EL PEOR ADIÓS DE LEO MESSI

BARCELONA (26 Agosto 2020).- El FC Barcelona, club con inclinación por las catarsis pero ordenado a la hora de administrarlas (Berna, Sevilla, Atenas...), se ha aficionado ahora a solaparlas de una manera insoportable. Roma, Anfield, Lisboa... Messi. ¿Messi? El mejor jugador de la historia del club, superior a otros mitos que le precedieron por su longevidad en el éxito, aquel para el que se imaginó la retirada más gloriosa/lacrimógena de todos los tiempos (el barcelonismo tiende también al masoquismo en la anticipación de sus pérdidas), comunicó ayer a través de un burofax que ha decidido marcharse del club.

La noticia tuvo un impacto brutal. Llegó desde Argentina, país del que nunca se ha ido realmente Messi, y el mundo se puso a hablar de lo mismo. Messi se va del Barça. Más allá de las posibilidades reales de que así sea, el jaque es colosal. Josep Maria Bartomeu, el presidente que empezaba a rentabilizar a Ronald Koeman como tupido velo para disimular su no adelanto de las elecciones, queda en una situación límite, señalado por un sector de la masa social que le considera culpable de este catastrófico desenlace. La oposición, movilizada ya desde que se anunciaron comicios en marzo, reclama una vez más que Bartomeu se vaya, que no estropee más la entidad, que no espere a marzo para abandonar. ¿Messi se va y Bartomeu sigue? La posibilidad de una moción de censura gana apoyos.

Messi sin compañeros ni rivales camina en el campo de fútbol.


El argentino, al que no se le divisa mancha futbolística en su largo y magnífico historial (no son solo los títulos, es la memoria de sus obras completas la que permanecerá incrustada en nuestro cerebro), ha errado en las formas. El club siempre estuvo por encima de las personas. Por mucho que su relación con Bartomeu fuera horrible, de una profunda desconfianza, el burofax, pese a dirigirse a los despachos de la calle Arístide Maillol, atravesó el alma de todos los seguidores blaugrana, incluidos los que todavía apoyan a Bartomeu (debe de haberlos), los que no tragan al presidente, el socio número uno y el último en apuntarse, las socias, los niños... Merecían todos ellos, dolidos tanto o más que el argentino con el 2-8, mayor explicación que la enviada a través de un gélido burofax. Messi no es Cristiano Ronaldo. Messi llegó a los 13 años al Barça (Bartomeu ni existía en el entorno barcelonista). Messi prometió que se retiraría con esta camiseta, no con el regusto amargo de una derrota histórica.

Detrás del ruido esperan días complejos. Una cosa es querer irse y otra poder hacerlo. En el burofax redactado por los abogados de Messi se apela a una cláusula liberatoria por la que el futbolista podía irse al final de cada temporada. La cláusula existe. Sucede que la fecha fijada está caducada. En el documento aparece explícitamente el día 10 de junio. Bartomeu y su directiva, reunida de urgencia en cuanto llegó la comunicación, consultaron enseguida a sus servicios jurídicos, que trataron de calmar los nervios de los presentes, telemática o físicamente en las oficinas, señalando la claridad de la fecha.

La parte contraria sostiene otra opinión, basada en la excepcionalidad de una temporada condicionada por la pandemia y alargada insólitamente hasta finales de agosto. Según su versión, el 10 de junio debe ser leído como el final de una temporada convencional, pero como esta no lo es, existe un 10 de junio virtual que corresponde al presente.

La directiva del Barça, acorralada, con Josep Maria Bartomeu y el director general, Òscar Grau, como cabezas pensantes, consensuó una respuesta de emergencia que trató de ser lo más conciliadora posible, tardía de todos modos porque la herida es de difícil arreglo. Se recordó en ella que Messi tiene contrato hasta el 2021 y no solo eso, se añadió que la intención del club sigue siendo que el argentino se quede más años hasta su retirada, como rezaba aquel guion memorizado y amable hoy hecho pedazos.

No parece que la respuesta vaya a satisfacer a Messi, que tiene pensado no presentarse el domingo para someterse a las pruebas de coronavirus junto al resto de sus compañeros, convocados a partir del lunes para empezar la pretemporada. El pleito, un paso más hacia el peor de los adioses posibles, se atisba en el horizonte. Si Messi no se presenta con el Barça y lo hace con un nuevo club, incurrirá en opinión del Barça en incumplimiento de contrato y no sería descartable una denuncia. El club de destino, que pretende obtener al crack sin pagar traspaso, debería aceptar entonces el riesgo de que un tribunal laboral diera la razón al Barça con la correspondiente indemnización.
Hoy por hoy la directiva blaugrana tiene ante sí el peor de los panoramas: señalada como culpable (ayer se agolparon más de un centenar de aficionados en las oficinas del Camp Nou para pedir la dimisión de Bartomeu), planteándose si denunciar al mejor jugador de la historia y viendo volar la posibilidad de al menos hacer negocio (como hizo Florentino con Cristiano Ronaldo, vendiéndolo por 100 millones) para taponar una caja fuerte llena de grietas. Algunas fuentes, a punto de llegar a la medianoche, aseguraban que no era descartable una dimisión de Bartomeu y su junta si no logran suavizar la postura hoy inamovible de Messi. ¿Haría cambiar de opinión al argentino una decisión de ese tipo? La pregunta está en el aire, pero solo la puede contestar una persona: Lionel Messi.
Curiosamente, uno de los episodios que iniciaron el desencuentro entre los actuales gestores del club y el crack fue el infructuoso intento por traer de vuelta a Neymar una vez este se arrepintió de haber abandonado el Camp Nou. El PSG resistió la acometida y se remitió siempre a la cláusula de rescisión de su futbolista. Bartomeu envió la misma consigna a sus directivos y a los medios de comunicación. “Messi es intransferible”. Lo que no hizo Neymar en París lo ha hecho su amigo Leo. Enviar un fax.


Por JOAN JOSEP PALLÁS/La Vanguardia



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