MELBOURNE, Australia.- Novak Djokovic ya tiene el ‘hat trick’ en Australia.
Ningún tenista en la era profesional había logrado encadenar tres títulos
consecutivos en Melbourne, algo que suscribió el número uno del mundo al
imponerse a Andy Murray por 6-7 (2), 7-6 (4), 6-3 y 6-2, en tres horas y 40
minutos. Sólo Jack Crawford (193-33) y Roy Emerson (1963-63) sumaron tres
entorchados seguidos en este torneo, que encumbra al serbio por cuarta vez,
dado que también ganó en 2008.
Ya es tetracampeón, como Roger Federer y Andre
Agassi, los únicos que también lo consiguieron en la ‘era Open’. Es su sexto
'grande', el 35º título de su carrera. Ausente Nadal, que reaparecerá el día 6
en el torneo de Viña del Mar, y pese al indudable crecimiento de su dignísimo
rival de hoy y la crepuscular resistencia de Roger Federer, Djokovic empieza el
curso del mismo modo que lo concluyó. Con el triunfo en la Copa Masters de
Londres recuperó el número uno del mundo. Ahora ratifica todo su poder en la
competición donde inauguró una ya lustrosa lista de ‘majors’.
La final venía prologada por una longitud
considerable en sus enfrentamientos inmediatos. El Djokovic-Murray, además de
un clásico, es por naturaleza un partido de largo aliento, una confrontación
muy táctica que por momentos corre el riesgo de devenir tediosa, dado lo mucho
que saben el uno del otro, la tendencia mutua a contemporizar. Comparten ambos
un poder físico extraordinario, así como la capacidad de rescatar bolas de
lugares insospechados. Nole tuvo las tres primeras oportunidades de introducir
una brecha en el juego, cuatro bolas de ruptura que no supo convertir en el
séptimo juego del primer parcial.
A salvo de tal contingencia, el escocés sacó adelante
el primero de los desempates, auxiliado por un rival errático, que no
encontraba ‘timing’ en su derecha. Se topó Murray con un momento clave: 0-40 en
el primer ‘game’ del segundo parcial, con el balcánico titubeante, flirteando
con la lona. Tampoco convirtió el de Dunblane sus opciones de ruptura y pagó su
precio en un desempate que fue la culminación de un Djokovic mutado
progresivamente hacia un tenis más directo, con frecuentes apariciones por la
cinta.
Quedaba la duda de si al último campeón del Abierto
de Estados Unidos le pesarían los cinco sets frente a Federer en las
semifinales del viernes, mientras el defensor de la copa en Melbourne
descansaba de un plácido encuentro ante Ferrer. Pero Murray parecía de acero,
un jugador construido a la medida de los tiempos, listo para cualquier batalla
desde esos pies que cuida con unas aparatosas prótesis a la altura de los
tobillos, hasta una cabeza mejor armada desde que conquistó en Nueva York su
primer grande, poco después de llevarse ante Federer el oro olímpico.
Ni la brutal temperatura ni la intensidad de los
intercambios provocaron gran mella en los protagonistas, los mismos que se las
vieron hace un año en semifinales (cuatro horas y 50 minutos), el pasado otoño
en la final de Flushing Meadows (cuatro horas y 54 minutos) y en el declinar de
2012 a la caza del título en Shanghai (tres horas y 31 minutos, en tres sets).
Siempre confrontaciones proteicas, dilatadas, sin
apenas concesiones, con la respuesta integral a las demandas de situaciones
extremas.
Fue Djokovic el primero en romper, en el octavo
juego del tercer parcial, consecuencia del ritmo más vivo que adquirió la
final, con menos intercambios y el serbio mejor plantado, haciendo más lo que
sabe hacer como ningún otro. La grieta iba a ser determinante. Atendido en su
pie derecho tras el segundo set, Murray perdió fuelle y se vio arrastrado por
un vendaval incontenible. El serbio rompió en el tercero de cuarto parcial y
partió como un tiro a por la copa tras la doble falta con que Murray quedó 4-1 en
el cuarto set. Nada iba a ser capaz de detenerle.


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