CUBA CONMEMORA EL 110 ANIVERSARIO DE LA MUERTE DEL GENERAL MÁXIMO GÓMEZ BÁEZ
LA HABANA (17 Junio 2015).- El sábado 17 de junio de 1905, poco después de las
seis de la tarde, el doctor Pereda, médico asistente del General Máximo Gómez
Báez, víctima de una grave infección generalizada, interrumpió la aparente
calma de familiares y amigos que rodeaban al guerrero en su lecho para dar
certeza del fatal suceso. En la casona de 5ta. y D, en el Vedado, reinaban el
dolor y la angustia. La noticia se regó como pólvora: ¡el General ha muerto!
Pocos años antes, el Generalísimo había definido su
concepción sobre la muerte: “La muerte de un hombre, en realidad, no es nada
sorprendente ni poco ni mucho sensible a no ser por la falta que hace a la
sociedad, a quien se debe, y por el recuerdo amado de sus virtudes y hombría de
bien que deja entre los suyos con su eterna ausencia”.
Esa concepción del deber (se) con la sociedad
presenta un sustento humanista que explica su conducta, tanto en los campos
insurrectos como en los años que siguieron al fin de las hostilidades contra el
colonialismo español en Cuba. Para quien se autocalificó “revolucionario radical”, la esencia de su
lucha llevó impreso ese radicalismo. Como le expusiera en carta al General
villareño Francisco Carrillo, jamás aunque anduviera “con los fondillos
remendados”, tomaría parte en luchas de partidos políticos: “Yo pretendo ser
libertador de un pueblo esclavo, soy un soldado de la democracia al servicio de
un pueblo, pero no un instrumento que ayude a subir a ningún hombre al poder”.
Fue, sin dudas, libertador de un pueblo víctima del
coloniaje y la esclavitud. En su praxis, legó una extensa hoja de servicios y
un pensamiento político militar que asombró a conocedores del arte de la
guerra, dentro y fuera de la Isla antillana. Sin embargo, “el primero en
comprender el método de guerra que debíamos emplear” —como afirmó el joven
oficial Manuel Piedra Martel—, el estratega de las campañas invasoras al
occidente de Cuba durante el ciclo independentista, el artífice de campañas
militares como La Lanzadera y La Reforma, aquel que le ofreciera a Cuba su
brazo redentor “en lo más recio de la inmortal batalla”,** odió, sobre todas
las cosas, la guerra.
La guerra era solo el medio inevitable para la
ruptura con el dominio hispano. Al igual que José Martí, Antonio Maceo y los
exponentes más radicales del independentismo, concibió el proceso libertador
como de amplias y profundas transformaciones políticas y sociales. Desde Baní,
tierra natal en República Dominicana, comenzó a madurar ese pensamiento que lo
condujo a plantearse con el tiempo, sobre todo al calor del movimiento
independentista en Cuba, la tarea histórica de lo que denominó “revolución de
principios” o “revolución de los desheredados”.
En la extensa obra escrita del Generalísimo el
sentido de la justicia social, el decoro y la virtud humanos son transversales.
En textos literarios como El Viejo Eduá, El héroe de Palo Seco, Mi Escolta, El
sueño del guerrero, sus cortas piezas teatrales La fama y el olvido y Momentos
de ocio, así como el Diario de Campaña, el autor procura inmortalizar al hombre
común, fuera el soldado de fila, su asistente o el hábil práctico. Desde su
cargo de General en Jefe del Ejército Libertador durante la Guerra de 1895, no
encontró mejor término para calificarlos que el de “amigos”. Eran, al decir de
Martí, en alusión al sentido de la lucha de Gómez, “los que llevan en su
corazón desamparado el agua del desierto y la sal de la vida”.
Imposible, por tanto, dar por culminada la obra
iniciada por Carlos Manuel de Céspedes, el 10 de Octubre de 1868, si aquel
conglomerado, base social principal del Ejército Libertador y de las
transformaciones más radicales, permanecía preterido en el futuro escenario
poscolonial. De ahí sus declaraciones a Federico Henríquez y Carvajal tras
concluida las hostilidades en 1898: “Ahora lucho en un orden puramente moral”.
¿A qué se refería el viejo estratega? En su profuso epistolario, así como en
proclamas y consejos, se dedicó a orientar los pasos a seguir una vez concluida
“la más bárbara de las guerras”.
En primer orden se encontraba el trabajo, “bien
retribuido”, indispensable para la reconstrucción del país. La ocupación
militar de la Isla que sobrevino tras la firma del tratado de paz, rubricado en
París entre Estados Unidos y España el 10 de diciembre de 1898, incorporó a la
compleja problemática posbélica lo que Gómez definió como “el tercer elemento”,
incongruente con su ideal de “república independiente, libre, cordial y bien
ordenada”. El peligro del anexionismo parecía inminente. De ahí que en todos
sus proyectos, económicos, administrativos y militares, concebidos entre 1899 y
1902, contara como fuerza principal con los miembros de su disuelto Ejército
Libertador. He ahí el sentido de la carta dirigida al General Antonio Varona en
abril de 1899: “La mano fuerte de la disciplina se impone hoy más que nunca,
habiendo, como hay, absoluta necesidad de orden y estabilidad porque tenemos en
casa un poder extraño que estudia nuestros menores movimientos”.
