El país transita por momentos difíciles y complicados. Hay varios temas sobre la mesa, que por su importancia y complejidad requieren ser analizados de manera profunda y objetiva.
Una agenda necesaria que debe ser sopesada con la
mayor pluralidad posible.
La falta de previsión induce a cometer errores y
desaciertos que obligan a dar marcha atrás a decisiones ya tomadas y surge la
incertidumbre, la inseguridad social.
No obstante, queda en la población una extraña sensación
porque los amagos, ademanes y zigzagueos evidencian propósitos y pretensiones aunque
no se haya concretizado.
Se requiere una voz que estimule el consenso e inspire
confianza.
Una voz con sellos de garantías y precintos de
seguridad, con certidumbre necesaria para evitar que a la población le asalte o
sea presa del miedo y el desconcierto.
El discurso debe y tiene que ir en correspondencia con
los hechos y las acciones propuestas, de lo contrario solo son palabras
muertas, que como hojas secas arrastra, esparce y revolotea el viento.
La concentración del poder resulta un tanto riesgosa,
cuando no va en sintonía con el bienestar colectivo.
La palabra empeñada debe prevalecer siempre alejada de
los caprichos del imperio de los egos, del como yo quiero, del como yo digo,
del yo soy.
Con recular no siempre se resuelve; si no lo han
notado, cada vez más es menos la gente que aplaude.
Con Dios siempre, a sus pies.
Por LEONARDO CABRERA

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