Una extraña expresión ella tenía en su rostro, como fiera que acecha, a su presa, a su manjar, a su comida .
Mientras tanto yo, me sentía nervioso, asustado, como
conejito acorralado, como cazador cazado.
Ella me tomó de los hombros y mirándome fijo dijo, “mi
negro hermoso, estás apetecible, tienes ojos lindos y boca carnosa que tienta besarla, y esas blancas barbas y hasta tu
panza te queda bien”.
Y suspirando hondo exclamó “me gustas pa’ comer ahora,
pa’ llevar y repetir”.
Ahí fue que me sonrojé, se me puso la piel de gallina,
y me temblaban las rodillas, ya saben lo tímido que soy.
Sentía “tiriquitos” por todo mi cuerpo y estaba sudando
frío, ¡Dios! no sabía qué hacer
Lentamente, ella comenzó a desvestirse, dio un
mordisco en mi oreja, y con voz cautivadora me susurró, prepárate mi bomboncito
achocolatado, que “te voy a comer con yuca”.
Yo miré hacia
la despensa
Y como yuca no tenía
Le dije espérame un momento
Y al mercado corriendo a buscarla.
Con tanta suerte que enseguida la encontré y cuando
regresé, ella ya no estaba, no sé qué le pasó, por qué razón se fue, ¡caramba!,
¡y tan buena yuca que compré!.
Aún sigo entender, por qué la yuca no esperó, si con
tanto afán ella la pidió.
Eso sí, en la despensa la guardé, por si vuelve por
aquí, y se antoja de comer, ya no me va a sorprender, su buena yuca le daré.
Con Dios siempre, a sus pies.
Por LEONARDO
CABRERA DÍAZ
El autor es locutor y periodista

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