BOBBY FISHER GANÓ EL CAMPEONATO MUNDIAL DE AJEDREZ HACE 43 AÑOS A BORIS SPASSKY
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Cuarenta y tres años han transcurrido desde aquel 31 de agosto, cuando el estadounidense Bobby Fisher se adjudicó el título mundial de ajedrfez.
Dos inteligencias sobrehumanas volcadas sobre un
tablero de ajedrez para luchar por la supremacía. Así vivió el mundo en 1972 el
duelo entre los mejores jugadores de ajedrez, que simbolizaban el
enfrentamiento de las dos superpotencias. Fischer contra Spassky, duelo de
titanes.
Boris Spassky, el jugador ruso protagonista del
mítico duelo con Fischer de 1972, ha reaparecido públicamente en Sochi, donde
Carlsen y Anand luchan estos días por el título mundial de ajedrez. Spassky, de
77 años, es otro gigante del ajedrez y acude en una silla de ruedas al gran
duelo como entusiasmado espectador.
Era la época de la disuasión nuclear, de los misiles
intercontinentales y el teléfono rojo. Años en los que no parecía descartable
un enfrentamiento nuclear entre USA y la URSS, con la mutua destrucción
asegurada. El antagonismo entre las superpotencias elevaba el termómetro en
aquel verano de 1972 y la tensión que amenazaba con llevárselo todo por delante
acabó por estallar de la forma más incruenta que pueda imaginarse: en un
tablero de ajedrez.
Aquel verano el mundo vivió pendiente de uno de los
lugares menos calurosos de la Tierra: Islandia, la solitaria isla ártica. Una isla
fría solo en apariencia, ya se sabe que los géiseres pueden elevarse con una
furia fenomenal. Algo así ocurrió en Reijkyavik, su capital, la ciudad que
había conseguido ganar una millonaria subasta por la celebración de la final
del campeonato mundial de ajedrez. Había puesto 125.000 dólares sobre la mesa,
una cantidad inaudita para la época y para el ajedrez.
Pero es que aquella final era algo más que un
encuentro entre dos grandes mentes. Por primera
vez en la historia un ajedrecista estadounidense, un joven excéntrico
llamado Booby Fischer, se había ganado el derecho a disputar el título mundial
al conseguir superar las complicadas fases eliminatorias tras las que solo
podía sobrevivir un aspirante.
Su candidatura era de por sí algo sorprendente. El
título había cambiado mucho de manos después de la Segunda Guera Mundial, pero
siempre con un denominador común: desde 1948 el campeón era soviético. La URSS
había transformado en deporte nacional el ajedrez, el juego que ya practicaba
el revolucionario Lenin con pasión, produciendo una larga serie de jugadores
que monopolizaron la corona mundial ininterrumpidamente durante más de
veinticinco años. El último representante de la imbatida escuela soviética era
el por entonces campeón, Boris Spassky, que había aprendido a jugar a los cinco
años en un tren mientras su familia evacuaba su ciudad natal, San Petersburgo,
en plena II Guerra Mundial.
El aspirante, Robert James “Bobby” Fischer, era el
prototipo de vaquero solitario que solo la cultura americana podía producir, y
por eso hacía ya años que se había convertido en un personaje atractivo para
los medios de comunicación. Criado por una madre divorciada en Chicago primero
y en Brooklyn después, encontró la vía para dar salida a sus ilusiones en el
juego de ajedrez que su hermana mayor compró en una tienda de chucherías y con
cuyas escuetas instrucciones ambos aprendieron de forma autodidacta. Durante
unas vacaciones de verano, Bobby Fischer encontró un viejo libro de ajedrez:
‘Aquello fue un sensacional hallazgo, un tesoro’, le confesaría el jugador
americano al colaborador de La Vanguardia Román Torán, que durante décadas
compuso los problemas de ajedrez de la sección de pasatiempos de este diario y
que lo conoció muy bien.
La madre de Fischer escribió al diario Brooklyn
Eagle buscando contrincantes de la edad de su hijo, y le recomendaron que
participase en una partida simultánea, que perdió en tan solo 15 jugadas. Eso
no le desanimó ni a él ni a uno de los espectadores, el secretario del Club de
Ajedrez de Brooklyn, que le enseñó en profundidad. En 1955 participó en dos
campeonatos nacionales con resultados muy modestos pero al año siguiente, a la
precoz edad de 13 y para sorpresa de todos, se proclamó campeón junior de
Estados Unidos, ganando ocho partidas, empatando una y perdiendo solo otra. Un
talento excepcional acababa de extender su tarjeta de presentación.
