LOS ANGELES.- Las pruebas del caótico final de
Michael Jackson parecen no acabarse nunca. Cuatro años después de su muerte por
una sobredosis de propofol han visto la luz nuevas imágenes del dormitorio del
'rey del pop', fotos en las que aparecen frascos vacíos de medicamentos,
bombonas de oxígeno y todo tipo de material médico.
No sólo hay evidencia médica, sino del tipo que la
promotora de conciertos AEG anunció que presentaría en el juicio por su muerte
que se celebra en Los Angeles, demostrando el caos y excentricidad que rodeaba
al intérprete de 'Thriller'. Se trata de fotos de bebés que tenía sobre una
cómoda con espejo cerca de su cama, imágenes habituales en farmacias de
pequeños sonrientes junto a lo que parece un homenaje a Charlie Chaplin.
Es una de las formas de defenderse de la acusaciones
que pesan contra AEG, sentado en el banquillo de los acusados tras la demanda
de Katherine Jackson y dos de sus nietos (Prince y Paris) por negligencia. Les
vinculan directamente con la muerte de la estrella el 25 de junio de 2009.
En otras cosas, les acusan de haber contratado a
Conrad Murray, el médico responsable de la letal inyección, y de haber manejado
con torpeza y falta de profesionalidad esa relación que desembocó en un trágico
final.
Los Jackson alegan que AEG quería controlar la salud del cantante para
asegurarse de que nada salía mal de cara a la gira de conciertos en Londres,
previstos por el 02 Arena de la capital británico en verano de 2009. El juicio
aún podría tardar semanas en llegar a término, con la alargada sombra de los
4.000 millones de dólares que tendrá que pagar AEG si es declarado culpable.
Las nuevas pruebas refuerzan lo expresado por
ejecutivos de la promotora en diversos correos electrónicos, su preocupación
por la clase de tratamiento que estaba reciendo Jackson en su mansión de Holmby
Hills, un lujoso barrio de Los Angeles. Desde su bancada insisten en que no
tuvieron nada que ver con la contratación de Murray, condenado a cuatro años de
cárcel por homicidio involuntario.
Por
PABLO SCARPELLINI/El Mundo


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