MADRID (21 Diciembre 2015).- Los españoles decidieron ayer dar por muerto y
enterrado el bipartidismo en torno al que ha venido girando nuestro sistema
político desde 1977. El PP y el PSOE perdieron en conjunto 5,4 millones de votos
respecto al resultado de las elecciones de 2011 mientras que, enfrente,
surgieron dos grandes alternativas de poder, Podemos y Ciudadanos, que sumaron
más de ocho millones.
La fuerza más votada fue el PP de Mariano Rajoy, que
obtuvo 123 diputados pero tendrá muy difícil gobernar, puesto que ni siquiera
un acuerdo con los 40 parlamentarios de Albert Rivera sería suficiente.
Los
socialistas mantuvieron el segundo puesto pese a romper su suelo y caer hasta
los 90 escaños, y Podemos irrumpió con ímpetu arrollador hasta los 69.Tal y
como se ha venido perfilando a lo largo de toda la campaña, se abre una nueva
etapa política que no tiene referente en ninguno de los procesos electorales de
la democracia española. El bipartidismo que ha sobrevivido durante casi cuatro
décadas, llega ahora a su fin.
El país entra en una dinámica marcada
fundamentalmente por el empuje de las nuevas generaciones que siempre han
vivido en un régimen de libertades y que no votaron la Constitución.
Ahora,
España se asoma a un paisaje político en el que, por el momento, no se ve con
claridad la fórmula para garantizar la gobernabilidad. El color y las hechuras
del futuro Ejecutivo están en el aire. El Partido Popular ha ganado las
elecciones pero precariamente.
Ha conseguido 123 escaños, a años luz de los 186
que logró en 2011. En estos cuatro años se ha dejado más de tres millones y
medio de votos. El PSOE, por su parte, se ha mantenido como segunda fuerza
aunque perdiendo más de un millón y medio de votantes y situándose, con 90
escaños, por debajo del listón psicológico de los 100 diputados.
Los
socialistas han cerrado las urnas sintiendo el aliento en la nuca de un nuevo
partido: Podemos, que ha logrado un espectacular resultado, aunque yendo en
coalición con fuerzas menores en Valencia, Cataluña y Galicia. El partido
liderado por Pablo Iglesias y sus compañeros de comicios (En Marea, Compromís y
En Comú Podem) han conseguido entrar en el poder legislativo con 69 escaños.La
otra fuerza emergente, Ciudadanos, se ha desinflado llamativamente respecto a
los resultados que le llegaron a vaticinar las encuestas.
El partido encabezado
por Albert Rivera finalmente ha logrado 40 escaños. Teniendo en cuenta que se
estrenaba en el teatro nacional, su entrada en el Congreso también puede
calificarse como muy importante.
En estos comicios, las dos fuerzas
tradicionales -PP y PSOE- que se han turnado durante casi cuatro décadas en el
poder, han perdido en conjunto más de cinco millones de votos. En 2011 un total
de 17,8 millones de españoles escogieron o la papeleta popular o la papeleta
socialista. Ayer sólo lo hicieron 12,6 millones.
En el otro lado de la balanza,
los dos partidos nuevos -Podemos y Ciudadanos- han conseguido atraer en su
primera actuación en unos comicios generales, el sufragio de ocho millones y
medio de españoles.
Las dos fuerzas nuevas no sólo han robado voluntades
políticas a manos llenas a populares y socialistas, sino que también han
atraído al nuevo votante y han conseguido laminar a partidos que hasta bien
entrada la legislatura tenían excelentes perspectivas, como Izquierda Unida o
UPyD. IU, encabezada por Alberto Garzón, apenas ha obtenido dos escaños por
Madrid. En tanto que la formación magenta, liderada en estos comicios por
Andrés Herzog, no ha logrado ni un solo puesto en el Parlamento.
¿Un Gobierno pentapartito?El panorama que se dibuja
ahora con la vista puesta en la gobernación es, de partida, muy difícil. En
principio, atendiendo a la dicotomía derecha-izquierda, el bloque formado por
Partido Popular y Ciudadanos suma un total de 163 escaños, insuficiente para
constituir un Gobierno con manos libres, e insuficiente también para sacar
adelante sólo con sus votos la investidura del líder del PP como nuevo
presidente del Gobierno. Lo mismo sucede con el tándem Podemos-PSOE que juntos
sumarían 159 escaños.
