MELBOURNE (1 Febrero 2015).- En Melbourne, Novak
Djokovic gana 7-6, 6-7, 6-3 y 6-0 ante Andy Murray su octavo título grande en
una final para el diván de los psicólogos. Dos espectadores invaden la central
del Abierto de Australia con 7-6 y 4-3, y todo cambia. Inmediatamente, ocho guardias
de seguridad rodean a los tenistas con la pesadilla del apuñalamiento de Monica
Seles en el recuerdo (1993).
Los
manifestantes, que también piden una Australia más abierta a acoger refugiados
con pancartas en la grada, son desalojados entre abucheos, y se reanuda el
pulso, hasta entonces dominado por el número uno. Murray, hasta ese momento
cabizbajo y superado por la responsabilidad, iguala un partido extremadamente
equilibrado en los datos, y aprieta al serbio. Nole, sin embargo, celebra 7-6,
6-7, 6-3 y 6-0 un quinto título australiano de récord... porque al británico,
más fresco, más rápido y más fuerte, le entra un ataque de vértigo cada vez que
se siente cerca de la victoria.
Porque solo el miedo, la tensión y el estrés
explican que con 4-2 en el tie-break de la primera manga pierda el parcial,
entregado en bandeja con una miríada de errores que incluye una volea franca en
5-5. Solo el terror a la derrota, además de las pulsaciones desbocadas por la
posibilidad del triunfo, pueden ayudar a entender que un tenista de su calidad
desperdicie break de ventaja en el arranque de la segunda y que luego mande
fuera un facilísimo pasante de revés en su primera bola de set. Solo esa mala
gestión de los diálogos internos, que tanto marcan en un deporte individual,
resume por qué Murray cae en la tercera manga, donde se adelanta 2-0, y por qué
va por detrás en un encuentro en el que Djokovic es atendido por el
fisioterapeuta de una herida en la mano derecha, para luego moverse con la
descoordinación y las caídas de un poseído por el baile de San Vito. Cuando
falla una bola de break con 3-4 en el tercer pacial, desaparece. No vuelve a
ganar un juego.
Se compite entre un frio otoñal, al que acompañan
los mordiscos del viento. A Murray le cuesta una barbaridad desbordar al
favorito, que se agarra a la línea de fondo y reparte el juego sin verse
exigido por los tiros del aspirante. Algo, en cualquier caso, no marcha en la
esquina del serbio, que llega al encuentro decisivo impulsado por el trampolín
de cuatro victorias seguidas frente a su contrario. Pese a que domina
claramente la estadística que decide los partidos entre los mejores, que es la
de los puntos ganados sobre segundo saque (66%), su actuación carece de la
consistencia que le distingue. Primero tiene que neutralizar tres bolas de
break. Luego, justo cuando saca por la primera manga, pierde la rotura que
tiene de ventaja. Siempre va por detrás en el desempate, hasta que Murray se
descompone.
El partido ha consumido ya 1h 12m solo en la primera
escaramuza. Para ganar la guerra el horizonte ya está puesto en más de cuatro
horas, y eso para Djokovic debería ser demasiado. Compite con un día menos de
descanso que Murray. Tras apurar los cinco sets en semifinales contra Stan
Wawrinka. Sin dejar en ningún momento la sensación de que le sobren piernas, al
contrario que a su rival, que parece desplazarse sobre ruedas. Para Murray es
un regalo que los dos primeros sets descuenten la barbaridad de 2h 32m. Más
cuando se pone por delante en la tercera.
Pero ahí se le viene el mundo encima. Se derrota a
sí mismo. No hace falta siquiera un Djokovic brillante. Basta con un Djokovic
sólido, que recolecta irremediablemente un error tras otro. A Murray, falto de
agresividad en el planteamiento, se le nubla la vista. Falla pelotas a media
pista impropias de su alcurnia. Compite con el brazo encogido, la garganta
anudada y el cerebro estresado. Pierde. Deja escapar una oportunidad única de
ganar su tercer grande. El premio es para Djokovic, que gana el octavo. Un
título sin brillo, ganado con oficio, sudor y desdoros del contrario.


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