LA HABANA, Cuba (2 Diciembre 2022).- El Movimiento de la Nueva Trova (MNT) cumple hoy 50 años de haber sido constituido, en Manzanillo.
La épica y la coherencia de su discurso musical –y
poético– tuvieron acogida a instancias de la UJC para tomar una decisión que,
no por acertada dejó de ser atrevida por aquellos años.
Atrás quedaban experiencias aglutinadoras que cuajaron
tempranamente en sus entonces jóvenes protagonistas, con variados estilos y
maneras de trovar.
De esos antecedentes mucho se ha hablado y
documentado, y los testimonios plasmados son de consulta obligatoria para
quienes crecimos junto a canciones y poemas, y para los que han llegado después
a este aquelarre sonoro.
De formas diversas el MNT edificó una narrativa
conceptual y creíble, pero enfilada siempre a enaltecer aquello que lo
distinguió como género: la ruptura estilística.
Si analizamos los alumbramientos musicales que han
marcado varios siglos de evolución sonora, notaremos que cada estilo que nace
lleva implícito un rompimiento con su predecesor, y tiene como tesis cenital lo
que en música llamamos la forma. Mas, eso no se traduce en una negación total de
lo conocido, sino que se construyen tendencias, con lenguajes renovadores, y se
reestructuran conceptos desde visiones más transgresoras.
Es por esa razón que el nombre de Trova sigue
existiendo en el nuevo escenario del 72, pues la línea divisoria entre ambas
(la llamada tradicional y la nueva) no suponía un desenlace fatal ni tampoco el
deshacerse de la savia fundacional de lo iniciado por Pepe Sánchez. Más bien,
fue una reoxigenación y un ejercicio de inclusividad propio de esa estirpe
trovadoresca que nos ilumina como nación, pero desde, como dije antes, lo
estilístico.
Si notamos los afluentes musicales de los principales
nombres de aquellos días, veremos la paleta cromática de estilos a tener en
cuenta: Pablo poseía una fuerte comunión con el feeling, el bolero y el son;
Noel provenía de un mundo familiar académico (su abuela Clara Romero, su tía
Clarita y su padre el gran Isaac Nicola) en el que el universo armónico lo
identificaría tempranamente; Silvio coqueteaba con la guitarra y la poesía de forma
profunda y polisémica; Vicente componía de manera irreverente y locuaz; Sara
había estudiado viola, y su musicalidad y voz le permitían abordar cualquier
reto interpretativo o compositivo; Eduardo Ramos ya tenía experiencia como
guitarrista y bajista y su obra autoral era llamativa e interesante; y Augusto
Blanca dibujaba canciones desde un prisma teatral y libre.
Así, estos principales artífices –junto a otros– de lo
ocurrido aquel día de 1972, conformarían una variopinta mirada que, como
sabemos, era solo el espaldarazo formal hacia lo que venían haciendo desde
mucho antes, nucleados o no al Grupo de Experimentación Sonora del Icaic, pero
con hondos senderos creativos.
Las enseñanzas que, desde sus éxitos y adversidades,
se tradujeron en canciones que aún perduran, han matizado décadas de fertilidad
musical muy ligadas a transformaciones de la sociedad cubana y latinoamericana,
pero también atravesando el espinado camino de la renovación sonora desde lo
raigal, y también lo experimental.
Por ONI ACOSTA
LLERENA/Granma


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