"LA LIBERTAD DE CONCIENCIA ES ABSOLUTA Y QUE EL ESTADO TUTELA LA INVIOLABILIDAD DEL CULTO"
BAIRÉN (3 Noviembre 2022).- Una de las primeras paradas de su peregrinación de diálogo en Baréin: el Santo Padre fue recibido en la ceremonia de bienvenida y se encontró con las autoridades, la sociedad civil y el Cuerpo Diplomático. Francisco resaltó la cordialidad del pueblo multiétnico, multicultural y multirreligioso, donde muchos migrantes se han trasladado en búsqueda de oportunidades, y llamó a construir la fraternidad.
El “árbol de la vida”: este es el “emblema de
vitalidad” que caracteriza a Baréin, en el que el Papa Francisco pensó mientras
se preparaba para el viaje a dicho país. Es, también, el elemento de
inspiración de su primer discurso en el Reino, durante el encuentro con las
autoridades, la sociedad civil y el Cuerpo Diplomático, en la tarde de este
jueves 3 de noviembre.
En Awali, desde el Palacio Real de Sakhir, que es la
residencia del Soberano de Baréin, Su Majestad el Rey Hamad Bin Isa Al-Khalifa,
Francisco agradeció de corazón la invitación a visitar el país, así como la
“calurosa y generosa acogida” y las palabras de bienvenida del monarca. También
expresó la alegría de estar entre los bareiníes y saludó cordialmente a cada
creyente, persona y familia, que la Constitución de Baréin, dijo, define “piedra
angular de la sociedad”.
Escucha
y descarga el informe con la voz del Papa
El árbol de la vida, explicó Francisco, “se trata de una acacia majestuosa, que sobrevive desde siglos en una zona desértica, donde las lluvias son muy escasas. Parece imposible que un árbol tan longevo resista y prospere en tales condiciones.
Según dicen, el secreto está en las raíces,
que se extienden por decenas de metros bajo el suelo, alcanzando depósitos de
agua subterráneos”.
Lugar
de encuentro entre poblaciones diversas
“Veamos las raíces”, instó el Santo Padre, destacando
el compromiso de Baréin en investigar y valorar su pasado, “que da cuenta de
una tierra sumamente antigua, a la que, desde hace milenios, los pueblos acudían
atraídos por su belleza, debida particularmente a la gran cantidad de fuentes
de agua dulce que le dieron la fama de ser paradisíaca”.
Retrotraéndose a la rica historia, Francisco recordó
que el antiguo reino de Dilmun era llamado “tierra de los vivos”, y, en las
vastas raíces de los tiempos, se pone de manifiesto “cómo la posición
geográfica, la predisposición y las capacidades comerciales de la gente, además
de determinados hechos históricos, hayan dado a Baréin la oportunidad de
conformarse como una confluencia de enriquecimiento mutuo entre los pueblos”.
“Un aspecto, dijo, por tanto, destaca de esta tierra: ha sido siempre lugar de
encuentro entre poblaciones diversas”.
Según el Papa, “esta es el agua vital de la que
todavía hoy se abrevan las raíces de Baréin, cuya mayor riqueza resplandece en
su variedad étnica y cultural, en la convivencia pacífica y en la tradicional
hospitalidad de la población”. Es decir, “una diversidad que no es uniformante,
sino inclusiva, es la que representa el tesoro de todo país verdaderamente
desarrollado”. En estas islas, se ve una
sociedad heterogénea, multiétnica, multirreligiosa, que, de acuerdo con el
Sucesor de Pedro, es capaz de superar el peligro del asilamiento. Este punto es
muy importante en nuestro tiempo, “donde el repliegue exclusivo sobre sí mismo
y sobre los propios intereses impide captar la importancia irrenunciable del
conjunto”.
Como contrapunto, Bergoglio subrayó que los numerosos
grupos nacionales, étnicos y religiosos que coexisten en Baréin dan testimonio
de que se puede y se debe convivir en nuestro mundo, convertido desde hace
décadas en una aldea global en la que, a pesar de dar por sentada la
globalización, es todavía desconocido en muchos sentidos “el espíritu de la
aldea”: la hospitalidad, la búsqueda del otro, la fraternidad. En este sentido,
Francisco manifestó la preocupación por el crecimiento, a gran escala, de la
indiferencia y de la sospecha recíproca, a la expansión de rivalidades y
contraposiciones que se pensaban superadas, a populismos, extremismos e
imperialismos que ponen en peligro la seguridad de todos.
¡Distribuyamos
el agua de la fraternidad!
Una vez más, haciéndose eco del grito de la humanidad
herida por la guerra y tantos conflictos activos en el mundo, el Obispo de Roma
alentó a no dejar evaporar la posibilidad del encuentro entre civilizaciones,
religiones y culturas, a no permitir que se sequen las raíces de lo humano.
"¡Trabajemos juntos, trabajemos por todos, por la
esperanza! Estoy aquí, en la tierra del árbol de la vida, como sembrador de
paz, para vivir días de encuentro, para participar en un Foro de diálogo entre
Oriente y Occidente por la convivencia humana pacífica", dijo, y agradeció
a los compañeros de viaje, de modo especial a los representantes religiosos.
Francisco enfatizó que "estos días marcan una etapa preciosa en el proceso
de amistad que se ha intensificado en los últimos años con diversos jefes
religiosos islámicos. Un camino fraterno que, bajo la mirada del cielo, quiere favorecer
la paz en la tierra".
