Presidente Trump lee la Biblia desde el Despacho Oval tras sus ataques al Papa y participa con mensaje grabado en lectura continuada durante una semana Sagradas Escrituras
WASHINGTON (22 Abril 2026).- El presidente Donald Trump derribó el martes un poco más la barrera que tradicionalmente ha separado Iglesia y Estado en Estados Unidos con la lectura desde el Despacho Oval de un pasaje de la Biblia, grabado para su retransmisión en un maratón llamado America Reads the Bible (Estados Unidos lee la Biblia). Se trata de un evento en el que están convocados medio millar de oradores, entre ellos, varios miembros del Gabinete, para, desde el domingo pasado, leer el libro sagrado del cristianismo de principio a fin.
La participación de Trump llega tras los ataques
cruzados con el papa León XIV por las críticas de este al belicismo de
Washington, y poco más de una semana después de que aquel difundiera en su red
social, Truth, una imagen fabricada con inteligencia artificial en la que
aparecía caracterizado como Jesucristo. En ella, se le veía sanando a un hombre
mientras ángeles y cazas del Ejército sobrevolaban su cabeza, tocada por un
aura. Ese gesto, considerado sacrílego por amplios sectores del catolicismo
estadounidense, provocó tanto revuelo que el republicano retiró la imagen pocas
horas después, antes de dar la excusa poco creíble de que, donde otros
identificaban al hijo de Dios, él veía a un “médico”.
Ambos episodios, el enfrentamiento con el primer papa
estadounidense de la historia y la provocación de presentarse como el Mesías,
le han valido una crisis entre sus votantes cristianos y, especialmente, entre
los católicos, que lo apoyaron mayoritariamente en las tres elecciones
presidenciales en las que ha participado.
La lectura continuada de la Biblia se está llevando a
cabo en el pequeño teatro del último piso del Museo de la Biblia, una
institución privada de Washington dedicada al mensaje y las vicisitudes de la
difusión a lo largo de los siglos del “libro más influyente de la historia”
para una audiencia que participa con entusiasmo en un recorrido que mezcla la
última tecnología y efectos especiales con divulgación arqueológica e histórica
y cierto rigor científico.
Estos días puede verse en ese museo, cuya inversión
inicial de 500 millones de dólares corrió a cargo del magnate Steve Green,
cristiano evangélico y propietario de una cadena de tiendas de bricolaje y
decoración, una exposición con fragmentos de los Rollos del Mar Muerto.
Trump visitó el centro el pasado mes de septiembre
para dirigir una reunión de la Comisión para la Libertad Religiosa, que creó él
mismo por decreto. Antes, fundó la Oficina de la Fe de la Casa Blanca, al
frente de la cual puso a Paula White-Cain, una fanática telepredicadora que
comparó en Semana Santa al presidente con Jesucristo, porque ambos, dijo,
fueron “traicionados y acusados falsamente”.
Trump escogió un pasaje del Antiguo Testamento,
concretamente, del Segundo Libro de los Reyes (7:11-22). Es la parte en la que
Salomón acaba de terminar tras 20 años la construcción de su templo y Dios le
advierte de que si el pueblo de Israel deja de adorarlo les despojará de la
tierra y el templo será destruido.
Es recurrente escucharlo en mítines de la ultraderecha en Estados Unidos como un ejemplo del ideario nacionalista cristiano, que defiende que este país fue fundado sobre esos valores y que estos deben seguir rigiendo su destino. Aunque fue inevitable pensar que el presidente, o quien sea que eligiera ese pasaje, también se decantó por él en honor al pasado de promotor inmobiliario del lector. O quién sabe si como un tributo a su obsesión por construir un gran salón de baile en la Casa Blanca que un juez le ha parado en los tribunales.
