Muere el cantante argentino Leo Dan en Miami
BUENOS AIRES (1 Enero 2025).- Esta mañana, nuestro amado Leo Dan dejó su cuerpo en paz y junto al amor de su familia. Así, volvió a la luz pura de su padre celestial, para guiarnos y cuidarnos desde el infinito”, reza el comunicado que ayer informó sobre el fallecimiento de Leopoldo Dante Tevez.
No se dijeron las causas, pero sufría un cuadro de hipertensión y diabetes.
Tenía 82 años y llevaba uno retirado, tal como había anunciado en enero de 2024. Aunque el cierre de su carrera se hacía esperar: como parte de su gira despedida tenía pautadas presentaciones el próximo mes en Las Vegas y en Arizona. Y hace una semana, en una entrevista radial, había dicho que estaba en tratativas para concretar un último show en la Argentina.
Quien le había perdido el rastro a Dan, tendrá que saber que hasta el anuncio de retiro habitaba más los aeropuertos y las rutas que su mansión en la península de La Florida. “Cada dos o tres días, armo una maleta y con un poquito de melancolía dejo a la familia”, le contaba hace cinco años a Clarín. No se trataba de ambición económica. Es que no sabía cómo vivir sin eso que hacía desde antes de 1960: escribir, cantar esos versos, esperar el aplauso.
Pueriles, simples, directas, con la erre sonando encantadoramente distinta para los porteños, sus canciones son dignas de una lupa. Muchos de los temas que triunfaron se llaman como mujeres que pasaron fugazmente por su vida: Celia, Estelita, Fanny, Mary mi amor. Incluso seguía cantando Mariette, el más personal de sus hits, dedicado a su esposa.
Nieto de vascos, pariente lejano de los Machado vinculados a Antonio (el poeta), Leopoldo salió de Villa Atamisqui, una localidad de Santiago del Estero que hoy tiene tres mil habitantes. Ese puntito del mapa es donde se celebra la fiesta provincial de la Vidala y el Duelo del chamamé.
Creía que “ya habían nacido diez críos” antes de que él llegara al mundo. “Algunos de los hermanos se fueron muriendo al nacer”, explicaba. A sus 7 años, la familia emigró hacia Puerta de los Cerros. Sus padres vivían de la siembra “del zapallo, la cría de chanchos y cabras”.
Él tocaba armónica desde los 4 y guitarra desde los 6. A los 16 formó el grupo Los Troveros. Más tarde, Los Demonios del Ritmo. Enseguida se independizó. Shows en bares hasta la decisión de cortar el cordón. Se fue del pueblo con sueños de veterinario. “Por el bien de los animalitos, no me recibí”, se reía. “Me fui para Buenos Aires a golpear las puertas de la CBS, la discográfica. Me tomaron una prueba. A los 15 días yo ya era famoso”.
Así recordaba la hazaña de pasar de Atamisqui al estrellato: “Reinaba el Club del Clan, la discográfica buscaba muchachos y caí yo y no hubo tiempo de pensar nada. Me impulsaron. Me llevaron a un canal de televisión, por una actuación me pagaron 7.500 pesos; yo pagaba por semana 150 de hotel en Buenos Aires. Empecé a ganar tanto que me compré una casa entre Mataderos y Liniers y traje a Buenos Aires a mis padres y hermanos. Con el Rodrigazo perdí todo”.
Pero para comienzos de los ‘60, a caballo de melodías pegadizas como la de Libre, solterito y sin nadie, el boom era desesperante. Fue a cantar a Córdoba y, según las crónicas, tuvieron que aparecer los bomberos con sus mangueras para “controlar los desmanes y tranquilizar a las desquiciadas”. De los estadios en los que se presentaba solía escapar por los techos.


No hay comentarios.: