Hay imágenes que pueden contar la miseria de una
nación o un de un continente. Hay otras que pueden contar las miserias de la
humanidad. Y unas pocas nos cuentan ambas cosas.
Mientras el cielo del planeta
se cubría de fuegos artificiales para dar la bienvenida al 2016 y nos comíamos
las uvas de la suerte, hay una niña en Kano, Nigeria, que vive metida en una
palangana verde. Y nos enteramos ahora.
Son cuatro fotos, que transmite la agencia Reuters.
El pie de foto solo aclara que es una niña que nació con una discapacidad. Son
cuatro fotos como cuatro puñales que se clavan en la conciencia de quien las
mira. Como una bofetada sin contemplaciones en nuestra cara que mastica a dos
carrillos.
En Nigeria pasan estas cosas y nadie se escandaliza,
ni las portadas de los periódicos se asoman a gastar algo de tinta, ni por
supuesto aparecen en las encuestas de las principales preocupaciones que nos
llenan el pensamiento en occidente. El día de Navidad, hace solamente una
semana, Boko Haram mató a 14 personas y quemó una aldea entera en el noreste
del país.
Apenas podrá usted encontrar tres párrafos en
internet de un pobre cable de France Presse.
A causa de esta barbarie terrorista hay un millón de
niños que no pueden ir a la escuela en el país, según ha denunciado Unicef.
Tampoco lo vimos al pasar junto al kiosko. Y sin
embargo escuchamos las campanadas con un gusanillo en el estómago porque había
alerta de atentados cerca de nuestro felpudo.
Los muertos nunca valieron lo mismo, sobre todo los
que no son nuestros.
Sobre todo los que son de África, ese continente
maldito donde la vida no vale nada y el fundamentalismo tiene una nueva arma
con la que someter a los civiles: el miedo.
En Europa cada muerto tiene nombre y apellidos,
tiene una familia que lo reclama, una manifestación que lo recuerda y unos
aviones que van a vengar su muerte donde el eco de las bombas no nos llega.
En Nigeria, sólo los enfrentamientos de Boko Haram y
el ejército llevan ya 17.000 vidas aniquiladas. Diecisiete mil en número, pero
cada uno tenía unos ojos que miraron antes de cerrarse, un nombre que nunca
sabremos y seres queridos que se quedaron a echarles de menos y aguantar como
pueden en una tierra empapada de sangre.
Los asesinos atacan escuelas y matan a los maestros
- más de 500 que sepamos, por ahora - y así siembran el terror y cosechan la
ignorancia con la que engordar el fundamentalismo y sus ejércitos criminales.
En estas condiciones, cualquiera diría que vivir en
una palangana es el menor de los problemas.
Dentro de su cubo verde, subida a una silla de
ruedas, la niña sonríe en una de las fotos. El pañuelo rojo que le cubre la
cabeza es casi un insulto para ese diminuto cuerpecito con tan poco para
cubrir.
Dejada caer en la calle pide limosna estirando el
cuello que apenas sobresale unos centímetros fuera del plástico.
En otra de las fotografías, su hermano - según las
cuatro líneas que acompañan a la imagen - recoge de su regazo unos billetes. Es
una imagen de una pobreza extrema que fue tomada el día 30. Una instantánea tan
despojada que por no tener no tiene ni autor y la firma solo reza: REUTERS /
STRINGER.
Por ALBERTO DI LLOLI/El Mundo


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