SIDNEY, Australia (22 Junio 2014).-El exclusivo asfalto de Red Bull se transformó en un
nuevo jardín privado de Mercedes. Del intenso verde del bosque austriaco
emergió de nuevo el deslumbrante color plata, tras el paréntesis de Canadá.
Nico Rosberg, acomodado en su trono de líder del Mundial, lideró el sexto
doblete de la escudería germana, cuyo apetito no encuentra límites. Dejó por el
camino a los sorprendentes Williams, dueños de la primera línea de la parrilla,
y apenas se alteró cuando Lewis Hamilton, segundo, tras genial remontada desde
la novena plaza, asomó con ira y vientos de revancha. Nico ni se inmutó.
Simplemente dirigió su afilada flecha al centro de su cuarta diana del año para
seguir marcando su territorio frente a su volvánico socio. El tercer peldaño en
Austria fue para el Williams de Valtteri Bottas, en su primer gran día en la
Fórmula 1, con Felipe Massa lamentándose por el tesoro perdido. Mientras
Fernando Alonso apretaba los dientes para aparcar su Ferrari, quinto, en zona
de nadie. Sin nada que celebrar, sin mucho que lamentar.
La amenaza de Williams apenas duró 15 vueltas.
Tampoco necesitaron mucho más los Mercedes para sofocar la inesperada rebelión
de regreso a Europa. Felipe Massa, dueño de la primera 'pole' del nuevo Red
Bull Ring, le puso ganas, empeño y concentración para conservar los privilegios
adquiridos el sábado. Volvía a sentirse importante y quiso aprovechar al máximo
su momento. Pero la alegría duró sólo 15 vueltas. Tras una arrancada sin
fisuras, con la cabeza bien alta pese a la presión asfixiante de Nico Rosberg,
su bólido blanco terminó entregándolo todo en los 'boxes'. En la primera
parada, el líder del campeonato, que no bajó los brazos un instante desde que
se pagase el semáforo, terminó devorando a su rival. Erró la escudería
británica con una lenta parada y la estrella del brasileño se apagó, hasta el
punto de que Lewis Hamilton e incluso su compañero Bottas lo descabalgaron de
la batalla por el podio.
Ese chispazo en los garajes transformó el color de
la carrera. El blanco Williams dejó paso al plata Mercedes. Clásico decorado de
fondo esta temporada. Y eso que Sergio Pérez, con una estrategia distinta, sacó
los codos durante otros 12 giros para retrasar el inevitable ascenso de
Rosberg. El alemán, con las gomas más frescas, tomaría el mando en la vuelta 27
y no lo soltaría nunca más. Disfrutaban las flechas plateadas, sonreían, en
parte, los chicos Martini y lloraban, y mucho, los antiguos mandamases de la
Fórmula 1 y dueños del asfalto de Spielberg. Tras mil y un problemas mecánicos
y algún percance sobre la pista, Sebastian Vettel se veía obligado a abandonar
una cita marcada en rojo por Red Bull. Un duro golpe a la escudería austriaca,
que vio cómo su tetracampeón, en un curso gafado, sufría su tercer abandono del
año -Australia, Mónaco y Austria- y la revelación, Daniel Ricciardo, tenía que
conformarse con la octava posición.
Alonso, ajeno a la batalla
Ajeno a la fiesta, lejos de la batalla, volvió a
estar Fernando Alonso. Mientras los Mercedes recuperaban su sitio, él apretaba
los dientes por conservar su privilegiada posición en tierra de nadie. Sin una
mínima opción con los 'cuatro fantásticos', sin un solo aviso con las tímidas
hienas que llegaban por detrás. Su único sobresalto fue el mordisco de Lewis
Hamilton, embalado hacia la remontada, en la segunda vuelta. Quizás aquel mano
a mano con el Lotus Pastor Maldonado. Acaso ese efímero destello buscando el
alerón trasero de Massa, ya en la recta final. "Ha sido la mejor carrera
de todo el año. Al menos para mí. Los cuatro de delante eran
inalcanzables", admitía el asturiano tras cruzar la meta en quinta
posición, reduciendo la distancia en la general con Ricciardo a cuatro puntos.
Porque los focos del 'gran circo' volvieron a
centrarse en los deslumbrantes y vigorosos Mercedes. Entre ellos volvieron a
jugarse la partida en Austria, toda vez que Hamilton apartó a Bottas, ya en la
vuelta 42. Al finlandés le supo a infinito su primer podio, en el día más
grande de su corta carrera. Pero las dos 'flechas' recordaron al mundo que son
ellos quienes escriben a su antojo el guión de la temporada. Y Rosberg zanjó el
asunto con su cuarto zarpazo, dando otro portazo a su socio, que ahora parace
ser que nunca fue amigo. El alemán ya ha avisado que si gana el Mundial se
dejará bigote, en homenaje a su padre, Keke Rosberg, campeón en 1982. No
estaría demás que fuera haciendo alguna prueba delante del espejo, por si acaso
la idea no es tan buena.
Por
CARLOS GUISASOLA/El Mundo


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