Cuevas del Pomier: la batalla para que una de las memorias más antiguas del Caribe no se destruya por la minería
SAN CRISTÓBAL, República Dominicana (8 Julio 2026).- La primera vez que el arqueólogo y espeleólogo dominicano Domingo Abreu entró a las Cuevas del Pomier fue en 1976. Había participado en un curso de espeleología organizado por el Museo del Hombre Dominicano y viajó a la provincia de San Cristóbal, al sur de República Dominicana, para una práctica de campo. Lo que encontró lo acompañó durante el resto de su vida.
Las paredes de las cavernas estaban cubiertas de figuras humanas, aves, peces, murciélagos, símbolos geométricos y seres espirituales trazados siglos antes por los antiguos habitantes de las Antillas. Pero también había otra imagen: alrededor de las cuevas operaban numerosas canteras de piedra caliza. “Lo primero que se veía era un paisaje deteriorado por la minería”, recuerda. Casi medio siglo después, Abreu sigue regresando, convencido de que El Pomier es uno de los lugares “más extraordinarios del Caribe”. Por eso lo defiende: para que se conserve y se estudie.
“Las Cuevas del Pomier constituyen la mayor concentración conocida de arte rupestre aborigen de las Antillas”, dice. El complejo está formado por unas 58 cuevas distribuidas en un paisaje kárstico (de formación caliza) que conserva más de 6.000 pictografías y alrededor de 500 petroglifos realizados durante aproximadamente 2.000 años por distintos grupos indígenas.

Los arqueólogos han encontrado, además, fragmentos cerámicos, herramientas, restos óseos y otros depósitos culturales que permiten reconstruir parte de la vida cotidiana, ceremonial y espiritual de los antiguos habitantes del Caribe. Pero hoy, seis de las cuevas han sido destruidas por la actividad extractiva minera.
Para el espeleólogo e investigador cubano Racso Fernández Ortega, especialista en arte rupestre caribeño, el valor de El Pomier va mucho más allá de sus pinturas y grabados. “Lo que hace excepcional al sitio es el paisaje que rodea las cuevas, un entorno que convirtió estos espacios en centros ceremoniales para los antiguos habitantes de las Antillas”, explica. “Lo que está en juego son evidencias imprescindibles para entender la historia temprana del Caribe y sus pobladores”.
Inicio de una lucha
Mucho antes de que aparecieran los arqueólogos, los niños de la comunidad del paraje El Pomier ya recorrían aquellas cavernas. José Corporán era uno de ellos. Entraba a las cuevas para jugar a las escondidas junto a sus hermanos y amigos. “Veíamos los dibujitos, pero no sabíamos lo que significaban ni quiénes los pintaron”, recuerda.
Las cosas cambiaron en la década de 1970, cuando una empresa minera comenzó a perforar una de las cuevas. Un grupo de jóvenes de la comunidad decidió entrar para impedir que fuera dinamitada y esa acción improvisada atrajo a las autoridades del Museo del Hombre Dominicano, quienes visualizaron el inicio de una lucha que continúa hasta hoy.
“Cuando llegaron los científicos fue que entendimos lo que teníamos”, asegura Corporán, ahora de 64 años y con una vida dedicada a proteger las cuevas. Para él, este conjunto cavernario trasciende su valor como herencia arqueológica; constituye el corazón hídrico de la región y la promesa de un sustento sostenible. “La explotación minera tiene fecha de caducidad, pero las cuevas pueden perdurar eternamente como un referente para el turismo”, reflexiona.
Johanna Corporán también recuerda que tenía apenas 13 años cuando descendió por primera vez a una cueva vertical, La Scarlett, de casi 100 metros de profundidad. Fue una experiencia que cambió el rumbo de su vida. Ahora, con 33 años, es espeleóloga. “Las cuevas son algo sagrado. Cada vez que desciendo, el tiempo se detiene. No siento hambre, no tengo estrés”, dice. En la zona la conocen como la guardiana de la Reserva Antropológica Cuevas del Borbón o Pomier.
“Hemos podido lograr que la mayoría de las mineras se vayan”, recuerda. “Pero aún convivimos con dos. Además, está el polvillo de la trituradora que nos enferma los pulmones y convivimos con nuestros acuíferos contaminados como es la Toma de San Cristóbal [sistema acuífero subterráneo y balneario del mismo nombre] y las cuevas constantemente amenazadas”, reclama.
Una historia de amenazas
Cuando el biólogo y diplomático británico Robert Hermann Schomburgk documentó por primera vez las cavidades del sistema kárstico en 1849, el paisaje permanecía prácticamente intacto. Más de un siglo después, la expansión de la minería transformó gran parte de la zona.
Durante décadas, llegaron a operar alrededor de 14 mineras de extracción de piedra caliza. En la actualidad, las únicas que permanecen en el territorio son: Dominicana de Cales (Docalsa) e Industrias Gat, S., ambas sujetas ahora a procesos de remediación ambiental aprobados por el Ministerio de Medio Ambiente para mitigar y restaurar los impactos provocados por décadas de actividad extractiva.

