La existencia humana tiene una fragilidad que todos conocemos, aunque a veces la olvidemos mientras corremos detrás de mil urgencias.
Nada de lo que poseemos es definitivo y cada día es un
regalo que puede cerrarse en cualquier momento, cuando el Señor, dueño de
nuestra historia, nos llame a su presencia.
Por eso vale la pena vivir con sencillez, sin vanidades
ni afanes ni pretensiones.
Recordar nuestra condición pasajera no debe ser motivo
de temor, sino de invitación a reconciliarnos, agradecer, servir y caminar
ligeros.
Solo así, cuando llegue su llamada, podremos
presentarnos con paz ante Aquel que nos dio la vida.
Hasta mañana, si Dios, usted y yo lo queremos.
RAMÓN
BENITO DE LA ROSA Y CARPIO
Es arzobispo emérito arquidiócesis de Santiago


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