NUEVA YORK (8 Mayo 2014).- Combinar la labor de ser
madre con un trabajo a tiempo completo es una de las tareas más duras que
existen. Las madres latinas empleadas de la Ciudad de Nueva York, sin embargo,
no ven recompensado ese esfuerzo, ya que ganan casi la mitad de dinero que los
padres hispanos, según revela un nuevo reporte.
Un latino con hijos ingresa US$30,000 de media al año,
frente a los US$17,000 que gana una madre hispana, de acuerdo con un informe
elaborado por el Graduate Center y el Centro de Estudios Latinoamericanos,
Caribeños y Latinos (CLACLS) de CUNY, que se publicará la semana que viene.
Estas diferencias se mantienen aún cuando se
comparan madres y padres latinos con un nivel de educación similar.
"Me parece muy injusto y discriminatorio que
nosotras ganemos menos que ellos", dijo Gladys Fernández (39), una
puertorriqueña que trabaja de dependienta en una tienda de bagels, en Brooklyn,
y tiene una hija de un año. "Mi esposo está, ahora mismo, desempleado y
dependemos solo de mi salario, pero, aunque él intenta ayudar, la que cuida de
la niña muchas veces sigo siendo yo, ya que hay cosas que sólo sabe hacer una
madre".
El desnivel es precisamente bastante más pronunciado
entre los puertorriqueños, el mayor grupo latino de Nueva York. Los hombres
boricuas con hijos ganan más del doble al año (US$37,000) que las mujeres en la
misma condición (US$14,000).
Esta tremenda desigualdad se extiende también a
otros grupos étnicos, aunque en menor medida.
La activista comunitaria Natalia Aristizábal,
miembro de Make the Road New York, apunta al "concepto patriarcal que aún
existe entre la comunidad latina neoyorquina" como uno de los factores.
"El hombre hispano necesita saber que contribuye
más que su pareja para sentirse bien consigo mismo", señaló Aristizábal.
"Además, las mujeres latinas le otorgan una importancia fundamental al
cuidado de sus hijos y eso, por desgracia, tiene poco valor en el mercado
laboral".
Supermamás: activistas y trabajadoras
Diana Mejía (48), fundadora de Viento del Espíritu,
define su papel de madre y activista por los derechos de los inmigrantes como
un reto al que se enfrenta diariamente: “Cuando se tiene hijos la perspectiva
de vida cambia. Los niños escuchan y, por una parte, los vuelve sensibles a las
injusticias; pero, por otro, los angustia, porque mi hija no entiende hechos
como las redadas que conduce inmigración”.
Ana María Archila (35), codirectora de la
organización proinmigrante Centro de la Democracia Popular, quiere inculcar los
mismos valores por los que lucha a su hija de dos años: “Quiero que mi niña
crezca aprendiendo el valor de amar y apreciar a la gente, y el privilegio de
ser parte de una comunidad que lucha junta por mejorar. Me acompaña a protestas
desde que tenía un mes, y el otro día, mientras iba en su sillita, empezó a
cantar ‘¡sí se puede! ¡sí se puede!’.
María Luisa Fretell (40) es una empleada de limpieza
que trabaja todos los días para ayudar a sus tres hijos, que viven en Perú y a
los que nos ve desde hace 10 años. Su poco tiempo libre lo dedica a colaborar
con la organización NICE para educar a otras limpiadoras sobre sus derechos
laborales: “Aunque los tenga lejos, mi primera prioridad es hablar por teléfono
con mis hijos todos los días. La pequeña todavía me pregunta qué cuando vuelvo,
pero yo les digo que me tengo que quedar aquí para que ellos no tengan una vida
como la mía”.
Gladys Puglia (50) comenzó a colaborar con la
organización Make the Road New York después de ser víctima de hostigamiento por
parte de su casero para que desalojase su apartamento de renta baja en
Bushwick, Brooklyn. Ahora enseña a otros inquilinos como proteger sus derechos:
“A mis tres hijos les quiero pasar el legado de que nunca hay que dejar de pelear
contra la injusticia”.
Nadia Marín (44), miembro de la Red Nacional de
Jornaleros, describe su papel de mamá de un varón de 13 años como el de otras
madres: “Tengo los mismos retos que otras mujeres. Uno de los inconvenientes es
que, en los trabajos organizativos, no tenemos horario y lo mismo hay que
trabajar por las noches que un fin de semana. A veces la llevo conmigo y me
gusta porque tengo la esperanza que cuando crezca, esta experiencia le va a
servir para el futuro”.
Fuente
EL DIARIO LA PRENSA


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