CIUDAD DE VATICANO (30 Diciembre 2025).- La esperanza cristiana no se apaga ante la violencia ni queda sepultada por la muerte. Es una esperanza que atraviesa el sufrimiento y permanece viva en el testimonio de quienes, incluso sin buscarlo, entregan la vida por fidelidad al Evangelio. Con esta convicción se presenta el informe anual que la Agencia Fides publica al concluir el año, dedicado a los misioneros y agentes pastorales asesinados en distintas partes del mundo.
En 2025, fueron 17 los hombres y mujeres (sacerdotes,
religiosas, seminaristas y laicos) que perdieron la vida mientras desarrollaban
su servicio pastoral. No se trataba de figuras mediáticas ni de protagonistas
de gestos extraordinarios. Su testimonio se desplegaba en la sencillez de la
vida cotidiana: en parroquias de periferia, en comunidades rurales, en
contextos sociales atravesados por la pobreza, la inseguridad o los conflictos
armados. Allí, su fidelidad silenciosa al anuncio de Cristo se convirtió en
semilla fecunda.
Una
geografía del sufrimiento
El continente africano volvió a registrar el mayor
número de asesinatos, con diez agentes pastorales muertos a lo largo del año (6
sacerdotes, 2 seminaristas y 2 catequistas). Nigeria fue el país más golpeado,
seguido de Burkina Faso, Sierra Leona, Kenia y Sudán. En América se
contabilizaron cuatro víctimas, entre ellas dos religiosas asesinadas en Haití,
país sumido desde hace años en una profunda crisis de violencia e
inestabilidad, además de un sacerdote asesinado en México y un presbítero de
origen indio asesinado en Estados Unidos. En Asia fueron asesinados dos
sacerdotes (uno en Myanmar y el otro en Filipinas), mientras que en Europa un
sacerdote fue asesinado en Polonia.
Esta distribución confirma una tendencia ya conocida:
África y América se alternan, año tras año, como los escenarios más afectados
por esta violencia que golpea a la Iglesia en salida, presente allí donde la
dignidad humana es más vulnerada.
Historias
que hablan al corazón
Detrás de los números hay nombres, rostros y complejas
tramas de abnegado servicio al Reino. Como el del joven seminarista nigeriano
Emmanuel Alabi, que murió durante la marcha forzada a la que fue sometido tras
el asalto armado a su seminario. O el de las hermanas Evanette Onezaire y
Jeanne Voltaire, asesinadas en Haití por bandas armadas que mantienen a la
población rehén del miedo. También el del sacerdote Donald Martin, primer
presbítero católico birmano asesinado en el conflicto civil que desgarra
Myanmar, cuyo cuerpo fue hallado por fieles en el recinto parroquial.
Son peripecias distintas, unidas por un mismo hilo:
una vida entregada sin estridencias, lejos de los reflectores, sostenida por la
fe y el servicio, hasta las últimas consecuencias.
Una
memoria que interpela
Entre los años 2000 y 2025, el número total de
misioneros y agentes pastorales asesinados asciende a 626. Una cifra que no
pretende alimentar estadísticas, sino mantener viva la memoria de un testimonio
que sigue hablando a la Iglesia y al mundo.
Como recordaba el Papa Francisco, estos hombres y mujeres
pueden parecer, a los ojos del mundo, derrotados. Sin embargo, su sacrificio no
es estéril: la semilla sembrada con su vida sigue dando fruto, porque Dios
continúa obrando, a través de ellos, la transformación de los corazones.
Una esperanza que no muere, incluso cuando es
atravesada por la cruz.


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