El Santo Padre exteriorizó su aprecio por las
conferencias internacionales y las oportunidades de encuentro que este Reino
organiza y favorece, centrándose en particular el tema del respeto, la
tolerancia y la libertad religiosa. Temas que Francisco considera esenciales y
que, insiste, están reconocidos en la Constitución del país, de la que leyó los
artículos 18 y 22, donde se establece que: "La libertad de conciencia es
absoluta" y que "el Estado tutela la inviolabilidad del culto".
Como bien explicó el Pontífice argentino, estos asuntos son, sobre todo,
compromisos que deben ser puestos en práctica constantemente, "para que la
libertad religiosa sea plena y no se limite a la libertad de culto; para que la
misma dignidad y la igualdad de oportunidades sean reconocidas concretamente a
cada grupo y a cada persona; para que no haya discriminaciones y los derechos
humanos fundamentales no sean violados, sino promovidos". En especial,
pensó en el derecho a la vida, en la necesidad de garantizarlo siempre, también
en relación a los que son castigados, cuya existencia no puede ser eliminada.
El
llamamiento a garantizar condiciones laborales seguras y dignas
En su proficua alocución, Francisco amplió su mirada a
los desafíos del país y del mundo, como la emergencia de la crisis laboral,
afirmando que a menudo el trabajo, valioso como el pan, falta; frecuentemente
es pan envenenado, porque esclaviza, pero, en ambos casos, puntualizó que en el
centro ya no está el hombre. Resaltó que la contribución de muchas personas de
pueblos diferentes ha sido lo que ha permitido al Reino un considerable
desarrollo productivo, posible gracias a la inmigración, de la que el
territorio ostenta una de las tasas más elevadas del mundo. "Por lo tanto,
que se garanticen en todas partes condiciones laborales seguras y dignas del
hombre, que no impidan sino que favorezcan la vida cultural y espiritual; que
promuevan la cohesión social, en favor de la vida común y del mismo desarrollo
de los países", exclamó el Papa (cf. Gaudium et spes, 9.27.60.67).
Luego, Francisco compartió las "valiosas
adquisiciones" del país, tales como la primera escuela femenina que surgió
en el Golfo y la abolición de la esclavitud. De ahí el augurio del Pontífice:
"Que este sea un faro que promueva, en toda la región, derechos y
condiciones justas y cada vez mejores para los trabajadores, las mujeres y los jóvenes,
garantizando al mismo tiempo respeto y atención para los que sufren mayor
marginación en la sociedad, como los que han emigrado y los presos. El
desarrollo verdadero, humano e integral se mide sobre todo por la atención
hacia ellos".
Rechacemos
la lógica de las armas
Así como en otras oportunidades ha dicho que el dulce
canto que alaba al amado Creador está acompañado por amargos gritos que se
quejan del maltrato humano hacia la casa común, hoy el Papa consideró que el
árbol de la vida le evoca dos ámbitos decisivos para todos y que interpelan
especialmente a quien, gobernando, tiene la responsabilidad de servir al bien
común. Por un lado, subrayó la cuestión ambiental, como el derrame de árboles,
la devastación de ecosistemas, la contaminación de mares por la insaciable
avidez del hombre, que después "se le vuelve en contra". Se repite,
así, el ánimo de Francisco de no cansarnos de trabajar por esta "dramática
emergencia", tomando decisiones concretas y con amplitud de miras, adoptadas
pensando en las generaciones jóvenes, antes de que sea demasiado tarde y su
futuro se comprometa. "Que la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el
cambio climático (COP27), que se realizará en Egipto dentro de pocos días, sea
un paso adelante en ese sentido", deseó Francisco.
El otro desafío desglosado por el Santo Padre: hacer
prosperar la vida, en un contexto en el que se asiste a amenazas y acciones de
muerte. En concreto, piensa, una vez más, "en la realidad monstruosa e
insensata de la guerra, toda guerra", que "representa también la
muerte de la verdad". Con un vehemente llamamiento a rechazar la lógica de
las armas y a invertir la ruta, convirtiendo los enormes gastos militares en
inversiones para combatir el hambre, la falta de asistencia sanitaria y de
instrucción, confesó que tiene el corazón roto por tantas situaciones de
conflicto:
"Mirando a la Península arábiga, cuyos países
deseo saludar con cordialidad y respeto, dirijo un pensamiento especial y
apenado a Yemen, martirizado por una guerra olvidada que, como toda guerra, no
conduce a ninguna victoria, sino sólo a amargas derrotas para todos. Recuerdo
en la oración sobre todo a los civiles, a los niños, a los ancianos, a los
enfermos, e imploro: ¡que callen las armas, comprometámonos en todas partes y realmente
por la paz".
Por último, Francisco insistió en que "la
Declaración del Reino de Baréin reconoce, a este propósito, que la fe religiosa
es «una bendición para toda la humanidad», el fundamento «para la paz en el
mundo».
"Estoy aquí como creyente, como cristiano, como
hombre y peregrino de paz, porque hoy más que nunca estamos llamados, en todo
el mundo, a comprometernos seriamente por la paz. Majestad, Altezas Reales,
autoridades, amigos, hago mío y comparto con ustedes, a modo de deseo para
estos esperados días de visita en el Reino de Baréin, un hermoso pasaje de la
misma Declaración: «Nos comprometemos a trabajar para un mundo en el que la
gente de buena fe se junte para rechazar lo que nos divide y se concentre en celebrar
y expandir lo que nos une». "Que así sea, con la bendición del Altísimo.
Shukran [Gracias]", concluyó.
Por SEBASTIÁN
SANSON FERRARI/Vatican News



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