El niño Fischer tomó entonces una decisión
trascendental: dejó los estudios. ‘¿Qué me pueden enseñar en la escuela para
ser campeón mundial?’, decía. Se consagró en cuerpo y alma al ajedrez y la
diosa Cassia –musa de los tableros– le compensó: inició una ascensión sin
precedentes en la historia que le llevó a ganar el campeonato de Estados Unidos
absoluto las ocho veces en que participó, una de ellas, la de 1963-64,
venciendo en las 11 partidas que disputó, un registro más allá de lo humano.
Su ímpetu juvenil, su autoconfianza y un carácter
propenso al conflicto le llevaron pronto al antagonismo con los soviéticos, que
acostumbraban a copar las victorias en los mejores torneos internacionales. En
diversas ocasiones, se quejó de que las condiciones de juego los favorecían y
les lanzó todo tipo de acusaciones, que se resumen en una de sus frases más
arrogantes: ‘Me han puesto siempre dificultades, pues saben quién les va a
derrotar’. Con afirmaciones como ésta –y con un juego de ataque bello y
demoledor como nunca se había visto antes, ni después– Fischer se convirtió en
el favorito del ‘mundo libre’.
En diciembre de 1970, Bobby puso en España la
primera piedra para su asalto al campeonato del mundo, al vencer
arrolladoramente en el Torneo Interzonal de Palma de Mallorca. Luego, en las
posteriores eliminatorias individuales destrozaría a sus contrincantes, tres de
los mejores jugadores de la época, venciendo a dos de ellos por un humillante
6-0.
Y entonces llegó el match definitivo, y con él la
polémica. El mundo estaba dividido en dos y así se repartieron también las
afinidades. Por si hiciera falta, Fischer atizó más el fuego, al imponer todo
tipo de condiciones a la celebración del torneo, arriesgando incluso su
celebración. La principal era su negativa a jugar si no se incrementaba
drásticamente la bolsa de premios que había ofrecido la ciudad de Reijkyavik,
aquellos desmesurados 125.000 dólares de la época. La situación no se resolvió
hasta que un financiero británico, James Slater, decidió ofrecer él la misma
cantidad, doblando así la recompensa total.
Una vez ese obstáculo quedó salvado, Fischer puso
muchos otros: se quejó de la iluminación de la sala, del tipo de tablero y del
modelo de piezas escogidas, y también de la posición de las cámaras de
televisión. Fue todo un festival de exigencias que se sucedían ante la
paciencia del mucho más calmado Spassky, que se limitaba a decir: ‘Dejaré eso
para Bobby. No tiene importancia para mí’. Sin embargo, con sus requerimientos,
Fischer conseguía ganar la primera batalla antes de empezar: la del juego
psicológico.
Finalmente, el match comenzó el 11 de julio, pero
Fischer continuó con su extravagancia. A la hora de comienzo del encuentro, las
cinco de la tarde, no se encontraba en la sala y Spassky adelantó su peón
blanco de dama sin tener a su contrincante delante. El reloj se puso en marcha,
y todo el mundo se mantuvo en vilo. Siete largos minutos tardó el americano en
dignarse a aparecer en el recinto.
Lo increíble es que después de todo el juego
psicológico, el temible Fischer resbaló en el juego real y perdió esta primera
partida –en una posición igualada y sencilla– al cometer un error de cálculo
indigno de su nivel y regalar uno de sus alfiles. El mundo quedó decepcionado.
La segunda partida ahondó en la sensación de
perplejidad: Fischer, que ya se había quejado de las cámaras de televisión no
las quería en la sala. Su petición no se aceptó y él no se presentó a jugar la
partida en protesta por ello y la perdió. La situación se tornó crítica: si
alguien no cedía, el match se encaminaba a la derrota por incomparecencia de la
estrella americana.
Finalmente quien dio facilidades para la
continuación sería el campeón Spassky, que accedería a jugar el tercer
encuentro en una sala más pequeña, donde ni las cámaras ni la concurrencia
molestasen al americano. El propio Spassky reconocería tras el campeonato a La
Vanguardia que ‘fue un gran error psicológico’ ceder a las pretensiones de su
contrincante. En esa tercera partida cambió todo el signo de la contienda:
Fischer la ganó con negras brillantemente y empezó a tomar el timón del
enfrentamiento, que acabaría venciendo el 1 de septiembre, día en que Spassky
comunicó por teléfono que abandonaba la última partida, la 21ª, con un
resultado global de 12’5 a 8,5 favorable a Bobby.
A su vuelta a Estados Unidos, Fischer fue recibido
por una multitud, a la altura de un héroe de guerra. Había dado un triunfo
simbólico a su país, como los paladines que luchaban en las justas medievales
representando a su rey. Spassky, derrotado sin paliativos, recibió las críticas
del establishment soviético y fue postergado en favor de una nueva promesa,
Anatoli Karpov. En el reino de las 64 casillas, Estados Unidos ganó la primera
batalla de la Guerra Fría.
Fuente:
LA VANGUARDIA


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