El Ciclo del Poder

El mundo se divide entre los buenos y los malos, los tibios y los sabios.

​Por un lado, los "buenos": los que están en el poder, pero que antes fueron oposición; o aquellos que todos creen que son buenos porque aún no se han percatado de que, en realidad, son malos.

​Del otro lado, los "malos": esos que antes estuvieron en el poder, al que llegaron porque todos creían que eran los buenos. Sin embargo, aunque tarde, la gente ya sabe que no lo son.

​En medio y debajo están los que siempre se han creído el cuento de las "manos limpias" o el de "una vez más, por necesidad".

​Son los que confían en que "soplarán los vientos", en "continuar lo que está bien y corregir lo que está mal", o se aferran al "manos a la obra", al "¡Se van, se van!", al "famoso cambio" o siguen esperando que "lo mejor está por venir".

​Allá, sentado en las gradas, están los mayores cómplices: los tibios. Los que se mantienen al margen y no se deciden, pero con su ausencia lo hacen, y terminan igual de afectados.

​Mientras tanto, en las torres, están los sabios: los que conocen el negocio. Son los que invierten y patrocinan a las tropas que enarbolan banderas y consignas de un bienestar que supuestamente sustituirá la miseria por el progreso esperado.

​Con gestos burlones y cínicos, esos "sabios" se ríen a carcajadas. Al final, la abundancia se queda en su redil, como un manjar a su antojo y sin temor a nada.

​Han comprado principios y honores de aquellos que no se atreven a hablar en voz alta, porque en sus palabras se delataría su desvergüenza y su moral perdida.

​Resulta, después de todo, un mal negocio en el que solo pierde la gente, el pueblo.

Con Dios siempre, a sus pies.



Por LEONARDO CABRERA DÍAZ 



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