No obstante, esta segunda fórmula, podría llegar a contar
con el respaldo de otros partidos menores más radicales e incluso
nacionalistas. Resulta difícil imaginar un Gobierno pentapartito -que
evidentemente marginaría al PP que ha sido la fuerza más votada-, pero quizá no
lo sea tanto a la hora de sacar adelante la investidura de un líder de
izquierdas. Ahora bien ¿cuál? En este bloque, el PSOE es la fuerza más votada,
pero su candidato Pedro Sánchez ha conseguido el peor resultado de la historia
para su formación y su posición interna no es precisamente de gran fortaleza.
No es el caso de Pablo Iglesias, al frente de Podemos. Su liderazgo, con los
excelentes resultados logrados se consolida, pero no hay que olvidar que buena
parte de sus escaños han sido obtenidos por fuerzas con las que se presentaba
coaligado en comunidades autónomas en las que no contaba con suficiente red
propia y que en el Congreso de los Diputados previsiblemente se dividirán en
varios grupos parlamentarios.
Existe una tercera posibilidad, experimentada en
otras naciones europeas -el caso alemán es el paradigma-, pero jamás en España.
Se trata de la gran coalición que implicaría ver un Gobierno en el que vayan de
la mano PP y PSOE.
Un experimento así sería visto de inmediato como un intento,
último quizá, de las dos fuerzas tradicionales por seguir manteniéndose, contra
viento y marea, en el poder.No hay duda de que un acuerdo de este tipo supera
los números tanto para investir a un presidente como para gobernar. Sin
embargo, si lo que se pone sobre la mesa son programas concretos, las
diferencias entre las dos formaciones parecen demasiado grandes como para
lograr un pacto tan estrecho.
De hecho, es esta una fórmula que, según las
encuestas que se han realizado antes y durante la campaña, no gusta a los
ciudadanos.Anoche, el líder socialista, Pedro Sánchez, afirmó que, por su
parte, permitirá que sea el candidato de la fuerza más votada, es decir,
Mariano Rajoy, quien abra la ronda de negociaciones y contactos para intentar
conseguir un acuerdo que permita formar Gobierno. En cualquier caso, resulta
necesario tener en cuenta que para gobernar no es imprescindible contar con el
respaldo de una mayoría absoluta.
Un Ejecutivo sin el apoyo continuo de 176
diputados es posible aunque se ve lógicamente obligado a negociar cada paso con
fuerzas muy diferentes. El Parlamento gana en viveza, pero también, si la
división del Hemiciclo es excesiva, sufre de inestabilidad. Las fuerzas
emergentes que han dado un vuelco al panorama político quieren cambio, quieren
tomar las riendas de un nuevo futuro. Y ya están aquí. Estas han sido las
elecciones de la catarsis y como tales dan paso a un periodo inicial de
inevitable confusión que exige altura de miras para evitar los riesgos evidentes
del caos.El próximo 13 de enero, a las 10.00 horas se abrirá la sesión
constitutiva del nuevo Parlamento.
El Congreso será una cámara multicolor que a
partir de ahora tendrá que regirse por una norma insoslayable, la de la
negociación.La regla del pacto empezará a explorarse de manera inmediata con
los contactos entre líderes, dirigidos en principio por el más votado. Mariano
Rajoy intentará buscar apoyos, en el mejor de los casos para alcanzar un pacto
de gobernabilidad que asegure, como él repite, una legislatura estable y, en el
peor, para lograr su investidura como nuevo presidente y formar un Ejecutivo
dispuesto a caminar el máximo tiempo posible pero sobre la cuerda floja. En
este último escenario es muy posible que la legislatura no llegue a durar los
cuatro años que en principio marca la ley.
La situación es tan incierta que no
resulta descabellado plantear la hipótesis de una repetición de elecciones si
finalmente nadie consigue los apoyos suficientes como para formar Gobierno. Las
investiduras en España nunca se han aplazado más allá de mes y medio a contar
desde la cita con las urnas. Sin embargo en esta ocasión las cosas son
distintas. Tras un intento de investidura fracasado se abre un plazo de dos
meses para seguir celebrando intentos de votación. Cumplidas esas ocho semanas,
si no hay éxito, el Rey, con el refrendo del presidente del Congreso, procede a
la convocatoria de nuevas elecciones generales.
Por
MARITZA CRUZ/El Mundo


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