El de este martes es el último episodio de la
extravagante relación de Trump con la Biblia. Hombre de educación poco piadosa,
aprendió rápido cuando se presentó por primera vez en 2016 que necesitaba
cortejar a los votantes cristianos. Con ningún sector ha tenido tanto éxito
como con los evangélicos blancos conservadores, que lo han apoyado las tres
veces con más de un 80%, pese a que en varias ocasiones ha probado su
defectuoso conocimiento del que a menudo define como su “libro favorito”, que
también ha sabido convertir en un negocio: en 2024, el entonces candidato
republicano lanzó una versión −God Bless the USA, Dios bendiga a Estados Unidos−
al precio de 59,99 dólares.
Fue así cuando citó mal en un mitin en una universidad
evangélica en el que prometió defender el cristianismo, por más que eso resulte
“políticamente incorrecto”, un libro del Nuevo Testamento (dijo “two
Corinthians”, cuando lo correcto es “second Corinthians”; en español, la
segunda Epístola a los Corintios). Al final de su primera presidencia recibió
críticas por posar para la foto con una Biblia ante la histórica iglesia de San
Juan, al lado de la Casa Blanca, dañada por el fuego durante las protestas en
Washington por el asesinato del afroamericano George Floyd a manos de un
policía blanco de Minneapolis.
Tal vez para evitarse sorpresas, el presidente fue más
breve que el resto de los oradores: leyó pasadas las 18:30 (hora local, seis
más en la España peninsular), durante poco más de dos minutos. Lo hizo sentado
tras la resolute desk y con semblante serio, mientras la cámara alternaba un
plano frontal con otro ladeado, tomado desde su derecha. Además de para los
presentes en el teatro, que pagaron una entrada que se anunciaba de 53 dólares
(15, con descuento), recitó para quienes se registraron gratis en la web de la
organizadora del acto.
Cristianos
comprometidos
Se trata de una entidad llamada Christians Engaged
(Cristianos Comprometidos). Se define como una “organización sin ánimo de lucro
dedicada al fomento en los estadounidenses de la cosmovisión bíblica y en sus
responsabilidades como ciudadanos que rezan, votan y participan activamente por
el bienestar de la nación”. La iniciativa, con motivo de la celebración del
250º aniversario de la declaración de independencia de los ingleses, que se
celebra el próximo 4 de julio, aspira a incitar a “estadounidenses de todos los
orígenes a regresar al fundamento espiritual” que, afirman, ha servido para
“forjar” la identidad del país: “la Palabra de Dios”.
El domingo pasado, las voluntarias repartían biblias
gratuitas a los asistentes de entre las mil donadas por la organización One
Million One Year Bible, consagrada a la difusión en Estados Unidos de las
sagradas escrituras. Mientras, el actor Nathan Gamble leía en el interior de un
teatro prácticamente vacío un pasaje del Éxodo. Intérprete infantil de cierta
fama, Gamble abrazó el cristianismo para superar la “soledad y la depresión” de
la vida en Hollywood.
El actor no es el único famoso en participar en la
lectura de la Biblia, que continuará hasta el próximo domingo. Horas antes,
había sido el turno del presidente de la Cámara de Representantes, Mike
Johnson, y a ese escenario se han subido o se subirán los secretarios de
Agricultura, Transporte, Desarrollo de la Vivienda o de los Asuntos de los
Veteranos, además de los de Estado, el católico Marco Rubio, y de Defensa, Pete
Hegseth, que se presenta al mundo como un nacionalista cristiano y lleva
semanas vendiendo la guerra contra Irán como una “guerra santa”.
Este último protagonizó un bochornoso episodio la
semana pasada cuando en un servicio religioso en el Pentágono recitó un pasaje
que creyó extraído de la Biblia, pero que era en realidad un monólogo de Samuel
L. Jackson en Pulp Fiction. Este próximo sábado, que es cuando le toca, no está
previsto que lea un texto de Quentin Tarantino, guionista de aquella película, sino
una parte de la Epístola a los Romanos, sexto libro del Nuevo Testamento.
Por IKER
SEISDEDOS/El País



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