Algunos lo tildaron de militarista cuando aconsejó
elegir a quienes procedían del ejército para las alcaldías municipales. Ciertamente,
el desinterés mostrado por el general Gómez al rechazar cualquier puesto
público y hasta la apetecida silla presidencial, “corona de espina”, como la
denominó, haría pensar a más de un detractor sobre la probidad del líder. No
obstante, prefirió responder en nota pública con fina y punzante ironía: “Y no
se me tenga miedo por estas ideas, que huelen a charretera, que como mi
compañero Salvador Cisneros, no me gusta el militarismo, solamente que
aquel lo decía en plena guerra, y yo lo digo ahora en las santas horas de la
Paz, cuando ella ha puesto silencio al ‘yo mando’, convirtiendo hoy en hombre
civil al que fue ayer hombre de espada”.
Y es que el Generalísimo no solo se preocupó por la
pronta retirada del gobierno de ocupación estadounidense, para evitar con ese
acto lo que denominó “el naufragio de la nave”, refiriéndose a la
anexión, sino que también le prestó
atención a la forma de gobierno que debía sobrevenir tras el cese de la
“injustificada tutela impuesta por la fuerza”.
Según Gómez, el gobierno democrático requería ante
todo de gobernantes honestos que hicieran prevalecer lo que denominó la “moral
administrativa”, parte indisoluble de sus fundamentos éticos y de la concepción
de democracia. El pueblo no podía ser culpable “de la política de tráfico o
granjería implantada por su gobierno”. Opinaba que de esa práctica viciosa
nacía el absolutismo, “monstruo más terrible que un Gobierno arbitrario”. El
recurso metafórico tenía su explicación: “Un tigre puede desgarrar la carne, pero
el despotismo desgarra la conciencia”.
¿Cómo impedir la entronización de semejantes
expresiones de despotismo? En su Proclama de Yaguajay, del 28 de diciembre de
1898, aconsejaba al pueblo de Cuba: “No tengáis ministros con mujeres que
vistan de seda, mientras la del campesino y sus hijos no sepa leer ni
escribir”. Por el contrario, los depositarios de la confianza del pueblo debían
ser “hombres de grandes virtudes probadas”, “amantes de la ley y no de la
espada”, pero sobre todas las cosas, identificados con los ideales de
justicia, único modo de consumar los objetivos de la revolución
independentista: “La obra de la Revolución debe ser eterna, y solo puede serlo
aquello que tiene por base la Justicia”.
Por encima de cualquier privilegio o poder económico
individual, debían prevalecer en ellos la virtud, el talento y el más estricto
respeto a las leyes. De no ser así, apuntó en su Diario de Campaña, la sociedad
transitaba por estados de corrupción y desorden, “la desmoralización roe sus
entrañas, el vicio seca su mente, la gangrena se extiende por todo su cuerpo
social”.
Los consejos, las proclamas y las intervenciones de
Gómez en la prensa, continuaron tras el establecimiento de la república el 20
de mayo de 1902. También muchas de sus
gestiones con los magistrados de la primera administración republicana
tuvieron el propósito de evitar alianzas políticas o desplazamientos en el
campo de las ideas, a favor de los que se opusieron y hasta enfrentaron la opción
revolucionaria. De ahí su apoyo a la presidencia de Tomás Estrada Palma, en
1901, con la misma fuerza que se lo retirara, cuatro años después, tras la
campaña del reeleccionismo estradista, afiliado al recién fundado Partido
Moderado, donde militaba lo más selecto del componente exautonomista.
De ese quehacer político tuvo conocimiento el pueblo
de Cuba, tanto como de la honestidad y la honradez del venerable anciano. Por
eso la frase del doctor Pereda: ¡El General ha muerto!, penetró en los más diversos
rincones de una Isla que lloró a su héroe, pero no por su “eterna ausencia”,
sino por el “recuerdo amado de las virtudes”, al que se refería Gómez cuando
definió el significado de la muerte. Al partir, dejó una obra y un pensamiento
político militar consecuentes y de sólido sustento ético, también una leyenda
que lo recuerda, “en su vuelo de cóndor sobre las trochas”, traído de la pluma
de Martínez Villena: “Porque los firmes cascos de tu corcel de guerra formaron
como surcos gloriosos en la tierra, ¡y en ellos tu heroísmo sembró la
libertad…!”.
Por YOEL CORDOVÍ NÚÑEZ/Granma


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