El poder es un licor que embriaga. Muchos, al subir, olvidan la humildad y cambian el servicio por la altivez, rodeándose de aduladores que les hacen creer que son infalibles.
La historia nos deja lecciones claras, por ejemplo
Salomón: Al inicio, no pidió riquezas, sino
sabiduría. Entendió que el líder se debe a su pueblo y no a sus propios
caprichos.
El poder, bien enfocado, nace del deseo de guiar con justicia.
El Rey Saúl: Inició humilde, pero el poder corrompió
su juicio. Prefirió alimentar su ego antes que cumplir su propósito, y terminó
perdiéndolo todo.
Robespierre: Comenzó buscando libertad, pero el
embrujo del poder absoluto lo convirtió en lo que juró destruir, dejando tras
de sí solo terror y desilusión.
Un poder sin contrapeso es la antesala del
totalitarismo.
Cuando el gobernante ignora la disidencia y se
encierra en su propia verdad, el sistema empieza a "oler a peligro".
Es decepcionante ver cómo se repite la historia:
líderes que llegan con votos de esperanza y se retiran con el desprecio de su
pueblo.
Como bien sentenció Edmond Thiaudière:
"La política es el arte de servirse de los
hombres haciéndoles creer que se les sirve a ellos."
Por ello, los pueblos deben elegir con sabiduría para
no terminar mordiéndose la lengua por el dolor del arrepentimiento.
Con Dios siempre, a sus pies
Por LEONARDO
CABRERA DÍAZ


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