YOKOHAMA (20 Diciembre 2015).- Pensó River que quizá
podría bastarle con el corazón. Con el sudor. Con la agresividad. Con ese
instinto de supervivencia que no hace tanto le arrancó de la alcantarilla para
acabar gobernando América. Pero el equipo argentino, sin fútbol, abierto en
canal tras el primer golpe, tendrá que seguir maldiciendo el día en que mandaron
de vuelta a casa a un niño diminuto y que, de la mano de su padre, anhelaba que
alguien le pagara un tratamiento para crecer como los demás críos.
Leo Messi, alejado de esa Argentina que tanto ama
como atormenta, hace ya demasiado tiempo que alcanzó el firmamento. En
Yokohama, mirando esta vez de frente a su pasado, abrió el camino para que el
Barcelona alzara el Mundial de Clubes, el tercero de su historia. Un título que
zanja además un pentacampeonato para el recuerdo de un tridente sin igual en
nuestra memoria. Donde Suárez, bigoleador, remata como un ángel exterminador, y
Neymar, asistente por dos veces, avanza su futuro reinado.
No iba a perder Messi semejante oportunidad, por
mucho que una piedra en el riñón le hubiera estado amargando una semana en la
que estuvo más tiempo encadenado a la cama del hotel que sobre el césped.
Consciente de la guerra que venía librándose por todos los rincones del campo,
a La Pulga le bastaba con cobijarse y aguardar su momento. En las finales
siempre llega. Así, y en una jugada que él mismo había inaugurado, esperó a que
Neymar atendiera a su irrupción en el área. Completó el control orientado
mientras, el balón, caprichoso, rebotaba en una mano que no iba a mancillar la
obra de arte que vendría a continuación. Esperaba Barovero que Messi sacara la
pierna derecha. Pero el pie que asomó fue el izquierdo, que se retorció lo
justo para que el balón descubriera por fin la red.Un arranque lentoEl gran
mérito del Barcelona fue resistir de pie hasta ese crepúsculo del primer episodio.
Cuando el balón corría lo mismo que un balón medicinal, cuando Ponzio ordenaba
el inicio de las escaramuzas, cuando Kranevitter se esforzaba en asfixiar a
todo alma viviente, o cuando Mercado, un lateral con mandíbula de estibador,
buscaba su alianza con Sánchez para convertir el carril de Neymar en el
corredor de la muerte.
Pese a semejante panorama, siempre había momento para
encontrar a Busquets, imperial en la trinchera, o para que Iniesta encontrara
el pase idóneo para liberar a su equipo de la presión. Como aquel que dejó por
vez primera a Messi solo ante el meta Barovero, cuya mano a ras de suelo evitó
el primer tanto. Su buenaventura acabaría ahí.Llegó el gol de Messi y Marcelo
Gallardo, que no estaba dispuesto a dejar morir a sus hombres sin al menos
haber intentado asomarse al área del titular Bravo, se la jugó tras el
descanso. Echó a volar a Lucho González y Martínez por Ponzio y Mora, permitió
que los 'millonarios' se fueran hacia arriba no sólo para presionar, sino para
atacar. Un panorama que la santísima trinidad azulgrana no acostumbra a
desaprovechar.La quinta muesca de Luis SuárezEl guateque amanecería, eso sí, en
los pies de Busquets, certero en uno de esos pases verticales que Suárez emboca
a gol como nadie. Hubiera sido difícil imaginar no hace tanto que un delantero
centro de referencia tendría semejante incidencia en el Barça de Messi.
No
satisfecho, el uruguayo zanjaría su impecable Mundial de Clubes con su quinto
gol del torneo. Esta vez, tras un testarazo que se habían encargado de gestar
el propio argentino y Neymar. El brasileño se quedó sin marcar para pesadumbre
de sus dos amigos de ataque, pero clavó en la retina de la torturada hinchada
de River una jugada que sólo hubieran imaginado Messi o Maradona.El ánimo del
campeón argentino murió en dos paradas de Bravo a Alario y Gonzalo Martínez
cuando ya todo estaba resuelto. Al menos, a River Plate le quedará un consuelo.
La historia ha visto a pocos equipos al nivel de este Barcelona de Luis
Enrique, de Messi, de Suárez, de Neymar, de Busquets, de Iniesta, o incluso de
Piqué. El mundo es suyo.
Por
FRANCISCO CABEZAS/El Mundo


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