¡Con asiento en Madrid!

De cientos de correspondencias que recibo cada día, prefiero quedarme con aquellas que aportan algo, así sean críticas por las cosas que digo... O que callo, que casi siempre son mucho más.

Me he acostumbrado a tener siempre repleto el zafacón digital. Y ya hasta soy capaz de distinguir al vuelo el aporte del insulto que llega sutilmente enmascarado en aparente derecho a réplica.

Por lo general trato de evadir la camorra, en la mejor aplicación del término, convencido de que la verdad es sólo una y siempre se impone a la descalificación y a la mentira.

Ese decálogo de comportamiento ético, que sigue más allá de lo entendible, es lo que me ha creado la coraza para recibir, sin inmutarme siquiera, todos los infundios, envidias, celos y malquerencias de los filibusteros del periodismo o de los grupos de farsantes de la “sociedad civil” que encaro cada día con las cosas que escribo.

Tengo por hábito no responder necedades, pero me animo hoy a tocar el tema porque una distinguida e inteligente amiga me ha escrito para decirme que no entiende cómo si soy “embajador en España con asiento en Santo Domingo” --según escribió en estos días un inestable periodista--, nadie me ve en el país, ni voy a mis programas y no hago vida social a pesar de mi soltería...”

Pero la respuesta es sencilla... Es que soy embajador dominicano con asiento en Madrid, donde resido, y sólo voy a mi país muy ocasionalmente, cuando soy llamado por el Presidente o por la Cancillería para tratar asuntos oficiales, y mis visitas son de apenas algunos días.

Como la última vez, hace tres semanas, que fui a ver al presidente Medina, pasé sólo tres días allá y regresé de inmediato a cumplir con mis obligaciones en España.

¡Pero miente... miente!

En unas cuantas semanas estaré cumpliendo ocho años en el servicio exterior, y fuera de los meses que mediaron entre mi paso de la Embajada de Chile a la Embajada de España, nunca he permanecido por más de un mes en la República Dominicana.

Y en todos los casos ha sido por circunstancias muy especiales vinculadas a mi condición de conductor de programas de radio y televisión de alto rating, coincidiendo con las semanas previas a las elecciones nacionales de 2008 y 2012. Lo que me hace ver que mi presencia en esos momentos se ha sentido.

Pero como la mentira se ha convertido en moneda corriente en ese sector de la prensa pepehachista que accede a los medios de comunicación, lo más fácil es sumarse al coro de la mentira y decir que vivo en Santo Domingo, algo que ciertamente estoy añorando después de ocho años de “exilio emocional”.

La última vez que me incorporé por unos días a mis programas de televisión fue en diciembre del año pasado, hace ya seis meses, precisamente cuando esos grupos chillaban contra el gobierno entonces bisoño de Danilo Medina, a quien querían comerse vivo con sus turbamultas callejeras.

¡Viajé al país porque me lo pidió el Presidente!

Fui por una semana a la televisión y los desenmascaré, mostré las pruebas de lo que se ocultaba detrás de las turbas y los cité a uno por uno por sus nombres, con su organigrama de mando, sus fuentes de financiamiento y los periodistas, los medios y los empresarios que los alentaban y les daban respaldo.

No estoy... Pero estaré

No estoy todavía en Santo Domingo porque aún no he concluido como embajador en España. Mis artículos diarios para esta columna y para “... La Tecla” dominical, los escribo desde Madrid, sin desmedro de mis funciones diplomáticas.

Quienes me conocen saben bien que mi pasión es escribir, y los que me quieren dicen que no lo hago del todo mal. De tanto oírlo, hasta yo me lo estoy creyendo. De hecho, ese es mi origen como periodista, la prensa escrita.

La televisión fue un feliz invento que, a juzgar por los resultados, tampoco se me va muy mal, a pesar de la caradura, la cabeza despoblada y del volátil temperamento que pone los espejuelos a volar por los aires como pancracista en encordado.

Por eso aquellas palabras, duras pero espontáneas y sinceras, contra un amigo querido de muchos años, Danilo Medina, por enviarme con Luisín Mejía un recado irrespetuoso e infeliz... No me arrepiento de nada, fue producto de un momento de ira cónsono con mi personalidad sincera y franca... ¡Y ya está!

La verdadera amistad se expresó después, cuando él la necesitó... Y estuve a su lado. Como lo estoy ahora.


¡El resto... chisme de envidiosos!




Por CÉSAR MEDINA
El autor es periodista

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