En la Iglesia y en la sociedad toda, los casos de abuso sexual causan profundo dolor y desconcierto.
Cada vez que se alza una denuncia, la primera palabra
debe ser de solidaridad y respeto hacia quienes se presentan como víctimas.
Nadie puede quedar sin acompañamiento, sin escucha ni sin justicia.
La Iglesia, que ha aprendido con humildad de sus
heridas, reafirma su compromiso de apoyar a las personas afectadas y de
colaborar con los procesos civiles y canónicos.
Confiamos en la seriedad de las investigaciones en
curso, sabiendo que la verdad, aunque tarde en emerger, siempre se abre camino.
Hasta mañana, si Dios, usted y yo lo queremos.
Por RAMÓN
BENITO DE LA ROSA Y CARPIO
El autor es Arzobispo Emérito Arquidiócesis de
Santiago


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