdico
con el tridente a toda máquina. El Barça se desmelenó, tiró al palo hasta
cuatro veces, Messi y el bigoleador Suárez tomaron los goles necesarios para
romper el récord anotador en un año natural del Madrid de Ancelotti (la cima
queda en 180) y la hinchada se quedó en la gloria con el liderato. El Betis,
mientras, confirmó su realidad.
Por
FRANCISCO CABEZAS/El Mundo


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