Polvorín en el Medio Oriente; por qué el régimen islámico de Irán puede caer esta vez: “Esto se acabó, la gente no aguanta más”
TEHERÁN, Irán (14 Enero 2026).- El grito de “Muerte al dictador” empezó a oírse como un eco en toda la ciudad. No exclusivamente en la avenida Enqelab, o en la plazoleta Valiasr o demás puntos centrales donde suelen concentrarse las protestas. “Muerte a Jamenei”, “Muerte a la República Islámica”, gritaban desde los balcones, desde las aceras o coches en cada rincón de la urbe: en el norte cosmopolita, en el sur empobrecido y religioso, en el Este donde la clase media trabajadora venida a menos convive con la mayoría de integrantes de las fuerzas militares de Irán, incluido su odiado cuerpo de milicianos que en los últimos días ha vuelto a aterrorizar las calles.
No era un eslogan nuevo, se escucha en cada movimiento de protestas desde 2009 cuando la población iraní venció el miedo de señalar al Líder Supremo Ali Jamenei como responsable de sus problemas. La diferencia en esta ocasión es que los gritos no se concentraban en sectores geográficos específicos de la ciudad, ni tampoco eran exclusivos de un sector de la sociedad, como sucede en la mayoría de movilizaciones.
Una protesta diferente
Los gritos ahora se escuchan en cada rincón de Teherán, en el norte cosmopolita, en el sur empobrecido y religioso y en el Este de la clase media trabajadora venida a menos
Ya días antes había dejado de ser netamente una protesta de los comerciantes del bazar que el 28 de diciembre iniciaron estas nuevas movilizaciones como respuesta a la fluctuación del precio del dólar que alcanzaba entonces máximos históricos. Se les habían unido rápidamente las clases menos favorecidas, especialmente de ciudades medianas y pequeñas, hastiados por la situación económica, especialmente la inflación que supera el 51 por ciento desde diciembre de 2024 –“la comida y bebidas han experimentado el doble”, según explica el economista Saeed Laylaz.
Para Laylaz no son tanto las sanciones económicas, sino la corrupción, el mal manejo de la economía y el abandono de los pobres, lo que tiene el país en esta situación. Para entonces el “sistema” insistía que diferenciaba entre quienes pedían mejoras económicas, incluida la gente del bazar, y los que gritaban eslóganes en contra de la República Islámica en la calle, a quienes el Líder llamó “saboteadores” y se refirió a la intervención de los enemigos de Irán.
Esto aumentó aún más la rabia e indignación de muchos que apoyaron al sistema durante la guerra de los 12 días pero que han sido testigos de cómo la República Islámica no ha hecho nada por mejorar las condiciones de vida de los iraníes, especialmente de los más pobres, desde entonces. Si bien para entonces las protestas se habían esparcido por todo el país, incluido pueblos de los que nadie había oído hablar, la realidad es que muchos no se habían decidido a participar, especialmente la clase media acomodada o muchos jóvenes que en 2022 fueron testigos de la gran represión con la que las autoridades respondieron a las movilizaciones que siguieron a la muerte de Mahsa Amini, que murió después de ser detenida por la hoy desaparecida policía de la moral.
“El problema al que nos enfrentamos es a una falta de autoridad, no hay una oposición que pueda tomar las riendas si el sistema cae”, le decía un hombre de 60 años al dueño de una tienda de productos importados el pasado viernes. Estaba impresionado por el tamaño de las protestas del día anterior. Su interlocutor le aseguraba que habían alternativas, incluido Reza Pahlavi, “ahora la gente iraní estará más alerta sobre quién toma el poder, no actuará con pasión como Jomeini”, le explicaba el dueño de la tienda.
El hombre de 60 años no parecía muy convencido. El sentimiento general era contradictorio pues, si bien muchos no habían salido a la calle durante los primeros 12 días de protestas, parecía haber un consenso general de que estaban presenciando el fin de la República Islámica. “Es ahora o nunca lo lograremos”, explicaba Hassan, un hombre que trabaja en un almacén de productos de viaje en el centro.
Optimismo en la calle
“Es ahora o nunca lo
lograremos”, explicaba Hassan, un hombre que trabaja en un almacén de productos
de viaje en el centro
“Esto ya se acabó, la gente no aguanta más”, explicaba Ali, un ingeniero que cuenta que tiene dos trabajos para poder llegar a fin de mes. Ali cuenta que es de Lorestán, una de las regiones más bonitas pero a la vez más pobres y abandonadas por el Estado, donde se han visto algunas de las mayores protestas. Y también una de las regiones donde se han visto mayores enfrentamientos, según contaba el sábado 10 de enero Mohammed, un joven de 24 años, que vive en Teherán, pero su familia todavía reside en Khorramabad, la capital.
“Allí la gente no es como aquí, que corre cuando son atacados por la policía, allí se les enfrentan. Muchos pertenecen a tribus y tienen armas”, cuenta el joven a quien su familia le había informado por teléfono de que mucha gente había muerto la noche anterior.
Lorestán es una región con muchas particularidades pues debido a la pobreza muchos jóvenes ven en la Guardia Revolucionaria y el ejército como su única posibilidad de futuro. “Muchos de los que reprimen en las calles de Teherán son de allí”, dice. Lo mismo le habían contado a esta corresponsal en Khorramabad cuando la visitó el año pasado.
El lunes el sentimiento era de desconcierto. La represión había alejado a muchos de las calles y la expectativa estaba ahora en lo que pudiera hacer Trump, que había prometido actuar si las autoridades mataban gente; los que apoyan las protestas siguen las televisiones que emiten en farsi desde el extrajero en busca de una noticia que les de esperanza.
La tensión y expectativa es grande, pero también el dolor y la impotencia. Muchos conocen a alguien que ha muerto; muchos tienen familias en el extranjero con las que no pueden hablar desde el jueves. Los que siguen el sistema sienten que son objetivo de los “terroristas”. Muchos temen una guerra. Especialmente una guerra civil.
Por CATALINA GÓMEZ ÁNGEL/La Vanguardia




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