TRIPLETE DE SUÁREZ

Sin Leo Messi, que se había pasado las horas previas a la semifinal frente al Guangzhou retorciéndose por culpa de un cólico. 

Sin Neymar, sepultado en el banquillo bajo la manta mientras acariciaba su abductor. Pero con Luis Suárez, a quien el Barcelona confió el trabajo para poder disputar el próximo domingo la final del Mundial de Clubes frente al River Plate. 

Al Barcelona, que de 27 partidos disputados sólo ha podido contar en siete con su trinidad ofensiva, le bastó con que el uruguayo, siempre asociado con Iniesta, exprimiera una vez más su puntería con un 'hat trick' que propulsó a los azulgrana en Japón.
No era un día apropiado para la pirotecnia en Yokohama por mucho que Andrés Iniesta, génesis de todo el juego, acaparara también el foco por ese corte de pelo con el que pareció homenajear a Robert de Niro en Taxi Driver. El campeón asiático, que también se ha llevado las últimas cinco Superligas de China, se empeñó de lo lindo en cumplir al pie de la letra con el libreto cicatero de su entrenador, Luiz Felipe Scolari. Es decir, como patrón, un ritmo cachazudo, y como único plan, once futbolistas por detrás del balón a la espera de cazar la contra soñada. Lo que desembocó en un partido tan agrio como el fotograma de la lesión de Zou, que acabó con la pierna izquierda quebrada tras disputar un balón con Alves.

Y el Barcelona, al que le costó al principio interpretar las exigencias de un partido que lo único que requería era concentración y paciencia, supo encontrar la salida antes de que el Guangzhou hollara la cima del descanso. Mientras a Munir y Sergi Roberto, que ocuparon las zonas de los ausentes Messi y Neymar, les costaba dar una a derechas en los costados -al hispano-marroquí le faltó algo de sangre en sus dos grandes ocasiones del amanecer-, Suárez amagaba con destripar a su rival en cada intervención. Y así fue cuando el meta Li desvió de manera lamentable, flojo y hacia el frente, un buen disparo de Rakitic desde la frontal. 

El uruguayo, siempre al tanto con el cesto, sólo tuvo que embocar a portería. En China, por cierto, no se admiten porteros extranjeros porque consideran que los partidos todavía los deben ganar los guardametas. 

Una filosofía cuanto menos curiosa.El Guangzhou, sostenido durante un buen tramo del partido por su mejor hombre, el brasileño Paulinho, intentó revolverse cuanto antes. Pero su tímida sublevación, antes cercenada por las correcciones de Mascherano, murió de manera definitiva en la manopla de Bravo después de que Elkeson rematara de cabeza una falta lateral. Quedaba todo el segundo episodio por delante, pero los gestos de los futbolistas chinos ya presagiaban la temprana rendición. Ni siquiera tuvo a bien Scolari recurrir a Robinho, que no encontró mejor cementerio de elefantes que el banco de Estadio Internacional de Yohohama.

No le costaría demasiado al Barcelona dar por terminado el asunto. La sentencia debía pasar, cómo no, por la perspicacia de Iniesta, genial en su asistencia a Suárez, y el instinto asesino del uruguayo, que tramó su segundo tanto merced a un control orientado con el pecho, celebrándolo con Neymar, que le esperaba en el banquillo.Una obra que tendría su apropiado colofón con el tercer tanto del delantero charrúa (22 en 23 partidos), que no desaprovecharía la baja de sus dos compañeros de ataque para lanzar un penalti que quizá sólo ocurrió en la cabeza de Munir. Por entonces, el choque ya contenía los parámetros de una pachanga, con los chinos agazapados y aprendiendo del rondo. Frente a River Plate, a buen seguro, no habrá momento para tanto respiro.




Por FRANCISCO CABEZAS/El Mundo

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