Según estudios dirigidos por el geólogo e hidrogeólogo estadounidense George Veni en 2024, varias cuevas fueron destruidas y otras sufrieron daños severos durante décadas de explotación de piedra caliza. Corporán asegura haber visto desaparecer algunas de ellas, como la cueva del Tándem. “Hoy permanece sepultada, cubierta por toneladas de acopio a causa de los supuestos trabajos de remediación”, denuncia.
Francisco Aponte, vocero de la minera Docalsa, explica a EL PAÍS que la empresa nunca tuvo información sobre la existencia de la cueva presuntamente soterrada y que la empresa ha respetado las limitaciones establecidas por el Estado. Asegura que los trabajos actuales corresponden exclusivamente al programa de remediación ambiental aprobado por las autoridades.
“Las intervenciones buscan estabilizar antiguas áreas mineras, evitar la erosión y recuperar terrenos degradados mediante la construcción de taludes artificiales y reforestación, sin utilizar explosivos ni desarrollar nuevas explotaciones en el área de amortiguamiento”, defiende Aponte.
Mientras, el presidente de Industrias GAT, Carlos Taveras, sostuvo en entrevista con El PAÍS que la empresa no extrae piedra caliza en el área protegida desde 2015 y que, desde entonces, realiza labores de remediación ambiental por iniciativa propia, independientemente de la autorización que actualmente posee del Ministerio de Medio Ambiente para ejecutar esos trabajos. También informó que Industrias GAT interpuso una demanda contra el Estado, junto con un socio europeo cuya identidad no reveló, al considerar que los cambios regulatorios se adoptaron sin la debida notificación y proceso.
Pero para la espeleóloga Corporán, la remediación, prevista a finalizar en el 2030, busca ocultar “la destrucción” que han hecho durante décadas y perpetuar la permanencia de la minera en el lugar, declarado área protegida por decreto presidencial en 1993.

La preocupación por los presuntos daños denunciados en la cueva del Tándem motivó una inspección de la Procuraduría Especializada para la Defensa del Medio Ambiente y los Recursos Naturales (Proedemaren) el año pasado. “En la cueva del Tándem hay petroglifos en cuadrados y rectángulos, algo que no se ve en ninguna de las demás”, señala Abreu, quien recomienda la recuperación de la misma.
Aunque la extracción minera fue prohibida en 2009 dentro del área protegida, la planta industrial de Docalsa continúa operando en el área de amortiguamiento, donde procesa carbonato de calcio procedente de otras concesiones autorizadas y ejecuta las labores de remediación ambiental. Los ambientalistas denuncian que tanto la operación de estas plantas, que incluye el movimiento de material acopiado y el funcionamiento de maquinaria, como las actividades asociadas a la remediación, siguen generando impactos en las cuevas.
En la Cueva el Puente, la luz solar ilumina un cemí tallado y otras representaciones rupestres solo durante los solsticios de verano e invierno. Sin embargo, la atmósfera de este santuario precolombino se ve alterada por el ruido constante de las retroexcavadoras de la minera que operan en las inmediaciones.
“Las emisiones gaseosas afectan las poblaciones de murciélagos y a las pictografías de la cueva número cuatro”, afirma Abreu. “Durante una evaluación realizada por la comisión técnica de la Universidad Politécnica de Valencia, el año pasado, se recolectaron muestras de acumulaciones negruzcas nunca antes vistas sobre las estalactitas, de cuyos análisis aún se esperan resultados”.
Carlos Augusto Batista, viceministro de Áreas Protegidas y Biodiversidad del Ministerio de Medio Ambiente, confirma que las labores actuales de las mineras en la zona buscan corregir daños acumulados durante décadas y se realizan bajo supervisión estatal, “con prohibición expresa del uso de explosivos”. Asegura que el deterioro de la cueva del Tándem ya había sido registrado en el estudio del doctor Veni y no se debe a las operaciones de remediación ambiental.

Desde la Comisión Presidencial para las Cuevas del Borbón o Pomier, también dicen que no se les incluyó en el diseño del plan de remediación. Santiago Camarena, vocero de la entidad que se creó en 2025 mediante un decreto señaló que, tras las denuncias, contrataron expertos independientes para evaluar la situación.
Un momento decisivo
La controversia ocurre en un momento singular para El Pomier. Del 12 al 22 de julio, República Dominicana acogerá el Congreso Internacional de Arqueología del Caribe, que reunirá a investigadores de toda la región. Al mismo tiempo, el Senado dominicano acaba de aprobar una iniciativa que declara la Reserva Antropológica Cuevas del Borbón o Pomier como la Capital Rupestre de República Dominicana. Mientras tanto, expertos nacionales e internacionales continúan trabajando para fortalecer la candidatura del sitio dentro de los mecanismos de reconocimiento patrimonial de la UNESCO, impulsada por el presidente Luis Abinader.
María José Viñals, experta en gestión patrimonial de la Universidad Politécnica de Valencia, visitó El Pomier el año pasado como parte de una misión técnica vinculada a esta candidatura ante la UNESCO. Tras la inspección, destacó el “valor histórico incalculable” del sitio y advirtió que su principal desafío será garantizar una gestión y protección efectivas.
Después de casi cincuenta años recorriendo las cuevas, Abreu todavía se sorprende ante la reacción de quienes las visitan por primera vez: silencio y asombro. En ese tiempo ha visto desaparecer cavernas y surgir nuevas amenazas, pero también cómo un lugar considerado durante décadas una cantera minera empieza a ser reconocido como uno de los paisajes arqueológicos más importantes del Caribe. “Ahora la gente está empezando a entender lo que tenemos aquí”, afirma.
Por KENNY CABRERA Y NATALIA ROMERO/El País


No hay comentarios.: